
Un día le preguntaron a Fiume, ¿qué estás escribiendo, por dónde anda tu teclado, en qué atmósfera te estás moviendo, respirando, cuáles son tus coordenadas? Estaba sentado frente a un gran espejo que lo reflejaba, era un retrato indirecto perfecto de la soledad, no estaba claro su perfil, más bien algo difuso como saliéndose del marco y la perspectiva. Había un bullicio enorme en el bar donde arrancaba su atardecer hasta la madrugada con los dos o tres amigos de siempre que libaban como romanos en decadencia, mientras fundaban su propia inefable realidad en el pequeño universo de la complicidad de matar el tiempo a como diera lugar.
Fiume, era un fumador moderado, aspiró y exhaló el humo que se perdía en medio de las ruidosas copas y cháchara monótona de los parroquianos que hablaban a un mismo tiempo casi sin respirar. Midió lentamente, sopesó cada palabra de la pregunta, le resaltaron las patas de gallo en ambos ojos a través de una sonrisa sin compromiso alguno, hasta que dijo: un hombre con oficio se expresa en cualquiera de los géneros de una expresión artística, en su época. Work in progress, remachó. Casi cortó el aire con su pequeña boutade de autor desconocido, pero siempre al día.
Estaba fresco en su memoria cuando, en días pasados, habían arrastrado en vilo, como una pluma de ganso, sin pies ni cabeza, al poeta Romeo Vanguardia, que parecía un desamparado gorrión de provincia, olvidado en esas mesas arrinconadas en los bares que pasan a formar parte del mobiliario a pesar de estar ocupadas.
Fiume no olvidó ese día en que el silencio se hizo el sordo. Romeo Vanguardia evacuó sus heces a lo largo del bar, camino a alguna comisaría donde continuaría el interrogatorio y los apremios demostrados al instante de su detención. Había hecho caso omiso de recitar sus cuartetos y tercetos, cuando las copas avanzaban en medio de la desilusión del atardecer. Se resistía a la censura, más a la autocensura y a vivir lo que ya se conocía con el apagón cultural, una especie de paisaje interior a media luz, Corrientes 348, segundo piso ascensor. Todos sabían que le harían tragar su poesía, los servicios de seguridad estaban adiestrados para no perdonar ni el más mínimo soneto al alba.
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