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Poesía: el último silencio

domingo 4 de agosto de 2024
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Pablo Neruda
Neruda, a quien nos referimos en esta ocasión, con motivo de su 120º cumpleaños, recorrió a lo largo de su poética todos los ismos en un registro verbal único.

Chile

Siempre hemos estado
al borde del precipicio,
sin caernos.
La cordillera y el mar
dan fe
de lo que digo.

(RG)

La palabra está mucho más cerca del silencio de lo que pensamos. Y el silencio puede llegar a ser, traducirse en un lenguaje no hablado, pero incontestable. Este es el potencial poder de la poesía, el pentagrama musical de ambos sonidos en todos los sentidos. La poesía nunca está ausente, es que no siempre ponemos atención, pero está en todas partes en mayor o menor grado y profundidad. Lo cierto es que se hace ver y sentir en múltiples manifestaciones cotidianas de la vida común y corriente, los oficios humanos, vivencias o simplemente en la naturaleza que renueva cada día su lenguaje visual, corporal, físico, en permanente transformación. Las cuatro estaciones son un acto poético magistral, Vivaldi lo captó en sus cuatro conciertos para violín.

El acto poético es único y pareciera que aún no lo sabemos. La naturaleza recurre muchas veces al silencio antes de manifestarse con todo su poder, la carga inevitable de sus ciclos, la majestad de su belleza, su espléndida primavera, que expresa renovación. Y sus mares son el infinito en primera persona, nunca están fuera de nuestro paisaje psíquico. Estamos perdiendo la razón de nuestra propia existencia al destruir la naturaleza, manejarnos como una aplanadora, una máquina trituradora, odiosa que no respeta mares, ríos, selvas, los animales que comparten la Tierra con nosotros. Aún siento el rumor bajo tierra del terremoto de Valdivia que partió el país, separó las aguas, se tragó a sus habitantes y la tragedia de ese enorme terremoto, pavoroso tsunami, expresó el lenguaje de la naturaleza en su máxima intensidad, para dejar desolación, ausencia, temor, devastación, la huella y la sombra del espanto.

El poema nace y vive en la palabra / y vuelve a crecer contigo / amigo lector / nunca muere.

Con estas palabras no estoy queriendo representar un espíritu evangelizador, sino poner atención en que vamos por el camino equivocado, egocentrista, perturbador, olvidándonos de lo esencial, de nosotros mismos en función también de los demás.

He consultado al ChatGPT, le he hecho la pregunta que se hizo el propio Gustavo Adolfo Bécquer en la rima XXI: ¿qué es poesía?, y el chatbot, este asistente virtual, me ha contestado lo siguiente:

La poesía es una forma de expresión literaria que se caracteriza por el uso de un lenguaje condensado y rítmico, cargado de imágenes y figuras retóricas, con el objetivo de evocar emociones, sensaciones, y reflexiones en el lector o el oyente.

A través de la poesía, los poetas exploran temas universales como el amor, la muerte, la naturaleza, la belleza, la identidad, la justicia, y la existencia humana. La poesía no sólo es una forma de arte autónoma, sino que también juega un papel importante en otras artes como la música, el teatro y la danza, donde el uso de un lenguaje poético puede enriquecer y profundizar la experiencia artística.

Por tratarse de una máquina tan joven, su definición es bien clara, la poesía no sólo está en el poema, sino que es expresión viva en nuestras vidas e incluye también otras artes, y destaca así mismo como uno de los grandes temas recurrentes de la poesía: el amor. Cuatro letras, me dijo una vez la musa, que mueven el mundo. Bécquer respondió hace más de siglo y medio: ¿Y tú me lo preguntas? Poesía... eres tú.

Puede haber tantas definiciones como poetas y lectores, y en cuanto a la poesía en palabras, el poema, su intensidad, originalidad, el lenguaje transformador cargado de sentido, tendrán la última palabra frente al lector, que, a través de su gusto, conocimiento, lectura, experiencia poética, decidirá si sigue leyendo el poema, guarda el libro, lo subraya, comparte y, sobre todo, se apropia de él como una manera de ver el mundo.

Hoy la poesía nada a contracorriente y pareciera no llegar a la orilla, las aguas la arrastran en el anonimato de sus palabras e intentan convertirla en un oficio casi de la imprudencia verbal humana. Los poetas adornan, decoran la fiesta de la literatura con ediciones parroquiales, recitales aparentemente intrascendentes, no tienen voz ni voto en esta era que se abre paso sin mucha claridad aún, pero con una fuerza que agita los corazones. Y las palabras parecieran sobrar. Vienen de insospechadas alturas y caen al ciego abismo.

Un mundo sin memoria crece / frente a nuestras narices / la historia respira boca abajo /  de sus propios actos, al viento de las utopías / Si sentados frente al mar / estuviéramos solos, sin memoria /  no debiera sorprendernos / el eterno juego / entre el bien y el mal /  Es demasiado tarde para inscribirse en el club de la inocencia / Vivamos la gloria de este minuto / Somos habitantes del presente / únicos viajeros en una nave que desconoce su futuro y paradero.

Siendo testigo de este escenario, no puede dejar de llamarme la atención que hace ciento veinte años (12 de julio) nació un poeta en un pueblo polvoriento de la zona central de Chile, un punto en la geografía de un país que en ese entonces no figuraba en ningún mapa. A pesar de su larga y angosta faja de tierra exótica rodeada de gigantescas alturas montañosas y profundidades marinas, aguas abismales, nadie ponía los ojos fuera de los intereses comerciales transnacionales más que en el cobre. Un país anónimo en ese entonces, olvidado desde su imponente desierto de Atacama hasta los confines del mundo en el sur antártico. El país no figuraba en el mapa mundial y comenzó a conocerse por dos nombres, que reflejan en poesía la monumental cordillera de los Andes y la inmensidad marina de Chile. Gabriela Mistral y Pablo Neruda, dos de los poetas mayores, universales de Chile, América Latina y el habla castellana. Ambos premios Nobel durante años fueron el santo y seña de Chile, poetas universales, viajeros, reconocidos por su poesía, compromiso con Chile y América Latina. Neruda, a quien nos referimos en esta ocasión, con motivo de su 120º cumpleaños, recorrió a lo largo de su poética todos los ismos en un registro verbal único. El crítico inglés J. M. Cohen, en su libro Poesía de nuestro tiempo, donde comenta y describe la poesía de los principales autores del siglo XX, dice de Neruda: “Es casi el único ejemplo de gran poeta materialista, gracias sólo a que en sus mejores poemas observa con tanta atención su materia que aprehende parte de la esencia de ésta al mismo tiempo que su sencilla materialidad”. El poeta mexicano José Emilio Pacheco dijo que Residencia en la Tierra es el libro más importante del surrealismo. El crítico literario Harold Bloom dijo de Pablo Neruda: “Ningún poeta del hemisferio occidental de nuestro siglo admite comparación con él”, y lo consideró uno de los veintiséis autores centrales del canon de la literatura occidental de todos los tiempos. Algo así señaló Gabriel García Márquez, un poco más elocuente, quizás por su cercanía. A pesar de su inmensa obra, alrededor de 45 libros, un poeta que le cantó al amor en todas sus formas, alegrías y lamentaciones, calificado como el último aedo por Enrique Lihn, que recorrió hasta el último rincón de su patria con su poesía, Chile prácticamente ignoró su 120º cumpleaños, salvo unos breves párrafos que le dedicó una agencia extranjera en el periódico de su partido.

La poesía, al parecer, ha dejado de ser un hábito común de los chilenos en el siglo XXI.

 

Del epilogar parriano

Nicanor Parra, el antipoeta, que vivió hasta sus últimos días con la sombra de Neruda —murió a los 103 años—, conoció al vate de Isla Negra, construyó su poesía teniéndole como referente, lo ironizó una y otra vez: “Los poetas bajaron del Olimpo” (Neruda); “Viva la cordillera de los Andes (donde vivía Parra), muera la cordillera de la costa” (donde vivía Neruda), e innumerables otras referencias. En su espléndido discurso de bienvenida en honor de Neruda en la Universidad de Chile, destaca irónicamente cómo deshacerse de Neruda sin resultado.

Dice Parra: “Hay dos maneras de refutar a Neruda: una es no leyéndolo, la otra es leyéndolo de mala fe. Yo he practicado ambas, pero ninguna me dio resultado”.

Rolando Gabrielli

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