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Adiós, profesor

lunes 21 de octubre de 2024
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Antonio Skármeta
Estoy viendo a Antonio Skármeta pasearse por los prados del Pedagógico, una noche de fiesta de mechones, esos malones con música, tragos, algo para picar y el gran entusiasmo de los participantes.

En el sesenta y seis del siglo pasado, sentado en un aula de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, Antonio Skármeta, sobre su mesa de profesor, dicta su entusiasta clase de Técnica de la expresión, con entusiasmo y magnetismo para los principiantes y futuros periodistas que deberíamos contar siempre con un dominio del lenguaje para informar y también dominio de la atmósfera para narrar más allá de la noticia.

Todos éramos soñadores, aprendices feroces del carpe diem, devorábamos, algunos, las noches de la eternidad, nos consumíamos en la palabra, Skármeta nos fomentaba todos los vicios de la imaginación de la literatura para ser grandes periodistas, quizás futuros escritores. Sus clases eran una poética de la vitalidad, libertad de expresión, esa grandeza del espíritu hemingwayano.

Esa fue una época en que vivíamos en el mejor de los mundos —la frase es de Skármeta, dicha poco después del golpe cívico-militar del 73—, éramos inmensamente felices y libres, ya algunos escribíamos poesía, otros, narraciones, y el ambiente era el de La sociedad de los poetas muertos.

 

Carpe diem en el Pedagógico de la Universidad de Chile

Recuerdo a Skármeta paseando por el Pedagógico de la Universidad de Chile, entre la Escuela de Periodismo y el Centro Estudiantil, en una de las fiestas estudiantiles memorables, los malones, donde además de la música y el baile los estudiantes hablábamos de literatura, historia, política, poesía, de la marcha cotidiana de la vida.

Carpe diem, a lo largo y ancho de la noche, estudiábamos en un centro avanzado del pensamiento crítico de Chile, en el interior de vastos jardines y en un ambiente de verdadera convivencia universitaria. Mucho tenían que ver con esta situación los profesores, académicos de primer nivel, y la extraordinaria libertad de pensamiento que existía en la república de Chile, lograda con baño de sangre obrera de norte a sur.

Quiero decirle a quien lea este artículo, memoria y agradecimiento a mi profesor Antonio Skármeta, recientemente fallecido, que ha dejado una huella inmensa con su obra escrita y, sobre todo, humana. Son recuerdos emocionantes, irrecuperables, vividos intensamente y el tiempo transcurre, nos quedan las palabras y esos momentos extraordinarios, cómplices, donde el entusiasmo no tiene límites.

 

La corona no fue un show

El entusiasmo fue su libro iniciático de una vasta y exitosa trayectoria literaria narrativa, principalmente cuentos y novelas, cine y teatro, cuya culminación fue el esquivo Premio Nacional de Literatura en Chile en 2014. Desnudo en el tejado, Ardiente paciencia, llevada al cine como El cartero de Neruda (Il Postino), galardonada con más de veinticinco premios internacionales, No pasó nada, El baile de la Victoria, La boda del poeta, Los días del arcoíris, La composición, fueron algunas de sus obras. Tal fue su éxito que el compositor mexicano Daniel Catán hizo una ópera de la obra. Mi amigo Carlos Larenas me invitó, en una de mis visitas a Santiago, a ver la obra de teatro, interpretada por Julio Jung como Neruda. A la entrada del teatro recuerdo que había una corona. Larenas me dijo al oído, es un saludo y advertencia de los militares. Chile estaba en plena ebullición social en las sórdidas calles de Santiago.

Skármeta adquirió gran notoriedad pública con su programa en la Televisión Nacional de Chile, El show de los libros. Durante una década, lúdica y documentadamente, desmenuzaba libros nacionales e invitaba a autores, en un programa ameno e informativo. Se sentía como un pez en el agua, recordando, tal vez, sus días de profesor, pero ante todo Chile. La televisión chilena debiera repetir El show de los libros en homenaje a Skármeta y a los libros.

Antonio Skármeta era un gran lector de poesía y admirador de los poetas, buscaba en sus obras un lenguaje poético para su narrativa, siempre lo vi cercano a Neruda. Hay una foto suya icónica con el vate de Isla Negra y Juan Rulfo, que lo identifica con qué tipo de prosa se sentía a gusto. De Antofagasta, donde nació, a Santiago de Chile, Columbia, Nueva York y al exilio a Berlín, Alemania, donde volvió como embajador de Chile después de la dictadura. Skármeta era filósofo, en Manhattan estudió teatro, escribió sus primeros cuentos y obtuvo su maestría con un ensayo sobre la obra de Julio Cortázar. Nunca abandonó su entusiasmo. Ese es el mensaje de su obra y vida.

 

Epílogo de un déjà vu

En 2023 estaba en mi rutina de las mañanas, caminando en el parque al lado de mi casa, viendo cómo corrían dos gatos solos hacia el bosque, y eché mano al bolsillo para sacar el celular y fotografiarlos. Son rápidos, pero alcancé a uno en la instantánea cuando se disponía a dejar el parque por una improvisada salida. Revisé de un vistazo si había llegado algo importante o interesante y de pronto vi el retrato de mi profesor de Técnica de la expresión en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, Antonio Skármeta, con el anuncio de que había fallecido a los ochenta años.

Mi película mental recorrió diversos escenarios, mientras pensaba en cuando estudiábamos y escuchábamos en el salón de clases a nuestro profesor absolutamente informal, con una filosofía muy parecida a La sociedad de los poetas muertos, siempre con entusiasmo, vitalidad, viviendo el carpe diem, cada instante. Me detuve un momento y pasaron las escenas más diversas como el tren bala que sólo se detendrá en la última estación.

Skármeta es el autor de El entusiasmo, un grupo de cuentos donde se siente y vive una atmósfera como si lleváramos dentro un dios y fuéramos invencibles, así impartía sus clases, sentado sobre la mesa del profesor que pasa a ser uno más de la clase. Había libertad, creatividad, aventura, que es esencial en la literatura, clave para quien estuviera dispuesto a incursionar en ese campo.

Recuerdo cuando nos leía un cuento emblemático del norteamericano J. D. Salinger, “Un día perfecto para el pez banana”, siempre expresivo, didáctico, minucioso, como un detective buscando las pruebas, hallazgos detrás de las palabras, un lenguaje con todos sus significados.

Pienso, ahora, más de medio siglo después, que algunos de los que estábamos allí podríamos haber pensado en alguna ocasión: ¿y por qué no podemos ser escritores también? Años después, quizás, ese fue el valor que le di a las clases de Técnica de la expresión, donde también conocimos a otro escritor vital, como Hemingway, un creador de atmósferas formidable. Fue quien sentenció: un escritor debe tener un buen detector de mierda.

Qué resumen más preciso, vine a comprobar años después, cuando comienzas a respirar literatura, a vivir literatura, a rayar páginas, a escuchar a otros que viajan con su propia brújula en una misma sintonía, a dormir con las palabras, escribir y escribir en cuadernos improvisados, en papel, en la memoria, repasar una y otra vez lo que uno considera su propia historia literaria, vivir el carpe diem de la palabra.

Estoy viendo a Antonio Skármeta pasearse por los prados del Pedagógico, una noche de fiesta de mechones, esos malones con música, tragos, algo para picar y el gran entusiasmo de los participantes, contando su vida de la a hasta la z, vaciando los sueños de un solo trago, publicando en el aire el porvenir de sus próximos días, destapando botellas de felicidad, ese tú a tú sin tiempo ni orden de ninguna naturaleza, poniendo el cuerpo sin límites. Buceaba con su propio aliento y oxígeno en búsqueda de personajes tal vez, atmósferas, lenguaje, anécdotas, una historia, alimentando su propia mochila, porque la materia prima de un escritor está en todas partes. Es un sueño tal vez que provocamos al ingresar a un espacio y juntar después las voces en nuestra memoria.

La última vez que vi a Skármeta fue en Panamá. Me acerqué poco antes de que iniciara su conferencia y le regalé mis dos libros. Fue todo como un disparo de un día de caza. Explosivo y veloz. Alcanzó a decir: Qué bien impresos están. No tuve tiempo de dedicárselos. Ahora lo hago con esta nota al voleo, porque me alegra mucho que la noticia de su muerte publicada en 2023 fuera un fake news, uno más entre millones que circulan por el mundo y siembran las redes con la más estúpida de las maestrías. Supe que dijo, cuando se enteró: “Estoy vivito y coleando”, y yo agregaría: desnudo en el tejado.

Adiós, profesor, gracias por sus enseñanzas y entusiasmo.

Rolando Gabrielli
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