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La eterna juventud de Rimbaud

sábado 29 de agosto de 2026
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Arthur Rimbaud
Rimbaud: un poeta iniciático que en sólo cinco años, y a su temprana edad, revolucionó la poesía, y cuyas señales aún continúan alumbrando el horizonte.

“Les poètes ne laissent pas de traces, ils laissent des pistes”.

René Char tenía razón,
los poetas no dejan huellas,
sino señales.

La poesía no se cansa de ser poesía ni de los poetas que parecieran querer domesticarla, verla en la pequeña pasión personal convertida en un asunto privado, restringida e inclusive al extremo de ser abandonada, porque ya no quedaba nada más por decir o agregar. A los veinte años, esa fue la señal al menos que nos dejó Rimbaud, quien buscaba la videncia a través de la poesía y decidió inclinarse por el comercio, la trata de esclavos y la venta de armas en África. A pesar de su corto ejercicio poético (cinco años) y breve vida, 37 años, Arthur Rimbaud, quien publicó sólo un libro en vida, Una temporada en el infierno —autobiografía de despedida—, dejó abandonada a su suerte una obra dispersa, poemas, cartas, manuscritos, que preceden a dos movimientos importantes: el simbolismo y el surrealismo. L’enfant terrible, el poeta maldito, escribió y predijo el futuro de la poesía. Se adelantó a dos potentes movimientos literarios del siglo XX.

Cuando partió de Francia, con rumbo desconocido —ya había vagabundeado por Europa—, la poesía pasó a ser, quizás, un episodio de su adolescencia, algo turbulento, pasional, intenso, y sobre todo audaz, un tablero de ajedrez donde creyó agotar todas sus jugadas y decidió no mirar hacia el pasado.

Posterior a su muerte, de regreso de África, el poeta Paul Verlaine, amigos, editores y su hermana Isabelle, se encargaron de publicar el legado que dejó olvidado al partir de viaje por un sueño que no era el de la poesía. El poeta había sido sepultado en su pueblito provinciano de Charleville, donde no soportó el tedio en su adolescencia y luchó contra sí mismo y todo lo que le rodeaba.

El único libro que alcanzó a ver en vida, Une saison en enfer, fue impreso en Bruselas cuando tenía diecinueve años y se transformaría en su saludo más formal a la poesía, una virtual despedida de tan sólo quinientos ejemplares que quedarían en su mayoría olvidados en la imprenta por falta de pago de su autor. Los caminos de la poesía son inefables, desconocidos, anónimos. Quizás era la señal más clara, evidente, del joven vidente, que en plena adolescencia le había confesado a su amigo Demeny: “El poeta es un artista pero es más, es —debe ser— un vidente. Debe ser el gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito, el sabio supremo”.

Rimbaud advirtió sobre el final de su tarea como poeta en Una temporada en el infierno: “Ya he hecho mi jornada. Me voy de Europa. El aire marino quemará mis pulmones; me tostarán los climas perdidos”. Fue un anuncio directo, dejaba Europa y la poesía y se iba a una aventura que nadie podría vivir por él. Partía a lo que llamaba climas perdidos. Después supimos que era Egipto, Etiopía y Yemen; África, en una palabra.

Para tanta juventud había tenido un período intenso y conflictivo consigo mismo y con el poeta Verlaine, con quien compartió una intensa y problemática aventura que terminó con un disparo de Verlaine en la muñeca del joven Rimbaud, y la ruptura de esa traumática amistad.

Rimbaud quemó sus naves poéticas desde muy temprano, ya había fijado su propio rumbo en vida. Kafka, en cambio, vivió kafkianamente hasta su también prematura muerte (39 años). Mandó a quemar sus libros, todo lo inédito, y para fortuna de sus lectores no ocurrió. Su petición no fue cumplida. Dos autores indispensables del siglo XX, aunque Rimbaud pertenece al siglo XIX y es precursor de la poesía moderna y las vanguardias.

La historia de Rimbaud es conocida por lo intensa, misteriosa y apasionante. Lo que nos sigue interesando no sólo es su aventura por la palabra. No deja de ser un poeta iniciático, y en sólo cinco años, a su temprana edad, revolucionó la poesía y sus señales aún continúan alumbrando el horizonte. Neruda, al recibir el Nobel de Literatura, dijo: “Hace hoy cien años exactos, un pobre y espléndido poeta, el más atroz de los desesperados, escribió esta profecía: ‘A l’aurore, armes d’une ardente patience, nous entrerons aux splendides villes’” (“Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos a las espléndidas ciudades”). Neruda conocía la poesía francesa y fue el único poeta al que mencionó por su nombre en su discurso y, de manera indirecta, a Huidobro. Rimbaud seguirá ampliando su leyenda, hay mucho más que decir de su obra, de su vida y de su personalidad, y nos queda recomendar la lectura de su obra y su vida de aventurero. En un momento de hastío en Etiopía, pensó viajar a Panamá. La aventura nunca abandonó su febril y apasionada mente de eterno soñador.

 

Epílogo

Leer, releer a Rimbaud, revisar su tiempo en África, detenerme en sus pasos por la vida, es recordar a mis amigos poetas, la bohemia, la pasión por la poesía, casi un sentimentalismo del siglo XIX, tal vez para algunos, pero es lo que viene a mi mente y escribo. La poesía, reitero, es una aventura formidable, única, una pasión que no tiene fin. Así es como juegan sus cartas los ausentes, aparecen y desaparecen en la memoria. Rimbaud, con su imán, los atrae, y desfilan uno a uno, desordenadamente, pero están presentes, aquí y ahora. Forman parte de su tiempo, vuelven a ser época viva. Están presentes porque forman parte, son las señales que suelen dejar los poetas.

Estos poemas que acompañan al texto son mis más recientes señales.

 


 

Dirán

Dirán,
quién soy yo para escarbar
en esta historia insepulta
y traer los muertos a la intemperie,
cuerpos y huesos bajo
estos escombros heridos
que miran al impasible mar,
que todo lo ve y lo vuelve a mirar.
Con la palabra que los nombra,
aun sin conocerlos,
salen a tomar sol.
Es insoportable ver la fe que tienen
en el olvido los que apuestan
a la impunidad,
crupieres de casinos de poca monta.
Son el espanto,
qué vergüenza estos muertos
sin tumba, sin nombre,
oscuros, oscuros,
están aquí vivos en la palabra.

 

A veces, el espejo

A veces, el espejo
me vacila,
es un objeto ineludible,
me hace ver con un aire,
dejo italiano,
y en otras ocasiones
alguien del Mediterráneo.
Vamos, no es casualidad,
los antepasados parecieran
orillar la descendencia,
llamar la atención
detrás del árbol genealógico.
Somos esa rama que viene
de un tronco que sigue creciendo
por su cuenta y riesgo.

 

El oficio del amor

El oficio del amor
es hipnotizar
y dejarse hipnotizar
hasta que salga el sol,
y repetir la ecuación
en la oscuridad.

 

A propósito de la inmortalidad

A propósito de la inmortalidad
del cangrejo,
el hombre se plantea superar al tiempo,
proyectarse al más allá.
Ha intentado volar en carnes vivas,
transitar de su espacio vital,
alcanzar nuevas marcas,
una obsesión infinita buscar lo inalcanzable,
fantasear con el frívolo artilugio de la inmortalidad.
Es un viejo juego versus su destino,
el camino infinito hacia el universo infinito,
al parecer, lo que no se tiene ni alcanza a ver,
lo desconocido es lo más preciado,
dejar atrás la caverna.
Son el repicar de campanas
para un sol en el brillante espacio
que muere en el ocaso,
pero nos deslumbra y convoca,
paso a paso, se anuncia en su agonía,
va y viene en una tierra desolada
de almas muertas, cuerpos sepultados,
escondrijo de un mundo deshumanizado.
Sus autores sacan a bailar la muerte
en cualquier esquina, a su paso,
los humanos son tratados como en un insectario,
todo muere, absolutamente,
de pies a cabeza nada queda,
una apuesta macabra de este siglo
imitar a la muerte en todas sus dimensiones.
Hoy me entero, da lo mismo el tiempo,
los tanques avanzan casi con rigor romano,
precisos, aplastantes van aplastando
todo lo que obstaculiza su paso,
edificaciones, gente, piedras sobre piedras,
felices avanzan inmortales sobre la nada,
dejan un desamparado paisaje,
pero la muerte fiel les acompaña.
A propósito de la inmortalidad,
el hombre se plantea superar al tiempo,
de tantas maneras se proyecta más allá
de su espacio vital,
en el camino del universo,
mientras la Tierra se debate
en una anunciada agonía
que va y viene con silencio esclavo
del hombre que se niega a vivir en paz.
La muerte vive sin esperanza de vida.

 

A vuelo de pájaro

A vuelo de pájaro,
qué dicho más absurdo
para decir algo impreciso,
una definición con un cálculo
impreciso, intangible.
El vuelo del pájaro
no conoce altura
ni distancia,
es absolutamente libre.

 

La vieja estación me espera

La vieja estación me espera
como un tren sin pasajeros
Huérfano de destino,
el viaje queda suspendido
en silencio.
La estación sin tiempo
sólo es memoria.

 

El fin del mundo

El niño le pregunta al padre:
¿cuándo es el fin del mundo?
El padre no sabe qué responder,
son tantos los anuncios,
piensa, lo mira y contesta:
no hay fecha, es un negocio.

 

Qué sería de Chile

Qué sería del largo, inmenso mar
de Chile
Del vasto, misterioso desierto
de Chile
De la majestuosa montaña andina
de Chile,
los Andes eternamente nevados.
Qué sería de los lagos y volcanes
de Chile,
de los infinitos, deslumbrantes fiordos
de Chile
Qué sería de los ríos que cruzan
sin tiempo Chile
Qué sería de la Araucaria tutelar
de Chile
Qué sería de los glaciales
de Chile
Qué sería de ese paisaje rotundo,
de belleza inagotable,
ese largo y angosto, fértil pasillo,
que habita Chile
y se estremece cada cierto tiempo,
rompe y levanta una y otra vez
y echa a andar el huesudo,
desmembrado, infatigable,
volcánico cuerpo de Chile,
que nunca se da por vencido.

 

Floridor Pérez

Floridor Pérez
nunca me pareció
un nombre para poeta,
aunque no se necesita
un nombre rimbombante
para ser poeta,
y Floridor tenía las agallas
suficientes para ser poeta,
un gran poeta.

Rolando Gabrielli
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