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El monstruo yo

lunes 26 de mayo de 2025
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El monstruo yo, por Alberto Hernández
Quien pronuncie mi nombre podrá ver a todos los monstruos de la literatura mundial y a los que no han sido inventados aún, porque serán inventados.
Dioses y monstruos, 29 años de LetraliaDioses y monstruos. 29 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
Lee o descarga el libro completo aquí

1

Suelo desdoblarme, andar a gatas como un animal de fuego. Nada me conmueve. Desde que escribo notas de libros he logrado reencarnar en todos los manifiestos que he encontrado en la Divina Comedia. Y no he tenido miedo. Mi otro yo, ese descarado que me antecede en todo, persiste en la idea de que nada de lo que sucede fuera de la casa es anormal. He sido testigo de tantas tropelías de mi sombra que ya no me asusta ella, pero sí los rastros que deja.

He entrado en la casa de Edgar Allan Poe. He visto su cabeza inmensa en medio de una borrachera. He logrado cruzar el muro donde archiva los cadáveres de su imaginación. Y he hallado tesoros: cabezas reducidas, ojos vivos atados a clavos encendidos, nidos de ratas en el útero de una mujer muerta, como lo ha escrito alguna vez Nick Tosches. No sé si fue él o algún poeta extraviado en medio de una tormenta. Lo que sí he confirmado es que cada vez que llueve mi piel comienza a cambiar, como si se tratara de un camaleón que empieza a salir de mi cuerpo y me atrapa, me desfigura, me transforma, me hace el otro, el ogro que llevamos en algún lugar en el interior de nuestra muerte.

Para los que me conocen no soy el que ven. Soy un verdadero monstruo: he pasado ratos con brujos y maleantes, pero sobre todo con los imaginarios de algunos escritores que se han dedicado a inventar el terror, el miedo en los lectores. Frankenstein, por ejemplo, descose sus suturas y abre su corazón para extraer un cuchillo de oro y clavarlo en el cráneo de quienes se atrevan a desmentirlo, a desdecir de su fealdad.

¿Por dónde anda aquel sabido por Drácula? No forma parte de esta escritura, de este relato en el que la sangre es sólo una mención, un estadio, un tentáculo de la bestia que ahora sobresale por mi boca y lo atrapa por el cuello, pero no deja de estar por su aliento pestilente cerca de mi memoria. Soy lector de monstruos y de sombras, por eso me animo a entrar en esta casa en la que seguramente están los que de niño imaginé y me provocaron vómitos y diarreas. El miedo es como un capricho silencioso. Aunque a veces es un grito alarmista. Mi miedo es artístico. Haber sido por un rato Gregorio Samsa con veinte patas, un gorgojo o cucaracha pensante, me llenó de muchos sustos: sustos de todos los colores, porque los ojos de ese animal que era yo despedía una luz de muchos destellos que desdibujaban la realidad. ¿Y acaso existe alguna realidad que no tenga monstruos, que no cuente con la colaboración de esos bichos que llevamos en nuestro interior y exponemos en páginas, películas y pinturas? ¿Acaso no somos ellos?

Anoche conversé con William Blake. Me distrajo con el Satanás de Milton. Pudimos beber algo de sangre, de la que sobró de una orgía del conde Drácula. Me supo muy dulce. Pero me animó a entrarle con ganas a la piel desteñida del profesor Moriarty, con el permiso concedido por el mismísimo Conan Doyle. La bella Shelley me veía con cierto rubor marino luego de saber de los ahogados en aquella playa italiana, de donde emergió el monstruo de su creación que ahora soy yo multiplicado.

 

2

Mi nombre es Lucio Tulius; vengo del pasado, pero nunca he muerto. Soy mi propio monstruo. Ahora habito en un país tropical enrarecido. He perdido la edad, se me ha extraviado en la tanta memoria que he acumulado. Y me sostengo sobre la base de los monstruos que conmigo viven, en mis intestinos, en mis órganos programados para cambiar de forma. Soy único en este mundo, por eso tengo la propiedad de hablar de todas las apariciones, inventos humanos, bestias salvajes de dientes de marfil, muñecos de carne prestada, mujeres que se hacen pasar por un luto inexistente para engañar con su llanto a tanto hombre libertino.

Vengo de una tierra que ya no es. Y estoy en una donde todo es posible, hasta la muerte y la resurrección. Porque morir no es fácil como la gente cree. Para morir es necesario haber muerto antes y así nos convertimos en monstruos, embutidos en la cabeza febril de los escritores. Allá Eurípides y Medea o la Medusa de los cuentos fílmicos. Mr. Hyde suele tocar a mi puerta mientras colecciono pesadillas para mis cercanos. Boris Karloff y Bela Lugosi suelen venir a saludarme. Yo los trato con mucho desdén. Son tan predecibles. No obstante reconozco que en su tiempo causaron mucho miedo. Fueron monstruos importantes, lucidos y hasta lúcidos.

Yo, por mi parte, sigo con mi yo. Escribo desde mis maldades, desde mis monstruosidades, desde la planificación de un crimen. Los míos son perfectos. Nadie los nota. Y si los llevo al papel, a escribir sobre ellos, acerca de sus atributos, los lectores sabrán apreciar el terror que les causaré, porque de inmediato caerán fulminados. Cada letra es un pequeño simulacro, un susto cardíaco, un miedo que se adentra en la carne y atiesa a quien abre el libro. No llega a la última página.

He sido Lucio Tulius desde que me lo propuse, pero, como sabrán, se trata de un nombre falso, como todo yo, como todo mi yo, como mi yo mismo. Soy un yo falso, monstruoso, literario, creado para que este texto, el que tú lees en este instante, quebrante tu tranquilidad.

 

3

He provocado muertes. He matado. No se me oprime el corazón. No tengo. No uso. Para quien no sabe el año de su nacimiento pero sí que vino al mundo hace siglos, no es menester saber que tiene esa bomba que sirve para irrigar la sangre de otro que luego derramaré con tanto placer. Los monstruos literarios aterrorizan. Yo voy más allá. Soy un monstruo extraliterario. Soy un verdadero monstruo porque tengo un yo poderoso. El conde de Transilvania no lo tuvo nunca. Tampoco Medea. O Mr. Hyde. Y si lo tuvieron no se dieron cuenta. Ellos eran despojos. Yo no. Yo soy yo, el monstruo con ego.

Y así como he provocado muchas muertes, yo he muerto todas las veces que puedan imaginarse, pero no mi yo.

 

4

Y aquí sigo. En este sitio al que acuden todos los ecos, todos los miedos. Yo soy el miedo. El mayor de ellos. Un día, sin mediar palabra, me tropecé en la rue Morgue con un extraño sujeto, parecía un mono, pero en realidad era un ectoplasma peludo, una sensación cósmica, un bicho proveniente de la casa Usher, que no sabía dónde se establecía su crimen, porque se habló después, en un relato escrito por un borracho norteamericano, que se trataba de un gorila que bajaba por una chimenea y mataba gente. Pero eso es sólo un cuento, probablemente un signo de aquellos tiempos en los que era posible creer en tales cosas.

No me resigno a no estar en este tiempo luego de tantos siglos de existencia. Mi yo crece, no se quebranta. Reduce a cualquiera que se le enfrenta. Lo hace polvo, lo evapora sólo con mirarlo, con sentir que está cerca, que se aproxima con su pequeño ego plegadizo, medio déspota, tiránico a veces, como si quiera imitarme.

Ese pobre escritor norteño, Poe, fue sepultado en una tumba sin lápida, sin nombre. Eso fue en 1849. Lo recuerdo bien. Allí estuve. Por allí vi también al detective que Poe inventó, andaba todo de luto, C. Auguste Dupin, quien me dirigió una mirada indagatoria. Por ahí anda un escritor, Matthew Pearl, quien se ha entregado a La sombra de Poe para desenterrarlo y contar la historia de sus adicciones, de su realidad misteriosa, monstruosa para los que no lo querían ver cerca de sus propiedades.

 

5

Quien se haya paseado por mis aventuras podrá toparse también con El Golem, esa cosa, ese monstruo creado por Gustav Meyrink, tan dado a ser mirada a través de ventanas de un gueto donde morían los judíos condenados por el otro monstruo llamado Adolfo Hitler, porque hay monstruos humanos que la literatura aún no ha calificado como tales, en el sentido de desfigurarlos y darles el matiz que merecen, el calificativo de desechos, de degredos, de basura del tiempo colmados por la sordidez del tiempo.

Esa criatura, esa creatura, vive aún en la mente descabellada de los monstruos que yo no he podido eliminar.

Los siglos me pasan por encima. Se acomodan en mi lomo roturado, en mi espalda colmada de heces, de sobrados de los antiguos relojes que siguen dando las horas mientas mi yo desteje y desteje los ajenos, los yos que no me pertenecen, los que huyen con sólo sentir mi olor.

Hurgo en los desechos. Me hundo en la degradación de un poder que se asume desde la imaginación del pasado. Soy un yo inclemente. Soy el monstruo del momento, pero no pierdo la razón, menos la memoria que mis antepasados y colegas me han aportado.

Leo con gracia y con los ojos encendidos por el fuego del infierno estas líneas de un escritor llamado Víctor Bravo en un libro que lleva su firma, titulado Terrores de fin de milenio:

Pero, ¿qué es lo monstruoso? En contraste con el contexto de proposiciones y reconocimientos del existir, que discurre entre certezas, mesuras, homogeneidades, lo monstruoso se presenta como la violenta manifestación de lo heterogéneo y lo incongruente, como lo indefinido que se expresa en fragmento y desgarramiento, en desfiguración y exceso, en desproporción y abyección. Es lo que acecha sin tregua, desde el afuera, al orden delimitado de la existencia.

Y así, lo veo yo desde mi fealdad, desde mi deformidad, desde el aliento que le envío al mundo. Desde la basura que dejo regada desde mis intestinos llenos de veneno.

El mismo Víctor Bravo cita a Platón: “En todos nosotros, incluso en el más respetable y de mayor reputación, existe una fuente de deseos salvajes, terribles, fuera de toda norma, y que, según parece, nos son revelados a nosotros durante nuestros sueños”.

Me encuentro con esta entrecomillada razón: “Ese otro yo mismo”. Es decir, ese otro que soy yo en mi yo presente, vivo, monstruoso, tiránico, demente, en el lodo de los sueños, en el cieno de las pesadillas que provoco cuando me leen en algún libro.

En la literatura yo soy todos. Soy el todo de ellos. Soy el yo absoluto.

 

6

No crean que he perdido el hilo. Sigo aquí como Lucio Tulius, sólo que me mimetizo mientras el lector toma el libro en las manos, cualquier libro calificado de misterio, de monstruoso. Siento que una pezuña larga y curva emerge de mi frente, como si se tratara de un rinoceronte azul. Ningún escritor clásico lo ha recreado en medio de esta ciudad impertinente, emputecida por la falta de sombras dignas para pasear durante la noche. Hay mujeres con lenguas de batracio, niños con narices que arrastran por el piso, demiurgos que sueñan con intestinos de elefantes. De todo en poco, como en botica, como decía una bruja que aún vive cerca de mis andanzas.

El día que nací el sol se eclipsó con un planeta desconocido, venido de otra galaxia, según escribieron en un libraco que aún no ha sido leído por nadie porque una vez conocida la historia el lector enceguece. Pero esa es otra historia.

He estado con Ulises mientras Polifemo era derrotado. Se cree que el único ojo que tenía el cíclope fue derramado de un lanzazo, pero otra historia dice que la bestia mató a Ulises y lo convirtió en un personaje de la mitología que nadie suele nombrar porque quien lo hace pierde la lengua, se me pudre en la boca.

Quien pronuncie mi nombre podrá ver a todos los monstruos de la literatura mundial y a los que no han sido inventados aún, porque serán inventados. Unos que ya andan por ahí han transformado a los hombres y mujeres, niños y adultos ancianos en verdaderos autómatas. Detrás de ese monstruo luminoso están todos los que aparecen en el diccionario de la fealdad, de la maravilla imaginaria de los narradores y poetas del mundo todo. La Medusa enreda sus tentáculos en la mirada hipnotizada de quienes nadan con el cuello estirado como el de un molusco fantástico que bucea en la pupila de los que tropiezan y son atropellados por carretas, camiones o vehículos alocados que suelen recorrer caminos, carreteras y calles de las grandes ciudades por donde pasa a diario la humedad maloliente de Godzilla.

Yo sigo siendo yo en medio de tanta majadería. Soy el único yo que se metamorfosea y sigue siendo el mismo monstruo. Nadie me cambia aunque yo cambie a diario mi yo porque yo soy todos los monstruos imaginados.

Quien lea este texto con sumo cuidado encontrará un tesoro que lo llevará a tener las pesadillas más escandalosas de su vida. Soy el monstruo de los sueños, el que no sale nunca de la imaginación de los seres humanos. Y porque soy un humano tengo la capacidad de convertirme en todos los monstruos que el otro yo del ser humano podrá imaginar.

 

7

Se me desprenden las escamas, como si mi cuerpo surgiera del mar. Soy un pez icterigio, de cauda gigantesca. El monstruo bíblico, la ballena que se tragó a Jonás. La utopía de quienes sueñan con los monstruos de su alteridad, y como dice Bravo que dijo Rilke: “La belleza es la primera expresión de lo terrible”. Entonces soy lo terrible, aunque imaginado, para disfrute de los que abren libros para verse envueltos por los brazos terribles de los pulpos de Melville. Y digo con Octavio Paz, también citado por Víctor Bravo: “El monstruo es la proyección del otro que me habita”. Y como son tantos los que me habitan, soy un espectro de la maldición, una bestia que se arrastra entre los más tejidos sueños de los que alguna vez podrán ser atraídos por este servidor que seguirá siendo monstruo mientras su yo palpite, mientras sus distintos egos se mueven en el universo.

Hoy paseo hombre por esta ciudad. Hoy saludo con prestigioso amago a quienes pasan por mi lado. Hoy soy un saludable y educado galán que ama a quienes me miran a los ojos y sonríen.

Pero no saben que a la vuelta de la esquina volveré a ser todos los monstruos que los libros han dado a conocer para que quien me haya mirado sienta miedo, para que quien me miró ya no sea el mismo, sino otro yo que pueda multiplicar sus terrores.

Babeo ante la biblioteca, yo, Lucio Tulius, personaje de ficción que, en pocos momentos, se convertirá en una realidad.

Alberto Hernández
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