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El insomne Abel

martes 19 de julio de 2016
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Abel se despierta a las cuatro de la mañana porque a esa hora le vienen las ideas. Pero da igual, porque no se levanta y se queda en cama rumiándolas hasta que se levanta. Si al menos tomara nota. Pero puede que hasta la tarde, a la noche, cuando se pone a escribir, se acuerda vagamente de lo que se le vino a las mientes. Llegada la noche, a la misma hora, vuelven las ideas. Si Abel se hubiera levantado cada noche, habría escrito más de lo que escribe cuando se pone a ello. Que ya le ha pasado el día, y las ideas ya no fluyen. No sé quién le habrá puesto el adjetivo. Insomne sí es, porque se despierta, y ya se desvela. Sin embargo, uno se hacía la idea de que aprovecharía ese torrente para hacer su obra. Aunque no, ahí permanece arropado. Se entendería que si fuere invierno, le daría pereza. Ya en el verano, puede que le apeteciera salirse al balcón, respirar el aire fresco de la mañana, y sentarse a escribir. Abel es un escritor insomne, que no se levanta de la cama. Permanece en ella hasta que el sol aparece por la ventana. Hay veces que se queda hasta altas horas de la noche para escribir. Tiene una gata siamesa, que cuando se pone a la máquina de escribir, se acerca. Se queda allí hasta que Abel escribe las primeras líneas. Abel le habla, le pregunta: ¿Qué te parece, Lili? Lili tarda a veces en contestar. Otras no contesta. No es que Lili hable, Lili mira. Y se estira y se da la vuelta si no le interesa. Abel tiene un reloj de pared que adelanta diez minutos. Cuando da las horas, con el adelanto, las horas, las campanadas, se esparcen por toda la pieza, que no es grande del todo. La gata ya está acostumbrada y no se inmuta. Abel, cuando escribe, habla, lee lo que escribe en voz alta. Y se mezcla el sonido de las teclas con la voz. A veces, si coincide, a la voz y a las teclas se le unen las campanadas. A partir de la media noche ya son pocas. Se intenta acordar de las imágenes, de los recuerdos que le desvelaron, pero ya son difusos, desdibujados. Y su propósito para la noche siguiente, es despertarse y tomar notas. También podría dejar una libreta sobre la mesilla de noche, y tomarlas. Se resiste, hay un peso, una atracción invisible que le impide mover un solo músculo. Prefiere mantenerse en esa ensoñación hasta el amanecer. Si fuera una persona casada, o si viviere con alguien, se podría entender que molestaría, despertaría a quien le acompañare. Salvo a la gata, no molesta a nadie. Porque tampoco tiene vecinos, ni arriba, ni abajo. Vive en una casa que heredó de sus padres. Y desde que ellos no están, no ha remozado nada. Los muebles, los enseres, las habitaciones, la cocina y el baño permanecen tal y como estaban cuando ellos vivían. Tampoco utiliza la parte de arriba, donde vivían el resto de los hermanos, que se fueron yendo y casándose. Está situado en un pueblo donde apenas cuenta con trescientos vecinos. Su tía, que roza los noventa años, le dice que es mozo viejo. Abel vive del ganado que le dejaron los padres. Engorda las reses en unos prados comunales y los propios, para después venderlos para carne. Vendió unos prados, un molino y un centenar de cabras. El tiempo que no dedica a los animales lo emplea en escribir. Hasta la presente no ha publicado libro alguno. Tiene escrita una novela y un libro de cuentos. No pierde la esperanza de editarlos. A veces se baja a Madrid. Estas cosas no se las cuenta a nadie. Después de ir a putas, pasa la tarde en un café, donde se reúnen varios escritores. Algunos ya han publicado obra. Llevan alguna de sus obras inéditas, que leen, y se someten a la crítica y a la valoración de los asistentes. Abel no ha escrito poesía. Dice que no le sale. Que él es de contar historias. Lo de la poesía es para escritores leídos y viajados. Un vaquero, un palurdo como yo, con contar alguna historia que se inventa, o que sabe ha sucedido ya llega. Abel no cuenta a los contertulios que cada noche, a las cuatro de la madrugada, le despiertan pensamientos. Si lo contara alguno de los compañeros se lo recriminaría, haciéndole ver que aquello es una mina. No acuden las musas cuando uno está dormido. Pero como Abel es insomne, acuden a la cita cada noche. No le gusta ir en coche a Madrid, porque tiene una furgoneta blanca, con los aperos y una alpaca de paja. Aunque la verdad, es que le da miedo conducir fuera de las carreteras y los caminos del pueblo. Deja la furgoneta en la estación y viaja en tren. Lleva siempre una novela para leer en el trayecto de ida y vuelta. Por lo general obras de Delibes. Es un escritor que me habla del campo, me enseña lo que no soy capaz de ver. En el pueblo se hacen a la idea, cuando vuelve ya de noche, que viene de Madrid de desahogarse. No saben que es escritor. Igual por eso no se levanta de la cama cuando se desvela cada noche. Si algún vecino viera la luz encendida, pensaría cualquier cosa. No es que sea persona acomplejada, o solitaria. A las tardes echa la partida de mus en el bar y se toma sus copas de coñac como todos. Y se caga en Dios o en la puta que lo parió cuando las cartas no le vienen. Ahora, contar que cuando se encierra en su casa lo hace para escribir, ya no estaría bien visto. Y se salva porque no es poeta. De hecho, cuando viene su cuñada o su sobrina, una vez a la semana para hacerle la casa o llevarse la ropa sucia para lavar, esconde las novelas, los folios y la máquina de escribir en la planta de arriba, donde no sube nadie. Una de las noches, a la hora de siempre, le vino un pensamiento que le inquietó sobremanera. Fue la única noche que se levantó. Como si un resorte le expulsara con violencia de la cama. Abrió la ventana y la contra para salir a respirar aire en el balcón. Aunque tomó la precaución de no encender la luz. Le había venido un pensamiento que le había preocupado. Se vio morir. Alguien que conocía, su padre y abuelo, vinieron para llevárselo. Estaba escribiendo a máquina. Aunque no le preocupó en absoluto este hecho, porque los que están ya en el cielo saben todo de los que están vivos. El problema sería que cuando le encontrasen muerto a la mañana siguiente, la cuñada, la sobrina, los vecinos y los amigos, iban a descubrir el secreto que le mantenía dentro de la casa. Abel, un poeta, quién lo diría. Al día siguiente, cuando se levantó, se bajó a Madrid. Vendió la máquina de escribir y las novelas de Delibes en la Cuesta de Moyano. Cuando volvió, esa misma noche, quemó los folios escritos en la estufa de leña que tenía en la cocina. Abel, el insomne, ya no se volvió a desvelar a las cuatro de la mañana, ni aun con el reloj de pared.

José Ruiz Guirado
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