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El interrumpidor

viernes 7 de julio de 2017

Me llamo Isidoro y cada que le envío una carta a mi escribidor, él se hace cargo y me trae aquí para que quien esto lea se compadezca de mis cuitas. Alguna vez ya he dicho de mi jefe que se llama Fadrique. Es una persona mediocre, envidiosa y embustera. Y si hay algo que no soporta es que un servidor esté manteniendo una conversación con cualquier empleado o cliente de un tema que él no domina —fútbol, putas (con todo mi respeto a estas señoras) o el tiempo. Pierde los papeles; se enciende; se le inflaman las carótidas. No puede evitar acercarse, interrumpir la conversación y soltar una prenda de su propia cosecha: “¿Qué le pareció el gol de…, doctor?”. Y de esta guisa provoca que se termine la conversación. “Mañana hablamos, I.”. Es superior a sus fuerzas, le domina, le arrastra. Y especialmente si llega a escuchar de lo que se está hablando, siendo temas de cierta enjundia. No se sabe que se le pueda pasar por el magín; empero su reacción es inusual, estridente. Como si hubiere visto a una fiera repugnante, repelente, peligrosa; o al propio Diablo en persona. Se acerca, se aproxima, se inflama como un sapo, como una fiera dispuesta a saltar sobre su presa. Interrumpe sin más, sin importar o provocando dejarles con la palabra en la boca. Y suelta su veneno, un veneno inofensivo, pueril, inadecuado: “Está fresca la tarde…”. La realidad, la causa, el motivo en sí de esta intromisión, no se sabe a qué obedece. Puede que le moleste que un simple empleado, inferior a él, sin condición, pueda mantener una conversación de ese calibre con uno de tantos abogados, doctores, catedráticos, ingenieros que allí se den cita. No sé si el interrumpidor tendrá una sintomatología patológica para que pudiere ser estudiada. O simplemente que alguien le prive de su primacía de sacar los temas en los que se mueve como pez en el agua, le saca de quicio. Especialmente cuando se anima y se saca de la manga adjetivos con los que intenta elevar el nivel culto de la conversación, sin reparar —por desconocimiento— en que los que utiliza no tienen nada que ver con su significado. El interlocutor le mira, le escucha con atención y se excusa para irse, viendo que de continuar hablando lo va a empeorar más si cabe, con el siguiente aserto. Y como quien no sabe que no sabe, se queda satisfecho, ufano con su desparpajo y su dominio del léxico. El problema, el drama surge cuando algún interlocutor menos morigerado, le interrumpe y le rectifica: “Don Fadrique, se despista usted; seguramente querría decirme…”. Al marcharse aquél, mira para uno y otro lado, por si he tenido la mala suerte de escucharlo. En la próxima interrupción empleará otros métodos más coercitivos.

José Ruiz Guirado
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