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Cinco poemas que son como cuentos del alma mía

lunes 3 de junio de 2019
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El Conde Azul

alcides rivas ávila
—el conde azul—
en una oportunidad
me invitó a desayunar pastelitos de manzana
y café con leche
en la muy recordada pastelería italia
que estaba ubicada frente a la plaza bolívar de la ciudad de barinas

luego del exquisito desayuno
se acercó al señor que atendía la caja registradora
pidió la cuenta
y ceremoniosamente abrió una cajita de cartón que cargaba como caja de caudales
y sacó una piedra blanca
pequeña ella
y le dijo que en honor a lo delicioso de lo consumido
podía quedarse con todo el valor del diamante
con que pagaba la cuenta

aquel señor venido de alguna tribu ítala
se sorprendió de tanta riqueza repentina
que hasta la policía se hizo presente
y alcides y yo
casi fuimos reos de la autoridad policial
por pagar un desayuno con un diamante

alcides murió hace poco
en mérida
murió de poesía
nunca más podré reírme con él
y su gacela polar.

 

Igual que hoy

yo quisiera volver a la espesura de donde vengo
al tiempo que no sabía que la tierra era un planeta
que los muertos hablaban
y arrastraban cadenas
creo que estaría igual que hoy
feliz mirando las ardillas
comerse las semerucas en el patio de la casa.

 

Mi abuela materna

gregoria pérez mi abuela materna
siempre tenía un mandador a la mano
para que no escapáramos de su mirada

solía relatarnos
la historia del jinete sin cabeza
que aparecía en cierta época del año
arreando mil toros negros con una mancha blanca en la frente
en el paño de sabana donde vivíamos

contaba que ese día el burro no le caminó más
y para que no la atropellara la manada
desmontó
en carrera veloz
buscó el río y chupulún al agua

cuando salió del río
para su sorpresa
el burro pastaba tranquilamente
y del jinete sin cabeza y los mil toros frontinos
el horizonte no daba señales.

 

El montoncito de carne

en mi pueblo una vez mataron a un hombre
lo picaron en pedacitos
yo me colé entre las piernas de los vecinos
y vi el montoncito de carne lleno de moscas

cuando volví a casa
satisfecho de mi hazaña
me encerraron en el cuarto de los aperos
como castigo
porque ahí “conversaban los muertos”

estuve aterrado en ese cuarto
hasta las cuatro de la madrugada
aproximadamente
cuando don pedro losada
comenzó a ordeñar y el cuarto de los aperos
se llenó de los más bellos cantos de ordeño
que jamás he vuelto a escuchar.

 

Las guacabas

en mi tierra las guacabas cuando cantan
invocan al dios de la lluvia
después llueve como hasta octubre
cuando se esconden en casas misteriosas
y no se dejan ver hasta que piden de nuevo agua
a mediados del mes de abril
todo un misterio
al que no se le presta atención

las guacabas son como los poetas
cantan
y casi nadie lo nota.

Alberto José Pérez
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