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Sobre Vado permanente, de Francisco Barrionuevo

lunes 26 de enero de 2026
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Francisco Barrionuevo
En Vado permanente, Francisco Barrionuevo se funde con el mito, con la cultura, con el arte, con la música y, como los pintores primitivos, juega con la mirada fundiendo los matices y los tiempos.

El agua que llena los océanos
no tiene más verdad que el musgo
que tapiza los troncos de los árboles
y forma el tegumento de la piedra
lavada por la lluvia.
Lo pequeño no es menos
que lo grande. Grande o pequeño
¿comparado con qué?
.......El Universo
no es más grande que yo.
Cabe en mi pensamiento.
Veo y siento la Realidad, construyo
su Representación. En mí
todo está dentro y fuera, y a la vez.
Atravesamos vados permanentes.
Conexión e interfaz de realidades
llevando al interior materia viva:
sentimientos, ideas, emociones,
que surgen del entorno en que vivimos
y crean en nosotros
lo que a través de los sentidos somos
para dejar de ser lo que antes fuimos.
Nada en mí permanece. Soy más yo
cuando más me transformo,
así mis ojos pueden ver el mundo,
pero no a mí mismo.
De mi rostro tan sólo reconozco
la imagen de un extraño en el espejo,
la mirada del otro sobre mí.
Esto lo pienso yo que no sé nada
y hablo desde el asombro que me causa
mi cierta incertidumbre.
Lo que voy conociendo al caminar
es la extensión de lo que ignoro.
Como la luz que alumbra un pozo oscuro
permite ver mejor su oscuridad.

Francisco Barrionuevo, Vado permanente (páginas 19 y 20).

Hoy deseo hablaros de un libro, Vado permanente (Mahalta, 2025), y de paso también de su autor, Francisco Barrionuevo Ferrer. Un libro, bajo mi criterio y el de variadas voces de solvencia como la del introductor de este poemario, el gran hispanista Gabriele Morelli, que es sin ninguna duda uno de los mejores libros de poesía de estos últimos años publicados en España. El autor, reconocido arquitecto y poeta, es también traductor, ensayista, y con alguna disciplina más como puede leerse en el apunte biográfico incluido bajo este texto.

El poema que abre estas líneas, y también el libro, nos sirve de vector o antecedente para saber cómo se enfrenta el autor a la visión de él mismo frente a su propia obra, o tal vez a su obra frente a sí mismo. Por otra parte, en una entrevista que le hace el poeta Javier Gilabert para Culturamas, Barrionuevo remarca esa reflexión crítica hacia su poesía cuando afirma:

A mí me interesa construir la poesía con elementos sacados de lo cotidiano y puestos en un contexto distinto donde alcanzan una nueva significación. Creo que el verdadero territorio de la poesía no hay que buscarlo en lo inaudito y lo asombroso sino en el asombro que produce mirar lo cotidiano con una nueva luz, lejos ya de la vista cansada por la monotonía.

Trasladado al campo de la poesía y conservando la idea de tránsito entre la realidad objetiva en la que vivimos y el yo íntimo que somos, Vado permanente da nombre a los caminos que cruzan en ambas direcciones esas dos fronteras, por donde fluyen emociones, sentimientos, ideas y reflexiones que conforman nuestra existencia.

Esa forma de ver esa realidad y al mismo tiempo estar modificándola con nuestra presencia es lo que hace que en un poema del libro se diga: “Mientras miro un paisaje / soy parte del paisaje que otro mira. / Y toda la naturaleza está / dentro y fuera de mí y todo lo que él ve / está dentro y fuera de él”.

Así, pues, lo que este libro se propone es indagar a través de la poesía en la relación que se establece entre el mundo como realidad y el mundo como representación.

Como sucede siempre ante las obras verdaderamente esenciales, y espaciales, escritas y meditadas en la plenitud de un autor, lo que apetece ante este libro llamado Vado permanente es el silencio. Inclinar la mirada ante sus páginas y ensimismadamente leer. O mejor, vamos a utilizar el prefijo iterativo, releer, puesto que hay que volver una y otra vez a la realidad e irrealidad del mundo que prevalece en este edificio alzado, en la sonoridad pausada del alcance de los versos, o en las imágenes precisas y trascendentes que proyectan una vida volcada en las muchas vidas que un creador, un ser humano, experimenta a lo largo de las estaciones de su periplo existencial. Karl Kraus estaba convencido de que un artista es solamente aquel que puede “hacer de la solución un enigma”; tal vez esa sea la clave en la que un poema, o todo un libro, como es el caso, mantenga el equilibrio perfecto entre el pensamiento y la emoción.

A un autor le basta, si la obra lo merece como sucede en este caso, traspasar desde el filtro de la inteligencia la barrera del tiempo, no únicamente desde una perspectiva cronológica, sino desde el instante, que es decir el presente. No hace falta tampoco la extensión excesiva para que algo vibre y quede como legado inmarcesible. Se trata de saber ver acompañado por la percepción sutil del infinito misterio que late entre las líneas de todo lo que pueda abarcarse. Las edades, los mundos contenidos en poesía, forman parte de ese todo en una alegoría universal. Después de agitar las aguas del aurífero río, sobre el cedazo del tiempo que nos lleva, basta y sobra lo cribado, brillo de metal noble colmando así todas las expectativas posibles. Condensar, en las doscientas páginas de un libro, en sus cinco capítulos, un universo propio que sea también un trasunto de todos, en cuanto a los conceptos que desde antiguo forman parte de lo más hondo del ser humano, de las preguntas sin respuesta, y por lo tanto lo que otorga a una obra valor universal. Crear un libro así tal vez precise de una vida entera que, además se percibe entre líneas, y sea como en este caso tan gozada como sufrida. Andadura en plenitud de conocimientos, creación y experiencia reflexiva y vital, aparte de una elaboración meditada que no es nunca causal ni tampoco impulsiva. Se necesita por lo tanto una visión de largo alcance para lograr algo tan complejo, y a la vez tan claro y sugerente como este Vado, junto a ese destello enigmático que reconocemos siempre cuando nos enfrentamos, no a un juego de palabras bien ensamblado, si no a una poesía de autenticidades de forma calibrada y absoluta.

“Vado permanente”, de Francisco Barrionuevo
Vado permanente, de Francisco Barrionuevo (Mahalta, 2025). Disponible en Amazon

Vado permanente
Francisco Barrionuevo
Poesía
Mahalta Ediciones
Piedrabuena, Ciudad Real (España), 2025
ISBN: 978-84-129419-2-0
204 páginas

Estamos de acuerdo con Blotner cuando afirma que un gran artista, en este caso un poeta, es un innovador solitario que evita grupos y escuelas. Barrionuevo no evita grupos, pero su manera de crear, por mucho que admire a otros, no tiene escuelas. Ni las necesita. Es arquitecto de perfección y seguridad que ama lo duradero y lo profundo. De líneas claras y depuradas, sin desdeñar el misterio al que ilumina esa luz asequible que tiende a revelar lo más oculto. Su poesía, alta poesía, también tiene muchísimo que ver con esa arquitectura de la vida y del tiempo, sólo que la arquitectura debe rodearse de profesionales de todo tipo y la poesía, como ya sabemos, se crea siempre en la más absoluta de las soledades. Este Vado permanente puede transitarse a través de lo complejo de una mirada claramente existencial, puesto que para escribir un libro de estas características se necesita haber vivido mucho y también haber soñado apasionadamente, con la misma medida. La poesía habita este libro. Lo posee. Aunque el autor piense que la está escribiendo, en realidad es la poesía quien lo reescribe a él y de paso revela una condición como marca y destino. Se nota perfectamente en ese fluir de mar dactílico, cavidad, grieta, espacio puro, centro único, donde el extraño es niño y hombre, por derecho, tan antiguo y tan nuevo que es capaz de los giros más insospechados, transformando la naturaleza de las cosas al ir más allá donde el poema lo trasciende fronterizo siempre entre el decir y el silencio.

La realidad comienza con la naturaleza en el primero de los espacios, que se enriquece mediante la evocación dentro de una creadora energía, formada de transparencia y nitidez, donde el que crea sabe “que no es un dios pero está hecho de la misma sustancia de los dioses. De barro y de partículas de luz. Como cualquier otro animal”, como dice en un poema.

Ser sustancia y esencia al mismo tiempo, fundido en ese palimpsesto del árbol que labra y fecunda, de la raíz a la rama, de la albura al duramen, saberse música también cuando el viento mece las ramas y es silencio de abrazo y voluntad de resistencia, mediante la mirada y la palabra.

Frente a una realidad de incertidumbres, ante sí mismo o ante su propio ser, Barrionuevo dialoga con la vida y desbroza conceptos sintiendo a veces la imposibilidad de saber más allá de lo que contempla, o reconoce. Un poeta es un diálogo continuo y también un soliloquio. Preguntas sin respuestas al que no le queda otra que interrogar su propio interior en una exploración por siempre inacabada, marcada a veces por la incertidumbre.

Esta contradicción de deseo y huida, de incomunicación y comunicación al mismo tiempo, lo explica muy bien en el prefacio a los 35 sonetos de Pessoa que tradujo del inglés. En la página 20 escribe:

Recordemos que los 35 sonetos comienzan afirmando que al escribir, hablar o mostrarnos sólo mostramos la apariencia. Desvela así una de las preocupaciones recurrentes en esta serie de poemas: la incomunicación de la persona hacia el mundo exterior y hacia sí mismo, cuya identidad real desconoce.

Incomunicación que nos ofrece sólo la apariencia o comunicación real (...) bajo su peculiar presentación formal, el verdadero rostro del hombre desnudo.

“El verdadero rostro del hombre desnudo”. Justo el que hallamos en las tendidas líneas de Vado permanente.

Robert Frost afirma que “la poesía es cuando una emoción ha encontrado su pensamiento y el pensamiento ha encontrado palabras”, y así parece ser en el lenguaje de este poeta al que no le gustan las hipérboles, ni las lisonjeras exageraciones, ni tampoco los ayeres votivos, porque es de presente vivo o de alcance futuro y sabe transmitir lo que mantiene dentro: la hondura de unas claves de emoción que traspasan. La herida que en cada poema sostiene siempre lo abierto de su tiempo sin ceder a la seducción de la elocuencia ni al ornamento del intelecto encumbrado. Hay que sentir y seguir los puntos de orientación de esa señal rectangular, y no demasiado llamativa, que indica y permite ir de dentro hacia fuera y de fuera hacia dentro como él expresa. Metáfora que aprovecha nuestro autor para indagar en el hondo sentido que atañe al ser humano desde la bipartición de adentrarse en la oscuridad desde la luz, y a la inversa. Transitar, fluir, sobre el vado permanente de la vida y la esencia. Libro escrito desde el conocimiento, exacto y claro de la escritura, de lo reflexivo y experiencial, lo que va descubriendo en su andadura personal frente al asombro y la “extensión de lo que ignora”, como deja muy claro en versos iniciales. Los puntos de fuga se condensan en imágenes de fuerza poderosa evocadoras del dolor y del amor, de la alegría de vivir y de la meditación sobre la muerte. Abre ventanas siempre este poeta, desde el interior de un presente hacia la memoria de lo que perdura pero sin nostalgias ni melancolía.

Comprende, por su condición dual que oscila entre la arquitectura y la poesía, que ambas se complementan, Sabe muy bien qué significa la piedra angular y la clave de bóveda. Sedimento, basamento, y también coronación que culmina un proceso y cómo la palabra se desdobla y avanza desde el interior al exterior, y viceversa, vadeando... O, como dice san Juan de la Cruz al lado de su Llama: “...diremos que la piedra (...) está en el más profundo centro suyo”, como en este poema llamado:

Contrapeso

Si algo se hunde,
respecto a eso
algo se levanta.
Puede ser una luz,
una piedra que vuela
o parece que vuela.
Yo con respecto a ti.
Tú con respecto al mundo.
Lo que mengua
lo que crece.
La furia.
La ternura.

(Francisco Barrionuevo)

Piedra en el centro mismo de su propio universo. Duradera y definitiva como este libro que retrata su personal manera de observar, recubierta, si es posible, de musgo, planta que parece atraer al poeta por su especial complejidad. Cuando se penetra en este dédalo que nos propone, uno se sumerge gozosamente en su fuerza motriz con ejes de simetrías bilaterales y centrales. La piel del interior es esa piedra dúctil de la revelación que envuelve y late, ama y refleja más allá de lo falso y lo perecedero. Más allá de lo figurable o lo fungible. Los poemas que hablan con palabra inaudible son sin duda también arquitectura. Giróvagos, polisémicos, pueden ser casa, templo, mesa, árbol, mar. Ellos descifran códigos secretos del interior del que los crea, de lo que fue, de lo que es. Un poema es como un edificio que depende, en su acción y formación, de algo que avanza más allá de estilos, planteamientos, ideas, oficio, diseños o estructuras diversas. Lleva en sí lo puro de sonido y sedimento, las leves simetrías del cristal, y todo lo difícil del que crea puesto que forma parte, lo sabe el arquitecto y el poeta, del texto-tejido, físico y espiritual, del ser humano que lo activa. De su compleja antropología en la materia mestiza de las diversas capas del interior que lo han conformado al desdecirse escudándose en su propia creación. Creación-construcción con lengua de humanista y poeta, de científico y sabio, aristas de silencios y comunicaciones en una soledad que es a la vez tan solidaria e incorpórea como evasiva. El poema, que se inscribe con la savia de un árbol, sirve de contrapeso a la existencia misma.

En el bello y meditado prólogo, Gabriele Morelli dice:

Recurrente es la presencia de la luz: su intensidad se convierte en el símbolo icónico de un estado edénico de felicidad, vivido en la adolescencia y juventud por el poeta, que ahora advierte el paso del tiempo y su sombra. Frecuentes son asimismo los motivos de la muerte, como última referencia, y del sueño, tan esquivo a la memoria, ya que al amanecer sólo nos quedan de él “sur­cos trazados en el agua”:

“Tiempo tendrá la noche para abrirnos
los ojos hacia dentro y encontrar
los espacios del sueño. ¿Qué nos queda
del sueño cuando pasa y amanece?
Estelas en la noche sin memoria”.

(“Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino siendo conscientes de la oscuridad”, afirma Jung en la cita que Barrionuevo pone como frontispicio. Y el místico Meister Eckhart responde: “Todo lo que buscamos va siempre con nosotros”.)

Yo añadiría las palabras de Rumi: “La cicatriz es el lugar por donde entra la luz”.

“Barrionuevo nos deja un libro extraordinario en el que no sabemos si admirar más el elegante tejido verbal, la riqueza del pensamiento, su constante reflexión o su voluntad de integrar el pasado en la actualidad, donde la memoria evoca los días perdidos de la infancia, la juventud junto con la edad otoñal del presente. Su poesía, que tiende a construir conexiones entre la realidad y su representa­ción interior, es la declaración de un acto de amor por la vida que sólo la palabra poética puede expresar”, sigue diciendo, en el estudio introductorio, Morelli.

Efectivamente, todo lo que Barrionuevo ha buscado se integra en su poética. Sobre todo en este libro, Vado permanente. Se necesita una luz muy segura y armónica para lograr la vibración de llama que aquí encontramos: “Vísteme luz / que voy desnudo”, dice, tan bellamente, empapado de asombro, en uno de sus versos.

En la mañana ágrafa Barrionuevo escribe, borra y poda. Es la locura que cura lo exiliado en creación. La libertad tan cuerda, la verdad del poema. Todo lo que ennoblece y trasciende y de paso nos trasciende a nosotros en lo humano, tan humano, mediante una mirada que, aun posándose en las cosas cotidianas, posee el alcance de la misteriosa fuga que sólo puede otorgarlo el enigma eterno de la poesía.

Leemos el poema de la mordedura de un perro a su hijo que recrea, en presente, con ese poder imantador que poseen unos versos que estremecen:

El perro

Una herida en tu rostro sobre el labio.
Un desgarro en mi alma en carne viva.
Nos mordió el mismo perro esa mañana.
Aún defiende su hueso en la memoria
y gruñe con fiereza al que se acerca.

En un elemental desdoblamiento se adentra en ambos tiempos fundiéndose con ellos; el desgarro sigue palpable en la memoria fijado sobre la oquedad que llena el sentimiento de lo inconsolable, la mordedura sigue viva y sangra en las palabras. En pocas líneas: todo.

O este otro de tinte autobiográfico como muchos de ellos.

No se pierdan los versos finales, donde el poeta, como acostumbra, nos ofrece una lección de cómo se remata un poema de forma magistral y sorprendente.

Muerte por agua

Pudo morir ahogado con tres años.
Se cayó en un estanque.
......A veces piensa
qué duro hubiera sido ir por la vida
llevando a un niño ahogado de la mano.

Uno de los mayores aciertos de este libro reside en las diversas tonalidades según cada poema lo requiera. A veces elimina la medida fugaz del tiempo, pasado y porvenir, engarzándolo todo en una zambullida del ahora, trastocando la máxima heraclitiana de que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río; este autor demuestra que sí, entrando y saliendo a su libre albedrío como un puente tendido por diversas secuencias fugitivas.

Cinco capítulos vertebran el silencio de unas páginas que hablan y concentran, como en el Aleph, esa esfera de tiempo que se bifurca por los senderos de siempre puesto que nada se borra. Sólo nosotros nos desvanecemos en los ciclos eternos de la naturaleza en libertad. Lo concreto del barro en la pisada.

Destacaría la música que contiene. El movimiento de la sintaxis. La prosodia. Lo pequeño se vuelve grande, y al revés, no hay una palabra que no labre al servicio del poema, una seguridad terminológica y esa exactitud que el que construye conoce a la perfección y sabe de ese vuelo que incide sobre el verbo renovándolo.

Lo pequeño no es menos que lo grande.

Soy más yo cuando más me transformo.

(Francisco Barrionuevo)

 

Mirar un árbol para ver el viento

La savia que recorre
el cuerpo de los árboles también
recorre el mío.
Las hojas que dan sombra en el verano
de mi misma materia se alimentan.
Si algún día me entierran bajo un árbol,
le dejo desde ahora en testamento
la parte de mi cuerpo que sus raíces
quieran darle a la savia, ese río
que naciendo en lo oscuro va a la luz.
Formo parte de un todo que transforma
la muerte en nueva vida.
Por lugares abruptos, verticales,
aprendo a caminar
hacia la cima, hacia lo alto.
Nací en la oscuridad, voy a la luz.
Soy un árbol.

(Francisco Barrionuevo)

El poeta, consciente, comprende mientras camina que el tiempo mismo es pura irrealidad, o que la aparente oscuridad siempre permanece iluminada. Contemplar el sueño del viento sobre el árbol, la espiral doble que une las raíces de los antepasados a su propia memoria. La genética ha dejado en lo nudoso de las propias arterias su tenaz resistencia incombustible, el árbol es papel y es escritura, es la inmortalidad que deja huella y asume lo enigmático del gesto. La sugestión perpetua de lo que no se sabe y se traspasa mediante la poesía, o lo inefable. Es la naturaleza porque él mismo lo es. Y sabe que ese nascere libera los espacios de la mente, los discursos llegan sosegados y no enloquecidos como en las grandes urbes. Las huellas continuadas que nos precedieron siguen narrando las historias que han nacido en lugares así, donde las marcas son palpables: las vidas, las lenguas, los cuerpos, los cruces, los pasos, las piedras, los espacios, y los tiempos.

Leibnitz sostiene que cada cual se abre a los demás en función de su mutua convergencia, y Barrionuevo tiende a desdoblarse como ya lo hiciera mediante los símbolos rescatados en aquella magna exposición del Giraldillo y su réplica en Sevilla, junto al enunciado de “La mirada del otro”, algo que deja claro como una de sus particulares obsesiones, vadear, vadearse de dentro hacia fuera y de fuera hacia dentro, contemplar las cosas y el mundo como si lo que lo rodea lo contemplara a él.

En el catálogo de aquella exposición escribía, entre otras muchas cosas, refiriéndose al símbolo que corona la Giralda:

Viene a emprender un doble viaje de ida y de llegada para lo que, inevitablemente, se ha desdoblado, proponiéndonos la extraña ecuación de su identidad única y, por primera vez, su encarnación en una dualidad no exenta de inquietantes miradas. Viene también para ser redimido del tiempo y sus estragos. Viene a darnos su mirada sobre la ciudad y a dar a nuestra mirada la ambigüedad de su cuerpo, desgarrado y renovado a la vez.

(...)

Es un tiempo para el conocimiento. Un tiempo para nuestra mirada ya inducida por “La mirada del otro”.

Puesto que:

En cada instante hay
fragmentos de la eternidad.

(Francisco Barrionuevo)

En el capítulo “Ventanas de la casa” deja que nos asomemos a una autobiografía que anuda los silencios al recuerdo del ser. Las ventanas amigas donde se cuela el aire, el deseo de volar del niño adulto y del adulto niño. Esperar la llegada de algo que lo aleje de los barrotes del colegio pétreo, darse de bruces con la realidad del duro aprendizaje cotidiano, poner bridas al ansia de las navegaciones, sentir el cuerpo vivo y la tristeza de un no se sabe qué como un acantilado donde se mira lo abisal del mundo que ruge bajo el sueño hacia el olvido, cuando es tan fácil no tener memoria.

Cuando el cristal es puro, y amarga la inocencia.

Aquí, en este libro, no resuena el pasado como un eco, si acaso comprobamos el hueco de las ausencias que dialogan con el propio autor al que prestan sus voces rescatadas, vertidas en la belleza trashumante que circunscriben la adherencia del recuerdo desde un presente trascendido en el que el poeta transforma en algo vivo que sigue sucediendo, formado de orgánica materia y fugitivo espíritu, mediante las imágenes que alientan y alimentan el poema. Leerlo afila y agudiza el sentido, los sentidos, que así mismo establecen y entablan un diálogo coloquial contemporáneo mediante una tensión poética vigorosa, muy fresca y también, aunque suene a paradoja, muy ardiente con un sutil engarce entre el presente y lo pretérito.

Desmigo con mis manos
el pan de la memoria del que comen
los pájaros del tiempo.

 

Yo era tan sólo un niño y el mar no tenía edad

El mar y el niño comparten una misma naturaleza mineral en las irisaciones del vivir. Las olas hablan literariamente. Una gran parte de su inspiración el mar la proporciona. Es la sensación de clara libertad de uno de los capítulos bellísimos y abisales de la magia del verso de un libro inagotable. Un desgarro de vida. Una luz que declama lo imposible. Espacio iluminado por la sal que preserva para que la palabra no pueda corromperse. Es ruptura y centro del libro, como algo aparte y a la vez cohesiona el libro entero, engarce y luz vivísima. Abstracción y realidad. Es adulto el que habla desde una savia de sabiduría. Es un niño el que observa con pureza lo que va hacia las olas, lo que éstas le devuelven. Acerado ese mar, y a veces de un añil tan poderoso que envidia el propio cielo, el punto de partida de su personal exploración, y de su íntima inspiración. El mar es buque y casa, rumor de vida y eco del silencio. El hombre, Nietzsche lo deja claro, es animal metafórico, urde metáforas que lo explican y de paso revelan su interior. El ángulo directo que se funde con las arquitecturas vulnerables es una red dialéctica en la fragilidad de los vaivenes, en el proceso material de la escritura. Es lo volátil de los horizontes, la polisemia que enlaza el significante con el significado, el horizonte cerca donde nunca se llega. El agua vibra, empapa esa sensualidad de lo desnudo de un dios tan frágil siempre, y tan eterno. Y el mar es siempre experiencia vital que lo renueva, eternamente. Allí es el encendido. El mar será siempre la felicidad plena. Desde niño. Su cómplice y su amigo donde puede navegar desnudo con sueños de pirata imaginando islas, sirenas, tesoros, cíclopes, Ítacas ensoñadas...

Yo era tan sólo un niño.
Y el mar no tenía edad.

Casi desde la infancia Francisco Barrionuevo ha presentido el quehacer poético como una indiscutible vocación. Precisamente porque ardía en esa seguridad casi onírica no sobrevalora en modo alguno lo logrado. Para él la palabra constituye una introspección sobre sí mismo, y de conocimiento sobre los demás, mediante una lectura concienciada en la nutrida biblioteca de su propia casa, accesible desde edad muy temprana.

El impulso de renovados intentos de expresión, de esfuerzos, de técnica, y lucha por la perfección del léxico, ha continuado. En este caso el ser se funde sin merma con el poeta, y el poeta abiertamente con lo humano. Dueño de una elegante virilidad, poseedor de esa masculina gracia que otorga el sur de señorial mesura, el estilo lo define. Posee también un sentido del humor sutil e inteligente que caracteriza a la tierra sureña, la duda, y una fina ironía que jamás hiere, caracterizan a seres como él, con clase y humanidad cuyo generoso corazón es de sobras conocido. Charlar con Barrionuevo de cualquier tema por su alcance intelectual y sus conocimientos precisos, en el deambular por el vasto mundo, es siempre un privilegio.

 

En compañía de otros

Francisco Barrionuevo se funde con el mito, con la cultura, con el arte, con la música y, como los pintores primitivos, juega con la mirada fundiendo los matices y los tiempos. Es barroco y moderno y soñador y lúcido. El mármol de las ninfas en su lenguaje es táctil, saboreado como la fruta fresca, un diálogo se entabla con lo mediterráneo, con los seres que pueblan todo lo conocido y lo desconocido. Gozosa compañía de una metamorfosis donde todo se mezcla, lo épico y lo lírico, lo coloquial y lo imaginativo, saliendo airoso y libre del empeño. La belleza y la gracia, esa sonoridad que buscan los sentidos, es música en movimiento, y en estremecimiento. Tonalidades frescas e infinitas para Aquiles y Ulises que siempre son él mismo cuando escribe, y no le importa lidiar con los deseos de esa luz que lo envuelve para seguir creando entre los muros: sean los de Troya o de su propia casa. Podemos apreciarlo también en esta parte cuarta del libro cuyo enunciado es “En compañía de otros”; aquí, distintos personajes, amigos o conocidos por el autor, se mezclan sin estorbarse con artistas del pasado o con seres mitológicos con los que entabla una correlación que se adentra en la materia y en el laberinto del espíritu. En la inteligencia emocional, en el conocimiento, en la sabiduría. Hallamos al amor fundido con el mito, revestido de una sensualidad tan carnal y jugosa como apasionada. Habla de pintores y artistas conocidos, de personajes históricos, de historias donde se funde un todo en armónico espacio donde se integran las épocas, sin estorbarse.

Abrimos ahora comillas para dejar que su palabra exprese el instante histórico en el que Francisco Barrionuevo baja hasta la calle, desde lo alto, el emblema universal que corona la Catedral de Sevilla, la diosa que esperó a Barrionuevo durante cuatrocientos cincuenta años para que la rescatase y la bajara a la calle para asombro de su Sevilla. De ese acontecimiento habla este arquitecto poeta: “Diosa llamada El Giraldillo, mujer veleta que con motivo de su estado de deterioro fue bajada por primera vez en 450 años a pie de calle, desde lo alto de la Giralda, sin saberse entonces si podría volver a su sitio en la cúspide de la Sevilla celeste y enfrentada a su propia réplica que venía a sustituirla”.

Razón por la que, siendo Francisco Barrionuevo comisario y diseñador, en noviembre de 1998, en una “instalación memorable y efímera”, la mostró “en su más completa desnudez y vulnerabilidad a los ojos cercanos de la multitud sobrecogida”. Barrionuevo completó la instalación de espejo con versos de poetas alusivos a la belleza.

El amor a veces es bronce y carne como la Minerva que corona la emblemática cima que él bajó de las alturas para que su ciudad la contemplara de cerca, de paso reforzarla, restaurarla y hacer que la duplicaran en la dorada copia que podemos admirar.

El amor es presencia segura, diosa y musa, y a su Elisa le dedica este libro. Barrionuevo es especialmente sensible a la belleza material y espiritual de la mujer, una sensualidad que deja clara en muchos de sus poemas.

Del mar en que nació

Leve molusco oscuro
que transformó
su concha en labios
para habitar la blanda
dureza de la carne.
Conserva en su interior
del mar en que nació
una pleamar ardiente
y al exterior los rasgos
de una estela en el agua,
fugaz herida abierta
al deseo de un dios
que sólo en su interior
tal condición encuentra.

 

Luces de emergencia

En el desamor, los amantes
se besan con los labios
de sus heridas.

De orilla a orilla vuelve lo que nunca se fue. El hombre vive y el poeta rescata de lo profundo de sus sentimientos las luces de emergencia para su orientación. Los que no están siguen en su memoria, los jamás olvidados están con él mediante los recuerdos, ya sean vivos o muertos. Siguen vivos en el hueco de los ecos, en la yema febril de las pasiones, en esa duermevela que entrecierra los ojos y los labios, es la magia de lo que late entre los pliegues íntimos de los silencios fértiles, y en la ética fiel de los matices, de los silencios que se guardan entre los pliegues de la vida. Vorágine que calma, sosiego que desvela, historia de intrahistorias cuyo argumento sabe el que las pulsa con el vértigo del gozo de sentir. Del dolor del instante en lo que evoca. Fusión de una igualdad que integra siempre, en constante crecimiento, al desvelarnos parte de su secreta andadura. Viene de lejos esta voz que nos acerca el poema.

La palabra no es nada hasta que en alguien
es amor o es tristeza.

La belleza de una obra de madurez sin tiempo que atraviesa la historia universal y se inserta en esa inmensa maquinaria de las intrahistorias, que ensalzan los heroicos comportamientos de los problemas vitales y morales que reflejan la oscuridad del ser humano, pero también la luz, en un todo fluyente como el río de la vida, que habla a la inteligencia y a la sensibilidad, que pulsa lo peor y lo mejor de un entramado fascinante y antiguo, tan nuevo, por donde transitamos en este continente que enamora y horroriza, y es capaz de lo más grande e infinito y de lo más vil y despreciable. Huellas y marcas de una realidad que no se revela de pronto, que son complementarias entre sí en esa suma y sigue de los siglos donde los perdedores e indefensos, los vulnerables, son siempre, o terminan siendo, meros instrumentos del gran Leviatán que nos devora, presente en toda guerra, o en el rechazo sistemático en los siglos, al que creen diferente. Un existencialismo trascendente recorre a veces su poesía que termina conjurando a un tiempo nuevo y esperanzado para dejar “entrar la luz”.

Vuelo

Una pluma en el suelo es suficiente
para saber que un pájaro ha pasado
tratando de encontrar el horizonte.
Yo he descrito sus giros en el aire
desde la incertidumbre de mi vuelo.

(Francisco Barrionuevo)

El simbolismo de la pluma que deja el pájaro en vuelo, puesto que el poeta ha descrito sus giros en el aire desde su incertidumbre y su certeza, al lograr, como la palabra poiesis simboliza: “Hacer que ocurra algo extraordinario”. Quien sostiene la verdad de este universo, el de Francisco Barrionuevo, sale desnudamente renovado.

Todos son luces de una misma luz. En lo indecible.

El Vado permanente en la poesía.

Francisco Barrionuevo y Efi Cubero
Francisco Barrionuevo y Efi Cubero durante la presentación del poemario Vado permanente en el Ateneo de Madrid, el 20 de marzo de 2025.

Francisco Barrionuevo Ferrer (Sevilla, 1943) es arquitecto y poeta. Ejerce la arquitectura desde 1970, combinando el diseño y la construcción con la docencia universitaria y la gestión pública. Entre 1971 y 1983 desarrolló actividad docente y ocupó cargos institucionales como presidente de la Delegación de Sevilla del Colegio de Arquitectos, miembro del Consejo Superior de Arquitectos de España y director de Urbanismo de Andalucía. Fue delegado de Urbanismo del Ayuntamiento de Sevilla entre 1983 y 1987, etapa en la que se elaboró el Plan General de Ordenación Urbana que definió las principales transformaciones de la ciudad previas a la Exposición Universal de 1992. Ha presentado su obra en foros académicos y profesionales en España, Europa y Estados Unidos, y ha participado como ponente en seminarios y encuentros internacionales. Su trabajo arquitectónico ha recibido reconocimientos como la Medalla de Plata de la Unión Internacional de Arquitectos y el Premio Ciudad de Sevilla, además de haber sido seleccionado en la I Bienal de Arquitectura Española.

Como escritor, ha publicado poesía en revistas especializadas y en libros individuales y colectivos. En 2012 participó en la Antología de 3 poetas sevillanos, y en 2014 publicó el poemario Celebración de la huella. Ha sido finalista del Primer Premio Internacional de Relatos Cortos Ciudad de Sevilla y tradujo y prologó los 35 sonetos metafísicos de Fernando Pessoa. En 2025 publicó Vado permanente. Su obra escrita convive con una producción ensayística y audiovisual vinculada a la arquitectura, con trabajos incluidos en guías, historias del arte y publicaciones especializadas.

 

Efi Cubero
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