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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

El libro de la tribu

lunes 28 de septiembre de 2015
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Santos López leyendo "El libro de la tribu", de su autoría
Fotografía: Librería Sónica

1

Viajo a través de la Mesa de Guanipa.

El tiempo ha corrido bajo mis pies. El polvo de esa tierra amarilla irrumpe de repente y aparece en el horizonte un personaje borroso. Lo veo agacharse, tomar un terrón y convertirlo en ceniza. Lo miro alzarse y levitar cerca de unos chaparrales. Finalmente se pierde. Se evapora.

He pasado mucho por esos lados. He respirado el aire kariña de mis dos hermanos de sangre. Y siempre he llevado la poesía conmigo. Extravié una tarde mi conciencia en los farallones de Chimire. Ahora, con El libro de la tribu (Editorial Eclepsidra, serie “Los cuadernos del destierro”; Caracas 2014), de Santos López, regreso a esa geografía plana y me instalo bajo un merey frondoso, cargado de frutos rojos y amarillos. Siento en mis venas la corriente del Uracoa y me orillo cerca del Oritupano. Dos ríos que han llevado en sus aguas huesos y mucosidades de hombres y de bestias. Oigo la música aflautada de un pájaro. Y de nuevo el personaje, moreno, caribe, de ojos rasgados, alto, con una pelusita bajo el mentón. Se me acerca y me habla con los ojos puestos en las nubes:

Mi tribu vive aporreada / Sólo conoce tripas sin brillo, / Besos, palabras, dentera / El costado es mi escrito / Hueso asado del gagueo; En su escudo jamás ha conocido / El arcoíris de los climas / ¿Por dónde revientan los otros del mundo? / La lluvia —cortadas sílabas— / En huevos gotea su tesoro…

La voz del hombre se apaga con el resuello de una brisa violenta y enceguecedora. Santos López se sienta a mi lado y le oigo una historia que muy pocos conocen:

Las palabras escritas en El libro de la tribu discurren con la misma velocidad del viento.


—Yo soy bisnieto de Leonardo Tamanaico, el gran cacique de estas tierras caribe —afirma.

En algunas páginas de la Crónica de la Mesa de Guanipa el novelista y cronista Enrique Bernardo Núñez lo nombra varias veces. Es personaje de ese fragmento de la novela La galera de Tiberio.

—No recordaba ese pasaje de mi abuelo en el relato de Enrique Bernardo Núñez. Es más, creo no haberlo fijado cuando lo leí —dice el poeta.

Entonces revuelvo entre mis libros y saco el cuadernillo publicado por el Fondo Editorial del Caribe, en Barcelona, en 1998:

Estábamos en Cachama, en un rincón de la mesa de Guanipa, residencia de Tamanaico, jefe de una tribu de antigua nación caribe (pág. 20).

Veo la cara de Santos. Sus ojos asiáticos se cierran un poco más. Entonces leo otro trozo de historia:

Tamanaico iba refiriéndonos la agonía de la tribu, resto miserable de la gran nación caribe (pág. 21).

 

2

A esta hora, cuando la mirada del poeta traspasa el cristal del restaurante donde tomamos un café, Calicanto, la hermosa urbanización de Maracay, sucumbe bajo el sol. Santos López intenta decir algo y lo hace con la continuación del poema de su libro:

Mi tribu vive rellena / Conoce sólo la pluma / Una / Dos / Tres / Cuatro / Toda una hilera de noches // Camino la selva cortada / Y tengo un animal sobre mi lomo // Pasos aparentes se deshacen en crujidos / Huecos que muerden el celaje / La tormenta es el cuero / Ecos como el zumbar de un calambre.

Las palabras escritas en El libro de la tribu discurren con la misma velocidad del viento. A solas, cuando Tamanaico ha desaparecido en la figura de Santos López, me queda el silencio de esa sabana barrida por el viento tibio que viene de un lejos indeterminado.

Entonces, mientras veo por la ventana la soledad de la madrugada de mi ciudad, detecto el sopor de los muertos, los que habitan en el cementerio vecino. Tomo El libro de la tribu y lo repaso, lo releo:

Mis besos doy a los muertos, muertos / Los que se quedaron, ellos no saben / Nada de pájaros. Aquí se plantan, / Vuelan en el sollozo, / Contra los muros. Somos el oro de otras huellas / ¿Qué sois cuando te deshaces? / Le doy de comer a mis muertos / Y me enjabono, soy uno, una mandíbula / Que llora el maleficio, / Pero me enjabono. / Las pieles al fin se limpian / Como anzuelos…

Ya no es la Mesa de Guanipa, es el adentro de una fe. Me deslizo por el texto y siento la presencia de ese personaje invisible que flota sobre los chaparrales, sobre los mereyales, sobre la brisa agachada de esa sabana abierta. Así es el poema, se mueve lento en medio de la tragedia ajena, entre quienes perdieron la vida por propia mano o por mano ajena. El texto, emparentado con el silencio, navega sobre los espíritus realengos que habitan el sitio de aquellos que han sido borrados por el tiempo, por la ciudad, por la violencia de las calles.

Entonces el poeta, el heredero de ese silencio ancestral, dice:

Por mi boca, yo también me muero: / Oigo como ustedes oyen a los moribundos / Digo lo que ustedes dicen del pan / Miro lo que ustedes son del silencio / Bebo lo que ustedes de la piedra / Y como lo que hablan // Y las tumbas que navegaban / Sobre las vértebras y laringes dijeron: // “Más vale estar dormido que tumbado” / Uno-Inmóvil-No-Se-Para, / Se multiplica… / Tu tierra se poblará de cerdos / Han de vivir los excesos / Brillan las joyas como robadas / Cada ladrón inventa su cuello / Sit Tibi Terra Levis.

 

3

El libro de la tribu sigue su discurso, su acento desencajado. Habla solo con el lector. Respira los poemas. Asimila las páginas, se hace voz bajo el cielo curvo de la sabana. Y se silencia. Un poco antes estuvo la peregrinación por otros libros: Arenas, Visiones y profecías y después aquel Soy animal que creo, en el que quien canta dice:

Andanza para llegar ahora a mi tribu, a mi palabra: / tierra a la que vienen los dioses, los animales y los muertos sedientos; / de su cena viven las plantas, las piedras y mis hermanos; / los amigos, los desconocidos y los ángeles / se quedan a su retorno en ella… // He llegado a mi tribu…

El tono que le imprimo a esta escritura sobre el libro de Santos López me lo dicta Tamanaico. Por eso hablo así, no como Juan Liscano en el prólogo y José Napoleón Oropeza en el epílogo.

Este es un libro de milagros abismales, de invocaciones, un libro que se busca en la sangre y en los huesos de su autor. Es el poema que indaga en el eco de los ausentes. Es una oración desde el yo convertido en muchos: la tribu, la gente que aparece en los espejismos del monte. En el reflejo de los cristales de las ciudades, espejismos al fin.

Desde el comienzo del libro hasta la última letra se puede sentir la presencia de quien mete la mano en el polvo y lo convierte en terrón, en voces.

Alberto Hernández
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