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Hormigas en la lengua

lunes 26 de octubre de 2015
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Hormigas en la lengua
Lena Yau
Sudaquia Editores
Nueva York, EUA
2015

En este libro hay mucha invención, poca revelación. Hay experiencias. Hay instantes. Hay voces que acaparan las páginas. Propias y ajenas. Pérdidas y encuentros. Páginas que hablan e intercambian tonos. Es una agenda donde caben muchas historias. Entonces es un libro de historias fragmentadas. De tendencias y tentaciones. Quien lo lee hace un largo recorrido por versos que se reproducen y por una prosa que se mueve y se hace detención, que se estaciona en medio de un diálogo, en la intemporalidad de dos o más sujetos que recorren un largo trecho.

“Para comenzar tuve que encontrar mi nombre”, dice la voz que luego se hace muchas voces en un coro polifónico.

Es la vida de un grupo de imágenes, porque los personajes, sus voces, son recurrentes. Son personajes que se asoman. Se miran con la emergencia de un tiempo que logra estancarse en quien viaja por todo el libro, desde el comienzo hasta el final.

Por eso,

Cada palabra descubierta / duraba lo justo / para conducirme / a otra / y otra / y otra / Buscar mi nombre.

Y en la búsqueda, una larga travesía entre curiosidades, prohibiciones, inocentes libertades y escarceos infantiles con nombre propio:

Pina Chica recolecta las puntas partidas de los creyones.

El colegio de monjas es una marca. Pero también la familia, algunos amigos de aquellos años que aún suenan en los versos y la prosa hechos puerta de acceso a la madurez.

 

2

¿Qué nos sugiere el título de este libro? ¿Qué sensación se experimenta cuando se nos llena la boca de hormigas? ¿Son palabras, sabores de palabras, de sonidos, de ecos que vienen desde adentro? La imagen, la metáfora, el recorrido de sensaciones van más allá de la percepción del texto. ¿Relatos y poemas encriptados, convertidos en mensajes públicos sin necesidad de contraseña? Una suerte de trashumancia verbal, una “Caja de poemas” de la que emergen textos/reflejo que son el “Otros” de la autora.

La comida y su preparación: una teoría en la que abundan recuerdos, olores, sabores: la gastronomía como tesis narrativa.

Errante es la voz de quien escribe. Me acerco a “La balada del viejo marinero”, de Coleridge, por la presencia de un personaje esencial que respira en el texto —o en este caso, en el relato que también es poema si se quiere. Por estas líneas se anda y se desanda. En el texto del viejo poeta sajón un personaje surca el mar. Un albatros se hace su compañero, hasta que el navegante se cansa de él y lo mata. Aunque este no es el caso de este libro, quien lo lee siente que alguien se sale de sus hojas e intenta abrirse camino solo.

Este es un libro cuya estructura simula un acto novelesco. La insistencia de la anécdota así lo confirma. La autora nos cuenta una historia (o unas historias) que se desarrolla a través de un discurso en el que narración y diálogos se tejen. Los textos se entrelazan y vertebran a través de una atmósfera no uniforme, aunque hay momentos en que bastan cuatro o cinco líneas para hacer posible el tránsito de un sujeto que luego aparecerá en otro texto con otro rostro. Es decir, este es un libro que goza de una extrema libertad. Quien lo escribió trazó en sus páginas la biografía de un entorno. Deslizó trozos de argumentos, narrativas múltiples, pero también fogonazos en alusión a dibujos que, como afirma Guillermo Sucre, representan una “fragmentación irreparable”, toda vez que nos encontramos con un texto “desensamblado” con la mirada puesta en escenas de nuestra más inquieta modernidad.

El lector se pasea sin tropiezos, pese a la extensión de un poema que parece un cuento o de un cuento que parece un poema. Total: Hormigas en la lengua concita una extrañeza. Nos lleva a preguntas: ¿Somos alguno de los personajes que por allí pasan? ¿Son reales, son ficticios? ¿Es Lena Yau quien se relata para desmantelar la realidad, una realidad? ¿Ficcionaliza para conjurar el nombre que anda buscando? ¿El que ya creemos encontró? ¿Terminamos siendo los lectores los protagonistas?

Los que leemos, los que formamos parte de ciertas claves, como curiosos de estas páginas, entreverados en los cruces y las voces que nombran platos, el pan diario, las lentejas, la empanada gallega, los dulces y las frutas, manjares que crecen con el personaje, con los que prueban las palabras, la sopa, los porotos, los helados, el aroma del trópico en ciertos jugos: la voz de una niña que se hace mujer prorrumpe, se relata donde los platos alcanzan el menú en cada recuerdo.

 

3

La autora ha inventado todo pese a que se siente que ha vivido ese “invento”, su creación. No fue visitada por un ángel que le reveló cada uno de los pasos dados en la escritura de esta obra. No hubo milagro: el texto era el milagro antes de escribirse, porque se cuenta desde la memoria, desde la boca que habla, desde la comodidad del decir diario. Trazar la historia desde tantas perspectivas, desde tantas miradas, lo convierten en un evento que como lectores nos lleva a desdoblarnos. A descansar de una voz para luego retomar el tono de otra. No se agota en ella misma. Texto camaleón: nos disimula como lectores mientras la narradora se desnuda para mostrarnos sin ambages todo el universo de unas biografías. Historias de vida traducidas en literatura, en el espejo de quien no deja de mirarse en las palabras.

Desde el lector, el que se aleja de los sentimientos del autor y sus personajes, hay un trecho que se acorta cuando aparece otra “lectura”: una Addenda et corrigenda, firmada por Jordi Blanes, un invitado sorpresivo. Unos correos electrónicos que participan como parte de la narrativa: la carnavalización de un evento, el uso de lo virtual como herramienta de una estética.

Es un viaje, definitivamente, y como todo viaje en él nos topamos con sorpresas: paisajes, sombras, luces y el mar. Un gran mar que divide la vida, que nos dice de distancias. Lena Yau finalmente agrega para fijar la ruta:

Detrás del Atlántico están las palabras.

Sentimos el rasguño del exilio, del desarraigo, de la ida sin vuelta, del animal que brota lentamente del silencio e irrumpe en la otra tierra que nuevamente habrá de mirar y respirar.

La lengua calla, las hormigas emergen y se convierten en las palabras que ya no le pertenecen.

Alberto Hernández
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