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Expediente familiar, de Miguel Szinetár

lunes 2 de noviembre de 2015

"Expediente familiar", de Miguel Szinetár

“…la esfera de la polis y la de la familia, y, finalmente,
entre actividades relacionadas con un mundo común y
las relativas a la conservación de la vida”.
Hannah Arendt (La condición humana)

1

Dos veces leí esta novela de Miguel Szinetár, y cada vez que la retomaba era la foto de la portada la que me relataba la historia que contiene. Dos damas, un par de caballeros y un niño ven de frente una cámara. La foto, de un color verdoso (se me ocurre sepia la original) me inclina a pensar que quienes allí han quedado eternizados son parte del Expediente familiar (Ediciones Actual, Universidad de los Andes, Dirección General de Cultura y Extensión, Mérida 2012) que en dos ocasiones he recorrido.

Es una novela que se vive de dos maneras: desde la genealogía, desde la tragedia de una familia judío/húngara y desde la tortuosa vida de quienes se trajeron esa sangre para engendrar otra en este país, donde también el sufrimiento, heredado, se instaló en sus existencias.

Dos veces pensé en comenzar a releerla, una vez por el comienzo, como suele hacerse, en la que se habla de la muerte del padre de quien narra, y otra por la página 36, en el momento del nacimiento de la madre del mismo narrador o sujeto actante, porque al contar en primera persona se hace personaje.

En tal sentido, me ubicaré con los textos que pienso servirían para elaborar las dos lecturas:

El primero:

Antes de que mi madre muriera, le pregunté sobre la vida y muerte de mi padre. No fue mucho lo que me dijo. Ya estaba enferma. Se había iniciado en ella un agudo proceso de desintegración mental.

El segundo:

A medianoche rompió fuentes. Toda la madrugada la pasó pujando y gimiendo. De súbito, se dio cuenta de que el hijo venía. Mientras lo sentía salir, escuchó unos cascos en el amanecer. Escuchó cuando se detuvo la bestia. Escuchó el sonido apresurado de unas espuelas contra el suelo. Cuando la puerta se abrió, no tuvo tiempo de saludar. Pegó un grito, largo, lleno de furioso dolor. La cabeza negra y ovalada apareció. Mi abuelo metió las manos entre las piernas de mi abuela, sacó a mi madre y la alzó.

Entre esos dos episodios se desarrolla parte de la historia. Una historia de conmociones, de búsquedas del origen de parte de uno de los hijos de quien ha sido extraída del vientre de aquella matrona venezolana. Origen centrado en el hombre que sería el padre de quien desarrolla la trama. Quien cuenta viaja a Europa, a Hungría, específicamente, a desentrañar la madeja familiar de quien se convirtió en un hito para este libro: un padre de origen judío que llega a Venezuela, conoce a una dama y engendran unos hijos. Pero el hombre trae toda la carga de la muerte encima. Toda su familia fue desaparecida en los hornos crematorios de los campos de concentración nazis. Allí se ubica la búsqueda del viajero. Como relator por supuesto que se involucra, toda vez que es parte de la historia. También es la historia.

Una vez establecidos los orígenes, haber conocido a algunos parientes y regresado al país, se aclara un poco el panorama: el padre, quien es detenido por pertenecer a una célula del Partido Comunista de Venezuela, quedó en la ruina. Detonante que provocó su suicidio.

La historia se vertebra entre el padre, la madre y los abuelos. Una serie de personajes secundarios emerge del recuerdo o de las visitas hechas durante el viaje al Viejo Continente.

 

2

Esta novela corta de Miguel Szinetár, dividida en 25 capítulos, algunos con epígrafes de diferentes autores, entre ellos judíos y no judíos, revela la travesía de unas vidas que se movieron en medio de la tragedia.

Expresiones dolorosas, vertidas con la lucidez de quien conoce el pasado de la familia, conmueven y asaltan el espíritu:

Mi padre quizá no supo, o no tomó conciencia, de que la destrucción de la comunidad judío-húngara, efectuada bajo el nombre encubierto de “Operación Hoss” y dirigida por Adolf Eichmann, no hubiera podido realizarse sin la ayuda y complicidad de gran parte del pueblo húngaro y de su gobierno, del “ejecutivo húngaro legítimamente constituido” (las comillas encierran una frase de Kertész).

El viaje a Hungría descubrió también que la familia más cercana al padre fue cremada entre centenares de paisanos cuyos cuerpos jamás aparecieron. Algunas tumbas fueron encontradas en abandonados cementerios donde antepasados con el apellido descansaban en medio del silencio del régimen comunista, también dedicado a hacerle la vida imposible a los pocos judíos que quedaban en los países satélites de Rusia.

 

3

Entre huir de la polis y conservar la vida, el padre atraviesa por varios períodos en los que se conjugan vivir en la polis, huir de la polis, evadirse, hasta quitarse la vida en la polis, porque la polis, “las actividades del mundo común” y la moral, la derrota y la ausencia de la familia asesinada, no le permitieron conservar la propia.

La muerte, la vida. La madre sucumbió, casi enloquece. Otra muerte sacude a quien narra. El final de este expediente traza el viaje del hijo de Mérida a Caracas: recibe una llamada en la que le dicen que la madre se está muriendo. Confirma el deceso y toma un avión hasta Maiquetía.

Así narra al ver el rostro tras el cristal del féretro:

Lamento haber llegado tarde. Ella me había pedido que cuando muriera le cerrara la tapa de la urna. O le pusiera un pañuelo sobre la cara. Para que no la vieran. Ni una ni otra cosa pude hacer. Le pedí perdón por no satisfacer su deseo.

Pasé la noche en la funeraria. Cerré la puerta del salón y me quedé sintiendo la energía que irradiaba su detenido corazón.

Cuando volví del ensimismamiento, me acosté en un sofá que coloqué al lado de la urna. Y dormí poco, pero profundo, como si también yo me hubiera muerto.

Un poco antes, la mirada del hijo en los ojos abiertos de la mujer. Tres veces trataron de cerrarlos, pero los abría de nuevo.

Hasta aquí el expediente.

Alberto Hernández
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