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Paisajes del insomnio

lunes 23 de noviembre de 2015

"Paisajes del insomnio", de Gregory Zambrano

En este poema fluye un río,
el paisaje culmina su mudanza
y todas las voces vuelven a crearse.
Gregory Zambrano

1

Tanius Karam, poeta y crítico mexicano, en el prólogo de Los mapas secretos (Ediciones Mucuglifo / Conac, Mérida, Venezuela, 2005), afirma: “Hay varios caminos que nos han sido de utilidad para aproximarnos a la obra poética de Gregory Zambrano: el primero de ellos es la imagen del viaje como un espacio de sorpresas, encantos y trastornos”. Y estas palabras iniciales se confirman en el más reciente poemario de Gregory Zambrano, Paisajes del insomnio, en el que el autor venezolano insiste en el tema del viaje, pero no sólo del viaje exterior sino en el que se vive en los sueños, en los sobresaltos de la noche, en la duermevela y el desvelo.

Esta nueva aventura de Zambrano contiene varios libros inéditos y algunos poemas de otros que ya conocemos. En la primera parte del trabajo leemos Espejos del agua, Abismo de sombra, Paisajes y Tríptico merideño. La segunda la componen Víspera de la ceniza, Dominar el silencio, Desvelo de Ulises y Memorial del silencio.

Editado por la Universidad Autónoma de Nueva León, con asiento en Monterrey, en el año 2015, es un recorrido, un viaje por el mundo en el que se ha establecido la voz de este poeta andino radicado actualmente en Japón.

Karam habla de “claves simbólicas” en algunos de los textos de Gregory Zambrano, específicamente en Desvelo de Ulises (2002), pero que se reflejan también en Víspera de la ceniza (1990), Dominar el silencio (1994) y en Ciudad sumergida (1987), “que ofrecen en todos los casos un repertorio de huellas en los infinitos recorridos internos y externos a los que el autor nos invita”.

 

2

En un homenaje a Anne Sexton, “La vida entera”, que abre el mapa de este libro de Zambrano, la voz de la poeta suicida se instala y habla desde su más lejano silencio: “Busco la calle exacta y la puerta de madera / que apareció en la playa cuando bajó la marea”.

Todo un viaje en un solo libro: la vida de un poeta que habita en el paisaje del insomnio. Todo viaje construye otros temas, otras vidas, otras muertes, otras lecturas.


El tono del poema es el mismo tono de quien llegó a escribir “Imitaciones de ahogamiento”. Es la misma mirada que canta desde la desolación, desde un lugar impreciso: “Busco la bahía / pero no reconozco el horizonte”. Un viaje místico, anclado en un espacio limitado: “Quisiera salir del baño / y encontrar aquella casa”.

Zambrano y Sexton se miran en la escritura, en ese viaje que tanto revela el trazo del poeta merideño: “La calle se extiende de una a otra orilla / como la vida entera”.

La muerte, sin decirla, sopla su aliento.

 

2

En “Los gatos”, poema dedicado a Violeta Rojo, la voz insiste en los sueños, que son imitación de viajes y del límite de la mirada: “En sus garras / el manotazo del sueño / que rasga el horizonte. // En sus ojos / la agonía del sol en los ocasos”.

Este viaje, entre Venezuela, México y Japón, ha dejado marcas profundas en un autor que no descansa: dedicado a la labor académica se aparta un rato y se mueve entre los versos de quienes han sido parte importante de su formación: “…leo los poemas de José Watanabe // Veo pasar a la gente / Cada quien lleva una historia / de guerra o de amor / tal vez un sueño”. Y no queda allí la razón del viaje. El texto, la escritura, lo sonoro se transforma en ser vivo, en un sujeto que tiene vida propia:

El poema se posa con el sol en las espaldas.

Viaja el poema como un hombre, con el hombre. Cuerpo de carne y huesos recibe la llegada o la despedida del atardecer.

¿Cuántas apuestas ha elaborado el poeta para no dejar de viajar y saberse parte de las tragedias del mundo? Decanta su sensibilidad al arbitrio de una tensión en la sintaxis:

Estamos en las dos orillas / veo los rostros de la tristeza / el espanto.

Y así, en el mismo tono, sin abandonar la travesía, desde una “Pesadilla”, exclama:

Todo está robado, traicionado y vendido.
El negro impulso de la muerte se cierne sobre nuestras cabezas.

Si el primer poema contiene la búsqueda de Anne Sexton, en “Ana Ajmátova” Gregory Zambrano ancla una poética en la que la hondura del sufrimiento adquiere forma en la expresión “Silencio de miedos abisales”.

 

3

El libro Abismo de sombra se anuda en el sueño, en el insomnio, en la noche como clave para dar cabida a otro viaje: el metafísico, el de la muerte. Escribe desde una primera persona que lo agobia. Los ojos en la sombra, la ansiedad de quien tiene en el desvelo lugar para elaborar otro insomnio: “Despierto en medio de la noche / cruel noche de cuerpo ausente / de sombra triste que ha matado a la muerte”.

En este mismo libro se despoja de la tensión de estar “despierto” y viaja hacia el pasado, hacia la niñez, hacia lo que le queda en la memoria de su pequeña patria perdida, hacia un tipo de sueño en el que el silencio se traduce en exilio, en destierro:

Vieja ciudad de la infancia / insaciable y terrible / como el insomnio / los hijos que ya no vuelven a tus calles / guardan recuerdos como puñales / en amargo luto cubre sus ojos para siempre.

Esta lectura, la lectura de toda la poesía de Gregory Zambrano, coloca al lector en medio de la penumbra: el pesimismo, el temor a las sombras, el texto mismo como sombra que se ilumina. El poema como cuerpo deshecho, enfermo, invadido por los abismos de las pesadillas:

La noche es ciega.

La garra oscura se confunde / encarnada entre los labios / le habla en el sueño.

Una constante que hila toda la poesía de este autor, que ha mantenido una coherencia que lo coloca como una de las voces más insistentes de la poesía venezolana.

Y esa insistencia, en este caso temática, aflora en “Paisajes”, donde lo onírico y la ciudad convergen para crear un espacio en el que el poema crece y habita. Así, “…deja que se filtre el sueño / en el espejo de agua”, para arribar a la polis en un canto dedicado a Silvia González, del que se desprenden rasgos de cercanía amorosa: “…no me dejes ciego en la tiniebla / devuélveme el camino”, en el poema “Eres la ciudad a quien hablo”. Ese “quien” es persona, no objeto, no es la ciudad, es un ella que adquiere tonalidad verbal en el ámbito afectivo. Ella y la ciudad, la misma luz que lucha contra las sombras, contra el insomnio, contra la pérdida de sus límites.

Y sigue en la ciudad. El poema ambula, recorre calles, se tropieza con aceras. Pero es una ciudad extraviada de quien la había habitado: “Abajo me espera la ciudad / lo sé/ aunque no pueda encontrarla”.

¿Han sido tantos los recorridos, tantos los viajes que quien habla casi ha borrado la que esperaba, la que lo esperaba, la que él espera? No obstante, un poco más allá en el camino recorrido, el poema se acomoda en el mismo paisaje, quizá en una estación distinta: “Pasa la ciudad con sus días y sus noches constelados… Nada podrá borrar esa huella de la infancia”.

El mito de la espera ha estado presente en la poesía de este hombre que continúa tejiendo, como el referente de algún personaje griego, el recuerdo mientras despeja las nubes sobre el páramo.

En esas miradas hacia atrás, hacia el tiempo ido, la misma voz dice: “Ahora las casas amontonan sus fantasmas / murmullos / sueños / manos vacías”.

¿El exilio, la vuelta a la patria, el regreso a los vivos y a los muertos? El país imposible de quien habita otros aires. Sólo el vacío, las casas muertas… las sombras, “el sueño a ras del alba”.

 

4

En Tríptico merideño el referente es más específico: la madre como fundadora de su voz, la marca de su piel, la huella del agua, la de los ríos subterráneos. El paisaje de la añosa ciudad, las horas, el sol, nombres y más nombres, lugares. El niño, el adulto que abre la boca y pronuncia los sitios claves de su enclave natal. Un nuevo viaje, el retorno en tres instantes.

Y así, el fin de este trastorno que significa moverse de mapa en mapa, que encuentra puerto en la segunda parte de los libros conocidos por los lectores.

En Víspera de ceniza (1990), uno de sus libros iniciales, la ciudad es piedra constante, la orilla de un comienzo, la infancia, la laguna. Es la locación de un gesto que da comienzo al ya nombrado viaje. Presencia y ausencia. La ciudad, su recuerdo, su imagen en la memoria.

Sobre Dominar el silencio escribimos hace algunos años, a propósito de la salida al público de este libro de Gregory Zambrano, editado por Mucuglifo:

El vuelo de la muerte convoca al silencio. Una larga pesadumbre fundada en las voces de quienes estuvieron en un sitio un día y después se sacudieron el polvo de la vida para ingresar enteros en la memoria. He allí la sombra que menciona Gregory Zambrano para escribir este libro.

En ese vaho encantatorio se sumerge este trabajo de Zambrano, en las miradas ocultas de Fernando Pessoa, Alfonsina Storni, Javier Heraud, Gelindo Casasola, Miró Vestrini. El recuerdo de Carlos Rodríguez Ferrara y su “Más allá de los espectros”, en un homenaje que esculca el suicidio y entra en carne de dolor cuando reza: “Señor que no sea mi amigo / el último que me queda”.

(…)

No es conseja del título dominar el silencio. Es más bien la resonancia de quienes eligieron tomarlo por asalto, y por eso constataron —a manera de reflejo— la hondura del experimento, porque el suicidio, esa inducción a la última mueca, es una primicia, el dominio del silencio, a la conquista definitiva de la palabra, la llegada a la eternidad: el silencio como homenaje, texto, poema, definición y ‘larga espera’ ”.

 

5

Ciudad sumergida es México, que, como dice Karam “es algo más que una evocación idílica de la otrora ‘región más transparente’ (como llama Carlos Fuentes a la cuenca del valle de Anáhuac donde se ubica hoy la ciudad de México)”. De modo que este libro es parte de ese viaje interminable del autor venezolano. Viaje que encuentra en el país azteca fuente de trabajo para elaborar una poética centrada en el pasado, en la búsqueda de los misterios, en el mismo viaje como aventura de aprendizaje.

En “Postal de Teotihuacán” (algo de Octavio Paz se siente en el clima de este texto), está esa búsqueda, ese encuentro con el Otro lejano, producto del viaje:

Piedra sobre piedra
edifico mi voz para decir
un nombre en el silencio.
El aire corta el aire. En perfecta simetría,
el brillo de obsidiana revela un ojo
que ve hacia adentro. Dos mil
años y aún están las huellas
sobre la calzada de los muertos,
en el templo de las mariposas,
en el altar de Quetzalcóatl,
en los puntos cardinales,
en los años y los meses,
en las huellas del jaguar.
Entre el sol y la luna
la cifra exacta. Ciudad del sol
geometría del polvo y de la piedra,
oración y movimiento de serpientes.
Así tiemblan nuestras manos
íngrimas, desnudas, como
espejo en la memoria.

Y sin dilación, “Arte poética”:

Los nombres no importan, / no importan el ave sino el vuelo, / sólo el vuelo.

Es decir, la metáfora asoma el viaje, el vuelo, más allá de la geografía, más allá de cualquier postal. Sólo el vuelo, el viaje, las palabras que lo dicen.

 

6

En el año 2000, Ediciones Fin de Siglo, de Ciudad de México, publicó Desvelo de Ulises. En esa oportunidad este cronista escribió:

Un largo viaje espera en el poema. El libro de quien empieza en Mérida nombra y funda las imágenes, renuentes preguntas que no necesitan respuestas porque ellas son testimonios de un paisaje multiplicado a través de la edades de lecturas, miradas, sobresaltos, imaginados vértigos, horas “como dardo en el silencio” y “los de Dios, que se ahogan / antes de darse al mar / y anticipar el morir”.

Este libro de Gregory Zambrano busca en el yo de quien en cada paisaje encuentra la voz de profetas, el perdón de las ciudades perdidas, los sueños y el amor infinito. “Están allí, mirando desde un oscuro agujero, / y juegan a decir la verdad”.

Lecturas, las referencias a los misterios de personajes que bucean en su pasado y no desdeñan la ignorancia, el hambre y la miseria, para insertarse en él mismo al tentar los espejos “donde me sonrió la muerte”, en un sueño recurrente (…).

Este viaje al lejano sol rojo nos trajo a un Gregory Zambrano perseguido por Hiroshima, Sadako, Miyajima, Yoyogui, los templos sin destino, las lágrimas grabadas en las ruinas donde una “mujer irrepetible, / cuyo cuerpo es la ciudad que se desnuda”, desvela el canto de este poeta venezolano embestido por la sed y la brisa salada de un país que siempre lo espera a la orilla del mito y sus frecuencias”, en “Memoria del silencio”.

Es decir, nuevos y ya conocidos poemas hacen esta publicación de Gregory Zambrano editada en México, donde están sus porfías literarias, sus recurrencias temáticas, sus insistencias, sus viajes. Allí están Mérida, la venezolana; México y sus ciudades y dioses, y el misterioso y lejano Japón.

Todo un viaje en un solo libro: la vida de un poeta que habita en el paisaje del insomnio. Todo viaje construye otros temas, otras vidas, otras muertes, otras lecturas.

Alberto Hernández
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