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Crónicas transitorias de la vida cotidiana

lunes 25 de enero de 2016

Carlos Antonio Silva1

Estas son las crónicas de un exilio feliz. Son las notas que Carlos Antonio Silva, el periodista, el melómano y el amigo de esquinas, tragos y discusiones, dejó en manos de todos sus lectores. Palabras muchas hechas libro con el nombre de Crónicas transitorias de la vida cotidiana (Sobre el amor, el terruño, la música y otras menudencias), y que a varios meses de su despedida ganara la I Bienal Antonio Crespo Meléndez en el año 2012, editado por la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello.

Es un libro alegre, es un libro con música. Con cierto “tumbao”, muy bien escrito. Es un libro de crónicas que para este lector serán permanentes. Su transitoriedad radica en el hecho de que las terminamos y luego regresamos a ellas nuevamente.

Dividido en ocho partes, esta lectura confirma la territorialidad afectiva de su autor. Carlos Antonio Silva (CAS) era nativo del estado Miranda, pero hizo de Maracay su otra patria chica. Aquí ejerció su profesión de periodista. Aquí se dio a conocer en los centros culturales de la ciudad. Aquí hizo familia. Aquí hizo amigos y otros que no lo fueron tanto pero que reconocen su labor, tanto como redactor de medios impresos como hombre cercano al mundo teórico de la música, de los libros y de los encuentros para elevar su humanidad.

En efecto, son ocho lecturas que contienen el clima, los días y las noches de esta ciudad. La que nos ha cobijado a todos. Así, “Querencias del terruño”, “Anclado a una querencia”, “Epístolas, chat y otras pasiones”, “Protagonista: la música”, “Olvidados, ignorados y marginados”, “El sabor de la tertulia y otras tentaciones”, “Crónicas transitorias” y “¿Quién será mi nueva amiga secreta?”.

 

Carlos Antonio Silva era —más que muchas cosas— un hombre atraído por la música.

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Las ciudades de CAS, Caracas o Maracay, se mueven en diferentes direcciones. Todas ellas caben en estas páginas. Desde una esquina hasta un personaje. Desde un cafetín hasta una sala de cine. Desde el Alfabeto de Montejo hasta unas cervezas con su amigo y coterráneo Manuel Cabesa. Todo aparece y desaparece en este libro de crónicas que hicieron de Carlos Antonio Silva un mester de juglaría de la ciudad en la que lo conocí, Maracay.

Quien aborde estas hojas tendrá la oportunidad de reconciliarse con alguno de los lugares que Silva nos describe. Unos olvidados, otros siempre nombrados, los sitios que menciona el cronista adquieren una relevancia producto de la fuerza de las palabras del escritor. Un ejemplo nos lleva de la mano:

En “Un blues para Félix Facchin”, un conocido y apreciado fotógrafo maracayero desaparecido en las playas de Aragua, escribió:

Frente al impacto que deja la muerte con su sombría vocación de olvido, los recuerdos surgen sin orden ni concierto, dispuestos a ensamblar la anécdota que se parezca más a ti, aquella que sea más justa a tu nobleza. La noticia me llegó por vía telefónica. Nunca un acorde sonó más desafinado, más desfalleciente que ese sonido que me comunicó la infausta noticia de tu deceso. Cuando pronuncio esta palabra lo digo con mucho pesar porque ninguno de estos vocablos cuadra con tu sed de vida, con tu talento artístico que tanto admiramos quienes a partir de tus creaciones comenzamos a ver en la fotografía una herramienta para reinventar la vida, para reorientar el arte a partir de una nueva sensibilidad.

En ese texto, que es mucho más extenso, se vuelca el afecto de quien convirtió a Maracay en un espacio para recrear la existencia. Las crónicas de CAS, las dedicadas a los amigos, siempre llevan esa marca. Y sin dejar trazos que lo despeguen de la ciudad, CAS fue un hombre asistido por el silencio de la sala oscura, para acercar la imagen de Juan Nuño. Una experiencia para ver sus inicios como cinéfilo está en la crónica “Memorias de un cinéfilo IV / Cachorro de pantalla grande”:

Mis precarios inicios como aficionado a la pantalla grande se ubican en Barlovento. Fue a mediados de los años 50, cuando entre las brumas del mito y las candilejas de parpadeante modernidad, vi mis primeras películas. A estos primeros filmes les precedió la práctica de jugar con las luces de los carros que se proyectaban en la pared de mi casa ubicada en plena carretera nacional vía Higuerote; a modo de improvisar una especie de teatro de las sombras, mi primo Víctor y yo nos dedicábamos a configurar con las manos toda clase de imágenes, que en nuestra temprana imaginación, se nos antojaban vivas y acordes a los deseos de fantasear las historias que aún no habíamos visto en el cine. Esa incipiente sed de cine fue aplacada por las primeras películas mexicanas que llegaron al caserío Las Morochas, bastaron apenas cinco minutos de proyección de película para que olvidáramos esas sombras a la China que quedaron ancladas en esos sueños artesanales cercanos al mito de nuestra primera fantasía…

 

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Pero Carlos Antonio Silva era —más que muchas cosas— un hombre atraído por la música, no sólo por la música popular sino por la tan ahora defendida música clásica en bares, puestos de lotería y vericuetos de ciudades y pueblos de Venezuela. Una reflexión acerca de esa realidad la leemos en “¿Le gusta a usted la música clásica?”:

Muchas personas en el mundo entero que han palpado de cerca los prodigios de la Orquesta Simón Bolívar bajo la batuta de Gustavo Dudamel estarán jurando que Venezuela, a juzgar por el alto nivel de sus músicos, es un país amante de la llamada música clásica o académica. Lamentablemente, la realidad es otra. Quienes hoy se solazan aplaudiendo y vociferando orgullo y falsa sapiencia no soportan los treinta y tres minutos del primer movimiento de la “Sinfonía Nº 3 en re menor” de Mahler, por citar tan solo un ejemplo…

Y así recorremos con gusto estas hojas que nos dejara como herencia este hombre que hizo de la ciudad parte de sus huesos. Legado que ha quedado en la marca de sus inflexiones. En su conversación, pero sobre todo en el ejercicio de su profesión y en la docencia de sus crónicas.

Alberto Hernández
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