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Agua por todas partes

martes 1 de marzo de 2016

“Agua por todas partes”, de Julio MirandaInteresa aquí señalar la doble tragedia que implica la existencia
misma de las preguntas; por un lado, la de los escritores cubanos
que mueren lejos de su tierra sin haber siquiera publicado en ella;
por otro, la de los lectores y críticos de la isla a quienes les son
escamoteados sus autores.
Jesús Díaz

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Estas son páginas de muchos exilios. Hojas de muchas huidas hacia adentro y hacia afuera. Es un libro de muchas islas y de muchos mares. De sueños y pesadillas. Es un libro de cuentos, que es también una novela, que Julio Miranda tituló Agua por todas partes (Literatura Mondadori, Caracas, 2006). Es un libro de textos desgajados, sueltos, húmedos de sal marina, de balsas al garete, a la deriva, llenas de gritos, de búsquedas de costas imposibles, de playas clausuradas.

Me agarro del salvavidas del texto que le da nombre al libro, como una insistencia proveniente de otras lecturas en las que siempre aparece el título que le da nombre al libro, porque creo que por ahí comienza la angustia, el ahogo, la asfixia de quien intenta huir de un país que es una isla. En efecto, ese cuento es una huida, pero más allá de esa terrible decisión, con tiburones, matones y sicarios de la política detrás del miedo, está el concepto de los que escapan. No son metáforas, pero sí revelaciones verbales, susurros, versos sueltos, animadas canciones que quieren alcanzar la libertad. Es un cuento de una balsa llena de bestias letradas. Así lo relata Miranda: “Balsa llena de vacas. Son vacas, no metáforas: la prueba es que mugen mirando el horizonte. Las vacas más cultas del mundo, como dijo el Máximo Vaquero, pero con la lengua afuera”. Así, un día, Fidel Castro afirmó que en Cuba estaban las prostitutas más cultas del mundo porque habían asistido a la universidad. Y así, mucho pueblo que aprendió a leer y a escribir libros, pero tuvo que huir porque eso no le sirvió de nada frente al despotismo, frente a la falta de oxígeno democrático. Entonces se arriesgaron, se convirtieron en vacas, en vacas ilustradas. Esa es la historia de esta isla hecha libro, de ese terrón rodeado de “agua por todas partes”.

 

Es un libro donde la estupidez de una voz sigue vigente. Lleve el libro a casa como si se tratara de una herida.

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¿Quién es este escritor que se atreve a escribir sobre estas cosas? Otra “vaca”. Una vaca que logró salir hace muchísimos años y se instaló en Mérida, Venezuela, donde vivió y murió, a escribir libros, a hablar de su patria, de sus sabores y sinsabores, de su lengua y sus silencios. De sus angustias y felicidades. Es el creador de tantos títulos y modelos a imitar, como aquel que dieron en llamar la “paranovela”, como nos lo recuerda Oscar Rodríguez Ortiz en el prólogo de este libro lleno de espinas y vidrios rotos. Sobre estas páginas húmedas de Miranda, Ortiz afirma: “En Agua por todas partes se trata de unos prisioneros políticos (…). En Agua por todas partes es una cárcel y bastan las palabras. Pero algo rodeado de agua por todas partes, como definen los diccionarios una isla, es también un sitio encerrado. Unidad de espacio y unidad temática fundida en la unidad del mismo chisporroteante y poético estilo. ‘Agua por todas partes’ es también un verso del poema ‘La isla en peso’ de Virgilio Piñera”. Esta síntesis recoge también los aires de búsqueda de quienes son prisioneros. Entonces, una balsa es un símbolo, una suerte de agarradero, de salida angustiosa, eterna sobre las olas, sobre un mar que sigue rodeando por todas partes un pedazo de tierra en medio del Caribe.

En este libro de Miranda se pueden leer textos cortos, deliciosos textos breves que llegan a doler, que son tan ácidos que pelan la lengua y la deshacen en la pronunciación del mismo relato. Es como querer acallar a quien lee para convertirlo en protagonista de las historias que cuenta el autor. Julio Miranda es quien nos hace un cuento, un relato, una crónica, una joda o una maldición. Nos atrapa en su isla narrativa. Nos hace, nos obliga a ser cubanos. Nos empuja hacia la costa, hacia un acantilado donde hay muchísimas balsas. Nos arrima al escape. Nos hace exiliados.

 

Agua por todas partes se lee con las vísceras. No es un libro para racionalizar.

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Pero además de un libro de cuentos este libro es una novela, una “paranovela”, porque va más allá de ella, de la novela, la reinventa, la recrea, la hace y la deshace. Son capítulos autónomos que no dejan de tener relación con la idea central: el exilio, la nostalgia, el dolor, la crítica a una realidad de medio siglo que sigue montada sobre la joroba de una cultura. De allí, entonces, desde aquel barroquismo tan isleño, Julio Miranda nos presenta esta “cosa”, esta estructura, esta mofa que le sale muy bien y que se hace lectura inteligente, desmenuzada, granulada. Son cuentos que se empatan en una y se hacen “paranovela”.

Entre ellos, los cuentos capítulos, leemos: “Fíjate que esa idea me gusta mucho: el comunismo sólo se puede vivir en una celda…”, dice un personaje que se desliza sobre la hoja en blanco, en el sorbo/relato “Reptando sobre la página”, porque supongo un trago en medio de la mesa, un mojito, para no perder la costumbre. De allí se desprende una discusión que arriba a esta otra afirmación: “No lo había pensado, la verdad, pero quizás es la verdadera ironía de esta historia…”. ¿Cuál resultó ser esa ironía? De si uno de ellos era revolucionario en Cuba o se hizo una vez fuera de ella.

 

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Agua por todas partes se lee con las vísceras. No es un libro para racionalizar. Es un libro para sentir las tripas, el corazón y la vejiga. Quiero dejarlo hasta aquí para que el lector corra a buscarlo. Pero, eso sí, vaya preparado para entrarle con ganas. Este es un libro de desgarramientos, de mucha soledad. Es el libro de un hombre que estuvo aislado y acompañado en un país donde su país de origen navegaba en un barco fantasma, lleno de gritos, de comisarios políticos, culturales. Es un libro donde la estupidez de una voz sigue vigente. Lleve el libro a casa como si se tratara de una herida.

Alberto Hernández
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