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Poemas, de Maura Harvey

lunes 14 de marzo de 2016

Maura Harvey1

En abril de 1997 el aire frío del Pacífico se revelaba en la casa de la poeta Maura Harvey. Mientras las olas deslizaban gaviotas y albatros, unos tragos amansaban el clima punzante que bajaba del norte.

Habíamos sido invitados por la Universidad de San Diego, California, a participar en un encuentro literario cuyo tema estaba relacionado con la cultura de frontera. Entonces conocimos a una mujer, quien había sido alumna de Jorge Luis Borges, hablaba un español delicioso y atraía por su simpatía y belleza. Después de las ponencias, nos invitó a su casa, situada en La Jolla Shores, en Del Mar, precisamente frente al océano Pacífico.

Si no me equivoco ella había sido alcaldesa de esa comunidad.

Éramos cuatro los invitados por el Departamento de Lengua Castellana y Portuguesa de la mencionada alma mater de esa bella ciudad californiana: los poetas Alberto José Pérez, Miriam Kasen, Marianyela González Clark y quien esto escribe.

Maura Harvey es una poeta cuya felicidad verbal se traduce en la manera de abordar el mundo.

Acomodamos nuestros ánimos a los vocablos del termómetro y al trato amable del resto de los participantes, entre margaritas y Coronas, entremeses y diálogos que luego quedaron suspendidos por la pérdida de contacto con quienes se expresaban entre tantos acentos e idiomas. Pero fue la poeta Maura Harvey quien se hizo parte de nuestro grupo y nos llevó a conocer su acogedora casa frente al océano y a su marido, un gigantesco moreno canadiense.

De esa visita familiar, el cruce de libros. Los regalos y la despedida.

Ese mismo año 97, el Fondo Editorial de Barinas, dependiente de la Dirección de Cultura de la alcaldía de esa capital llanera, publicó Poemas, de la escritora californiana.

La mano del poeta apureño Alberto José Pérez estaba metida en esa conspiración literaria.

 

2

Había extraviado el libro entre tantos títulos que mudan de lugar cuando a los duendes de la casa les da por revisar entrepaños, abrir y cerrar gavetas, meter los ojos en cajas, soplarles el polvo de las portadas y hasta bendecirlos por haberlos conservado.

De nuevo el rostro de Maura. Luminoso, rubia su cuidada melena, con una sonrisa pacífica y atlántica. Y en la contratapa, una brevísima nota de Alberto José:

Maura Harvey es protagonista de la mejor tradición poética de una región que es emblemática a la hora de identificar a los Estados Unidos de América en las letras del continente: California. Estudió en Harvard con Jorge Luis Borges y es dueña de un particular estilo que hace de su poesía un lugar donde cabe el mundo de sus voces ancestrales y la lenta llegada del Pacífico al 12839 de la Vía Grimaldi, su casa, en Del Mar, CA.

Destaca el presentador, nacido en El Samán de Apure, que “la versión en español corresponde a la autora”.

Bien, el libro está aquí, con sus poemas. Lo abro y comienzo de nuevo la aventura de recorrer los textos que dormían en uno de los estantes de mi biblioteca. Hoy despiertan, se hacen sonido silencioso mientras los despojo de tanto alejamiento.

 

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Diez poemas que son veinte, porque la autora se tradujo e incluyó su versión en su idioma materno. Diez poemas en español que se leen en inglés con el tono del gran océano: “El jardín”, “La vecina”, “En la cama”, “Para mis bisabuelos irlandeses”, “La poza de Osuna”, “Esperanza Luna”, “La rosa herida”, “El camino real de las mariposas”, “La patria del Pacífico” y “Poetas del Sur”.

Alguno —u otros que no recuerdo si están en el libro— fue leído con las olas de fondo. Con el frío acogedor mientras la mesa se llenaba de sabores. Maura leía y miraba hacia el mar.

Son poemas de intimidad familiar. Y digo familiar para extender el tema hasta quienes la rodean en la antigua historia regional y local, en la vecindad, en el mismo mar y, nosotros, los visitantes. Poemas despojados de adjetivaciones inútiles. Maura Harvey es una poeta cuya felicidad verbal se traduce en la manera de abordar el mundo. Se traslada de una imagen a otra como si se tratara de un horticultor que siembra y a la vez está pendiente de los rigores de la naturaleza. Es una poesía que le añade al lector la lealtad de un paisaje inagotable: la costa del Pacífico se muestra solitaria, a veces, otras los paseantes arropados, llevan perros y pelotas. Otras, el turbión arrasador derriba techos y se arrebola en la arena para sucumbir en una ola descomunal que luego se queda en la orilla.

Los Poemas de Maura Harvey tienen esa particularidad: denotan que son de allí con un sonido donde se siente la tranquilidad de su respiración. El lento trajín de la casa. El recuerdo de los familiares ya desaparecidos. Es una poesía del lugar y de los lugares. Una poesía de la remembranza. Una poesía del pequeño detalle, pero también de la envoltura del mundo.

 

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Textos escritos entre los años 94, 96 y 97 que recorren distintos ánimos. Pero con el mismo tono del reencuentro con las imágenes que no disipa el tiempo.

Ustedes de Irlanda,
tierra verde de lagos, ríos y valles,
de mujeres de pecho blanco como perlas de nieve.
Ustedes que viven en senderos encantados donde
te roban el alma y te la rompen en la mano
como hoja seca.

Es un largo texto donde habita el espíritu de sus antepasados, los recuerdos de quienes se quedaron y luego los de quienes fundaron pueblos y ciudades. “Ustedes me abren la puerta / de su casa blanca, para pasar la noche”.

Pero también está la historia española de esa tierra en Teodosio Osuna, quien desde “La Paz, Baja California, / rezando tus santos andaluces, cruzas un desierto de cholla, / de nopal, de zumaque, de artemisa y de salvia, / el maguey, tu candelabro, te indica el camino a la fuente de la vida, / a la poza / donde por fin descansas y te santiguas con agua bendita”.

Especie de fantasma que recorre el poema, Osuna habita en los caminos, a la sombra esmirriada de cualquier arbusto. Es una leyenda que habla de 1785. Historia que refiere el primer alcalde de San Diego en la Alta California en 1834, quien hoy la invita a bailar un fandango para celebrar alguna fiesta.

Poemas que parecen encontrarse, viajar en horas desleídas, eficaces a la hora de nombrar gente y calles, ciudades y regiones, para, finalmente, cruzarse con historias recientes, situada en el momento de su escritura.

Uno de los asombros verbales de este libro está en estas líneas:

Las olas del Pacífico se acarician / a la orilla de la costa / comprendiéndose, tocándose, pegándose / Canadá, Las Californias, Chile / países y fronteras, / ciudades y playas (“La patria del Pacífico”).

Es un dibujo de lo que la poeta a diario ve desde el patio solar y marino de su residencia, muchas veces cubierto de neblina y de brisa salina, mientras las aves del mar rompen el aire y se clavan en el agua como agujas.

 

5

El último texto del libro nos alude. Nos tiene presentes en su casa. Nos despide de ese viaje de 1997, desde la puerta de su lar en La Jolla Shores.

He aquí el texto en ambos idiomas:

Poetas del Sur

Se van los poetas
se llevan las maletas y la noche
oigo el acento
de cada sílaba que cae, pluma de pavo real
en la alfombra compartida

Vuelven a Chile, a Venezuela, a México
pero recibo la lección
huelo el vino
los siento pisar el umbral de mi casa
terciopelo
del húmedo sur.

(5 de abril de 1997)

 

Poets From The South

The poets leave / take their suitcase and the night / I hear the accent / of each falling syllable, peacock feather / on the shared carpet // They return to Chile, Venezuela, Mexico / but I receive the lesson / I smell the wine / I sense their step on the doorstep of my house / velvet / from the humid South.

Alberto Hernández
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