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Ángel de instancias

lunes 18 de abril de 2016
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Antonio González Lira
Antonio González Lira.

1

Apadrinado por la brevedad en el decir, Antonio González Lira inventa Ángel de instancias (La Liebre Libre) para tratar asuntos que le atañen desde que supo que la noche, los días, los enconos, el vértigo y el valle del pueblo donde habita podrían ser límites para la revelación. Un ángel demasiado humano ocupa el sitio de la página 41, poema casi el último que remata el gusto de haber pasado por otros terrenos verbales de su libro recién amanecido en nuestras manos.

¿Nos quedamos con las voces de Antonio González Lira y aceptamos que él promueve el rostro del ángel y lo borra?

Humano porque se hace del entusiasmo y “burla los refugios”. En el poema habita entonces el discurso de un ángel que es capaz de mirar desde su altura el mundo terrenal. Mira, “otea”, “declara”: pacientemente toma en cuenta un prodigio no descrito. El poema sustancia el libro, desde el tiempo en que nos hacemos del futuro, porque una vez leído todo nos topamos con el ángel que tematiza el título. Sabemos que los ángeles son efímeros.

 

2

¿Quién es el ángel en cuya instancia crea la imagen y la disemina en el resto de un imaginario disperso? ¿Nos quedamos con las voces de Antonio González Lira y aceptamos que él promueve el rostro del ángel y lo borra?

Una extraña belleza habita el vuelo de quien plasma lo invisible. Digamos de una alianza entre quien abre el libro y quien lo cierra. Digamos de quien piensa un sonido y lo convierte en aflicción. Así comienza el mundo de este libro. Luego pierde el instante de indagar por el que dice y pisa el lugar, tan humano que se humaniza. Porque en realidad el ángel no existe, es una justificación para hacerse visible en las palabras: “No pregunto / tu nombre / ni de qué casa / provienes // Sólo me conmueven / tus maneras / cómo quiebras las sospechas / y aparejas / las rodillas // cómo olvidas / que el alivio / te contiene”.

¿Para qué un ángel si una voz remota ya nos habita en el poema?

 

3

El hablante es temeroso, humano. Arguye hábitos que la noche se encarga de estropear y afirma estar poseído por una lengua que lo habla y cura sus heridas.

La preocupación del autor consiste en deslastrarse de la sensualidad. El texto es leído desde el espacio que desocupa el motivo poético. “Alguien” está en la lectura y no es precisamente a quien nombra o describe. Lo que dice es la condición de establecer contacto con el misterio: “Por eso, no me hago de la noche para romper / el sumo secreto que nos vincula: salgo donde pueda retener la vida”.

Distancias, árida comarca que advierte de la localidad de su urdimbre. Aun así enmascara sus falencias. Oculta el que habita en el interior de su indagar. De tanto ocultar, aparece Dios: “seco y liviano”, sin embargo es sólo nombre. Dios es también duda, y el terror, el vacío, hasta el dolor.

El vuelo del ángel espera por la angustia del lector en atraparlo: “El último escollo / es aguardar / el toque en el silencio // acallar / los demás ruidos / de la tierra / en este tránsito // en este paso / de lengua / impune”.

Ángel de instancia —fuerza de primera vez en poesía— nombra la vigilia, la plegaria y los tormentos de una presencia ubicua, invisible.

Alberto Hernández

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