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Isaac Chocrón y nosotros

lunes 9 de mayo de 2016
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Isaac Chocrón
Isaac no parecía un profesor con experiencia en importantes universidades del mundo. No; parecía un rabino bromista, un venezolano pleno de alegría al hablar del teatro venezolano y latinoamericano.

Fue el 15 de enero de 1981. Me lo recordó Isaac Chocrón en el prefacio de Nueva crítica de teatro venezolano, que publicara Fundarte para recoger los trabajos producto de aquel famoso seminario de la Maestría de Literatura Hispanoamericana de la Universidad Simón Bolívar.

Ese día comenzó el seminario. Ese día comenzamos a conocer al profesor Isaac Chocrón Serfaty. “Simplemente Isaac”, como a él le gustaba que le dijeran: “Como en la Torá, como en la Biblia”, le oí decir a la puerta del aula entre chanzas.

Desde esa experiencia, Isaac Chocrón siguió siendo nuestro maestro, nuestro amigo. Se nos extraviaba en cada viaje.

Ese día supimos que jamás olvidaríamos esa experiencia, que seríamos unos privilegiados. Isaac no parecía un profesor con experiencia en importantes universidades del mundo. No; parecía un rabino bromista, un venezolano pleno de alegría al hablar del teatro venezolano y latinoamericano. O del universal. Su genialidad se quedó marcada en nuestro espíritu.

Ese día, repito, comenzó el seminario que se prolongó hasta el 2 de abril del mismo año. Con Isaac leímos, discutimos, visitamos el Nuevo Grupo, compartimos con José Ignacio Cabrujas, con Román Chalbaud. Vimos una reposición de La revolución. Estudiamos y luego publicó nuestros intentos en el mencionado libro de Fundarte. Allí estuvimos Francisco Flores Gallardo, quien trabajó Los canarios, de César Rengifo; Juan H. Querales el ciclo petrolero del mismo autor; María Esther Sanjurjo de Casanova, quien se paseó por María Lionza, de Ida Gramcko; Francisco Rojas Pozo se ató a las tablas de Cabrujas con Acto cultural y El día que me quieras; Margarita Troyano viajó con José Ignacio a través de Fiésole y Profundo; Luisa Valeriano escogió La quema de Judas y Los ángeles terribles, de Chalbaud; Julio César Sánchez trabajó también Los ángeles terribles; Morella Contramaestre se fijó en Chocrón a través de La máxima felicidad, La revolución y OK; Miriam Marinoni de Foti viajó con Mesopotamia, también de Isaac; León David Montoya escogió Nuestro padre Drácula, de Santana, y Alberto Hernández seleccionó Resistencia, de Edilio Peña.

Chocrón escribió en la introducción del libro: “El seminario eliminó mi típica creencia caraqueña de que en el interior hay poca inquietud artística o mucha modorra intelectual (…). Los resultados fueron espléndidos. Aportaron el rigor intelectual y organizativo de la crítica literaria al análisis de nuestro teatro. Se empeñaron en el estudio de textos, tan infrecuente en nuestro medio”.

Desde esa experiencia, Isaac Chocrón siguió siendo nuestro maestro, nuestro amigo. Se nos extraviaba en cada viaje. Regresaba y varias veces estuvo en Maracay donde conversamos y hasta llegó a borrar mi rostro y reconocerlo luego de que Francisco Rojas Pozo lo trajo a la realidad: “Ah, claro, si te dedicaste más que todo a la poesía”. Y sonrió con la facilidad que tenía para hacerlo. Con esas palabras nos despedimos.

Al final de la calle Soublette sur, en la que era la Maracay de los catalanes, se siente la mirada de quien una tarde pasó por ahí y dijo: “Aquí nací yo”.

Por esos mundos anda alborotando nubes, entre “revolución” y “revolución”, al lado de José Ignacio Cabrujas, su pana.

Alberto Hernández
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