“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Al sur del equanil

lunes 13 de junio de 2016
Renato Rodríguez
En medio del trópico me miré en los ojos del Renato que un día presentí y vi en el sur de Aragua.

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He regresado a Al sur del Equanil. A la humilde edición de la Colección El Dorado de aquella Monte Ávila Editores de 1972, producto de la Tipografía Vargas, nada elegante, descuadrada y hasta fea, pese a la ilustración de la portada del recordado Mariano Díaz.

Leí este Renato de hoy con mucha expectativa. Y sentí que regresaba a casa.

Y digo vuelvo porque leía —sin entenderla— esa novela extraña de Renato Rodríguez a los días de ser lanzada al pobre mercado editorial venezolano de aquellos años. Vivía yo en España en una pasantía en mis ansiosos días de estudiante de medicina entre Salamanca y la Complutense, que de tales estudios sólo resultaron unas ganas de adentrarme en la poesía y en la narrativa sin dejar de pensar en cadáveres, autopsias, suturas, diagnósticos, terminología médica, anatomía uno, fisiología, entre otras preocupaciones que hoy son recuerdos y siguen siendo angustias mojadas por la nostalgia. Entonces me topé con el pequeño formato de aquella romántica aventura de Monte Ávila en la que bebimos muchos de los que hemos pasado los sesenta.

Volví a Renato como se regresa a una película. Ya Renato se murió, hace algunos años en Sabaneta de Aragua. Y nos dejó esa novela un poco escrita a los brincos, mal corregida y hasta olvidada por quienes se dicen defensores de la literatura nacional.

Pues bien, de nuevo Renato Rodríguez conmigo en el año 2004, en reedición de la Monte Ávila de estos años, que ya no tiene nada de romántica, pero sí de muchas ligerezas y hasta de dudosos autores. Con portada de Carlos Contramaestre se vuelve a respirar el Techo de la Ballena y hay cierta revelación. Aceptable, sin solapa, sin el gusto de otros días, pero legible, con los mismos sobresaltos de la sintaxis de Renato y las omisiones originales.

Leí este Renato de hoy con mucha expectativa. Y sentí que regresaba a casa. Sentí que el frío europeo se colaba entre las páginas y mostraba lo mejor de su misterio nocturno. En medio del trópico me miré en los ojos del Renato que un día presentí y vi en el sur de Aragua.

 

“Al sur del equanil”, de Renato Rodríguez2

Escribo esta nota acompañado de Orlando Araujo. Me lo traigo a esta página en un diálogo desde el silencio, aunque Orlando y quien esto rasguña siempre hablaron en buen tono, él furiosamente y yo con una sonrisa en los labios. Pero a veces intercambiábamos: él muerto de la risa y yo con cara de perro.

Para aquella edición Orlando escribió un prólogo luminoso que transcribo para que los lectores de hoy lo vean, lo repasen, lo consideren o no lo consideren. Aquí se los dejo:

En la feria de vanidades literarias que caracteriza a mi país, Renato Rodríguez es un caso insólito: escritor envidiablemente dotado con las galas de una imaginación inagotable, dueño de un estilo narrativo en que el humor y una vaga tristeza de existir van ganando la solidaridad del lector, hasta el punto de ir leyéndolo como si fuéramos nosotros mismos el viajero y el autor. Y, sin embargo, Renato parece ir renunciando en cada página a posteriores afanes y compromisos de escritura. Uno advierte la inevitable necesidad que este solitario tiene de expresar su soledad y simultáneamente advierte la desesperanza, la melancolía y la conciencia de inutilidad con que agoniza en sus letras.

Pero las desgastadas aristas de palabras como escepticismo, pesimismo, náusea o absurdo no sirven ni cuadran a esta cierta y gozosa manera de querer y no querer, de encontrar lo que no se anda buscando y de llorar y amar a solas en el rincón disimulado de palabras al parecer triviales.

Al sur del Equanil es novela de lenta gestación y de escritura trashumante. El autor comienza a escribirla en Chile (1949), sin mucha seguridad de que escribe una novela; y va a continuar escribiéndola en las estaciones de su viaje a Lima, Caracas, Francia y Alemania, hasta concluirla en 1961. Sólo se publicará en 1963. Conocemos la edición mexicana y la dábamos por primera edición hasta que el propio autor corrigió nuestro error en una carta estupenda que alguna vez publicaremos:

“La primera edición de Al sur del Equanil no se hizo en Méjico sino en Caracas y fue distribuida por la desaparecida librería Ulises de Sabana Grande, cuyo propietario Félix Alvarado creyó en mí. La librería desapareció cuando el dueño y el dependiente Ricardo fueron apresados por la Digepol, así como el encargado, el marinero hondureño Enamorado Fuentes. La edición fue hecha a expensas de mi amigo Mauricio Odremán, a quien conozco desde 1945 y quien siempre confió en mí y me alentó. A pesar de encontrarse en aquella época sin trabajo y enfermo, con una cruel dolencia, Mauricio desembolsó el dinero haciéndome ver que estaba en condiciones de hacerlo cuando en realidad se hallaba en extrema pobreza”.

Al sur del Equanil es, también, una curiosidad bibliográfica: agotadas sus dos modestas ediciones, hoy es difícil conseguirla hasta prestada y pasa por ser prácticamente desconocida por los lectores más jóvenes. Y este libro, sin embargo, adelanta en un quinquenio la renovación que, a partir de 1968, impulsaron en sus novelas de frescura coloquial y desarraigo ambulante, Francisco Massiani, Laura Antillano, Carlos Noguera. Al sur del Equanil enlaza esta renovación con la nobleza confidencial de las escrituras de Teresa de la Parra, y con las frustradas potencias de Andrés Mariño Palacio.

Corresponde a la exigente agudeza de Juan Rulfo la intuición de los valores de la novela de Renato cuando, por el afortunado azar que se llama Teresa Selma (actriz, mujer y ángel), el libro llegó a sus manos y él se refirió informalmente a lo que consideraba un verdadero hallazgo y una muestra a nivel hispanoamericano, de la mejor narrativa venezolana. También leyeron el libro Aldo Pellegrini y Ernesto Sábato; este último lo recomendó a la Editorial Sudamericana para su publicación, y Jorge Álvarez —¿se acuerdan de este filibustero editorial?— solicitó varias veces autorización del autor para su publicación. Pero Renato Rodríguez, para la fecha, ya había decidido hacerse carpintero y no escribir más. Carpintero sigue siendo, pero de buena fuente sabemos que no ha podido dejar de escribir. Sólo que no publica.

A pesar de las notas y juicios de ocasión, cuando el libro apareció, y los cuales tienen el valor de las firmas que los calzan (Guillermo Meneses, Ludovico Silva, Jaime Tello, Alfredo Chacón, Elisa Lerner y Salvador Garmendia, entre otros), lo cierto es que a esta novela se le ha silenciado. Confesamos haberla leído por el interés que en sus programas universitarios y en sus comentarios le ha concedido siempre Rafael di Prisco, quien incluye un fragmento en su reciente antología con el juicio que, en una de sus recientes exploraciones críticas sobre nuestra actual narrativa, expresa Juan Liscano:

“…una novela irreverente, construida y escrita con desenfado, llena de situaciones picarescas y violentas, destructora de seguridades y convencionalismos que barajando vivencias y acciones contradictorias, incide en expresar la angustia y rebelión existenciales en este tiempo de hundimiento y desorden”.

Volvamos a decirlo: sabemos que Renato Rodríguez tiene trabajos inéditos interesantes, que no confía en la literatura como oficio a medias ejercido, sino como dedicación plena de una vida al destino de escribir. No vamos a glosar ni a discutir por ahora, esta verdad de difícil realización: digamos, sencillamente, con la ingenuidad profunda de un buen lector (esa pretensión tenemos) que, a pesar de aquel convencimiento, Renato como todo escritor auténtico no podrá ceñir jamás a la disponibilidad de tiempos exclusivos, la necesidad espiritual, visceral y cojonal de expresarse, irrefrenable por razón y sentido de mirar hacia dentro y hacia fuera de su propia vida que un buen día, frente al mar, en un camino, acariciando el testuz de una vaca melancólica, se le plantó por delante y le tiró una trompetilla.

En consecuencia este prólogo acuerda que el carpintero Renato Rodríguez no tiene derecho a privarnos de sus letras, como san José no nos privó del niño a pesar de tantas dudas; y asimismo que, en pleno ejercicio de la soberanía universal de Nos, el lector, le pedimos que levante el secuestro en que mantiene los frutos de su afán.

Dado, firmado y sellado al sur del Equanil, al norte de una buena novela y en presencia del Mar de las Antillas.

Así lo escribió Orlando Araujo y así se lo entrego a los lectores.

Alberto Hernández
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