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Aquella vez con el doctor de “Cerecita”
Luis Mariano Rivera con sus mujeres en la bondad de Canchunchú

lunes 4 de julio de 2016
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Luis Mariano Rivera

Una vez don Luis Mariano estuvo en Maracay en el Colegio de Periodistas. Allí cantó un poquito y bromeó con este cronista. Contó de su vida y sus canciones. Disfrutamos de su humor y de su amor por la naturaleza. Después de tanto tiempo lo regreso a estos días, para no olvidarlo. Para seguir celebrando sus ocurrencias humanas, que son todas.

El hombre está detrás del mostrador. Mira con la alegría nostálgica el pasar de las horas sobre la tierra verde. Mide con asombrosa vitalidad la brotación de una flor.

—¿Se acuerda, poeta, de aquella visita a Maracay?

—Sí que me acuerdo. Ah, cará, sí… pero no de la fecha. ¿Tú estuviste allí?

—Sí, un ratico, en el Colegio de Periodistas, y hablamos algo.

—Sí, hasta nos saludamos.

—Claro (risa).

Huele con rápida sensación el aletear del pájaro más pequeño sobre algún nido abandonado, aunque entusiasta.

Al cerrar la bodega por la tarde, se recogen los aromas y las palabras secretas de las calles solitarias. Entonces Luis Mariano Rivera toma el cuatro y comienzan a salir las canciones y esa poesía sencilla que cuaja en las últimas gotas del sol. Y entonces Canchunchú es un paraíso donde la vida retoza en los oídos.

—¿Cuándo llegó?

—Creo que cuando llegué, chico (me coloca una mano sobre uno de los hombros). Sonríe con la más sana y agradable de las sonrisas.

 

1

Cerca de Carúpano está Canchunchú. El 19 de agosto de 1906 nació Luis Mariano en ese campo de siembras y cosechas. De allí en adelante las faenas de la tierra lo tuvieron como inmediato colaborador de la vida. Agricultor desde niño, mago de la observación, simulador de la rotación de los astros, imitador de los cantos de las aves y soñador impenitente.

Casi no escribo. El paisaje escribe por mí. Todo llega con él. A veces garrapateo unas letricas y las dejo, pero siempre me llegan, me llegan y las canto.

—Don Luis, sus canciones todas vienen de la tierra…

—Sí, y de los pájaros. Y del aire y de todas las cosas bellas.

—¿De las mujeres? ¿Cuántas tiene?

—Claro. Muchas. Todas cantan conmigo. Son mis amigas, mis hijas, las mujeres de Canchunchú.

—¿Y dónde están?

—Por ahí andan, en sus quehaceres, cantando, trabajando.

Un grupo de artistas se reúne alrededor de “Canchunchú florido”, que es el pueblo y su paisaje convertido en canción. Allá están las mujeres que cantan con Luis Mariano: Maximina Marsella, a quien nombran “la Negra”, las hermanas García. Siguen en la voz de Luis Mariano Drucila Bello, Esperanza Portugués, Lilia Rijo, Flor García. También están los compadres y amigos del “cantista”. Ellos son Arturo León, Alejandro Marsella, Luis Miranda, José Pilar Rivera (“El Indio”), Benito Rojas, Alcides Zabaleta, Gualberto Sanabria, Arsenio León, César Zabaleta y Cleto Caraballo.

 

2

En 1954, por allá lejos en el tiempo, nació Alma Campesina, el primer intento que recoge lo que en poco tiempo es y será su “Canchunchú florido”, el grupo musical de cuyas voces e instrumentos salen los más hermosos, ingenuos y tiernos sonidos. El muchacho que fue Luis Mariano descarga aún toda su imaginación en un paisaje interior logrado a través de su lirismo cotidiano. El pueblo de este hombre del oriente venezolano es una tentación del estado Sucre. Apartado, lleno de sorpresas, es una comunidad campesina que siempre ha existido a través de la palabra de su inventor. Cachunchú es una humildad creciente, un traje nuevo que se estrena cada que Luis Mariano crea el ambiente de un sonido para la celebración.

El amor, las matas, las frutas, los animales más inocentes, las pequeñas y aventureras cítricas que cuelgan de las ramas son los temas que este señor de la palabra y las canciones enhebra para deletrear los significados y secretos de su tierra. Luis Mariano dirige con mano de padre amoroso el movimiento de las voces y la armónica rotación de la naturaleza, su naturaleza. Es una poesía sencillísima que se hace difícil por la sabiduría que encierra.

—Don Luis, ¿cómo hace para componer?

—Bueno, casi no escribo. El paisaje escribe por mí. Todo llega con él. A veces garrapateo unas letricas y las dejo, pero siempre me llegan, me llegan y las canto.

El valle de Canchunchú se conjuga en maizales y flores de todos los colores. El valle de Canchunchú es un festival que se renueva todos los años en verdor y acordes que salen del patio de Luis Mariano. Y no importa el tiempo o la hora, o la fiesta o el silencio. Desde su chinchorro evita que los males humanos lo distraigan, y por eso canta en diciembre: “Canchunchú florido / les trae un mensaje / envuelto en celaje / tierno y desprendido”.

Sin ninguna pretensión, Luis Mariano construyó un universo armónico que lo convirtió en uno de los representantes de la creación musical venezolana. Una forma de hacer que su vida y la de los demás transiten por una paz natural, plena de sencillas palabras, de miradas cargadas de luces y colores.

—¿Dónde ve sus canciones, poeta?

—Uno ve todo eso en el patio, limpiando el camino de las hormigas. Recogiendo flores para el altar de alguna virgen. Tomando con mano suave el fruto cerca del alero. O en la cocina. En todas partes están las canciones. Cuando miro el humo del café y la fuerza de la brasa en el fogón. “Donde mariposa / su bello color / refleja el amor / del lirio y la rosa”, canta bajito para cerrar la respuesta.

La casa vive llena de gente. Es gente que viene de toda la tierra cercana a hacerle compañía, la que madruga con él para cantar la aurora, la que lleva el coro.

—¡Cuánta gente, don Luis!

—Aquí no se ve. Allá en Canchunchú llega todo el mundo.

 

3

En ocasión de su 85º aniversario, en agosto de 1991, lo hicieron doctor honoris causa por la Universidad de Oriente. Allí se reunieron todos los años del mundo en la palabra de un niño que sabe cantar. Todos fueron hasta la casa y le regalaron fiestas y poemas. Le hicieron recordar sus primeros tiempos, cuando desde el mostrador de la bodeguita adivinaba el sueño de los pájaros.

Así, con este gesto de la UDO, “Cerecita” se doctoró y para que tuviera más sabor de la tierra en la que vivió. “A pesar de que eres buena / y de sabor exquisito / nadie siembra tu semilla / nadie riega tu arbolito”.

Y el árbol que es Luis Mariano Rivera sigue provocando auroras u ocasos, con la alegría eterna de Canchunchú.

—Don Luis, ¿cuándo regresa a Maracay?

—Cuando vuelva a venir, chico.

(Publicado en Voces de la memoria, diálogos y monólogos inconclusos. Cervantes@MileHighCity Editores, Denver, Co, EUA, 2014)

Alberto Hernández
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