“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria

lunes 18 de julio de 2016

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Un grueso volumen publicado por Tusquets Editores y con el que Juan Cruz Ruiz ganara el XXII Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias, da cuenta del perfil de algunos de los escritores con los que al mencionado periodista del diario El País de Madrid le tocó trabajar como editor de sus obras.

Es un libro revelador, lleno de datos, escrito con pasión y con humor. Es un libro que descubre el verdadero carácter de quienes han llegado a la fama producto de su labor como hombres y mujeres de letras y que fueron observados por este curioso cronista nacido en Tenerife llamado Juan Cruz Ruiz. Es un libro que recorre costumbres, conductas, ruidos y silencios de autores muy conocidos tanto en España como en América Latina, pero también en otras culturas diferentes a las del idioma castellano. Es un buceo íntimo, muy personal de este isleño cuya memoria es una instalación que sorprende al lector. Cada personaje que aparece en estas páginas fue estudiado desde la mirada aguda de Cruz Ruiz, pero con el respeto que cada uno de ellos se merece.

No es un tratado de estridencias. Parece el trabajo de un experimentado terapeuta que busca en el tejido intelectual, en el yo de quien se acuesta en un diván y se desahoga. Pero Cruz Ruiz es periodista. Es más, es un veterano editor que ha pasado por las más renombradas casas de publicaciones literarias de España, en las que premiados y no premiados han vaciado su talento. Novelistas consagrados, ensayistas y poetas. Escritores que se desnudan ante los ojos de quien les hace compañía en sus devaneos, antojos y hasta ataques de ira, de tristeza, nostalgia o alegría. El autor de esta extensa memoria es un acompañante, un cómplice, a veces, de los detalles —exagerados o no— que algunos escritores muestran en público o en privado. Es decir, Egos revueltos es un compendio de conductas y de humores con los que muchos de los aquí perfilados desayunan, almuerzan o cenan.

 

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Esta “memoria personal” comienza con un hermoso prólogo en el Cruz Ruiz devela en parte lo que viene. Es un texto conceptual, abierto a muchas conjeturas, inteligente y hondamente afectivo. Descubre su propio carácter y el ego que comparte con los tantos diferentes que viven en las casi quinientas páginas del tomo.

Durante 40 años ha trajinado con escritores, como periodista de los mejores diarios españoles, así como editor de casas como Alfaguara o de la Oficina del Autor del Grupo Prisa, entre otras responsabilidades relacionadas con la atención de talentos literarios.

El mencionado prólogo, titulado “Sin egos no hay paraíso”, desgrana un interesante inventario de imágenes y aforismos (así los tomo) que se asimilan al mismo carácter de quien pueda ser parte de esta lectura. Entre ellos:

“Los egos son la materia misma de la escritura”, “El ego nos mueve a todos”, “El ego sin eco no es ego, sino frustración”, “Los egos son pacíficos y tiernos o son violentos y mayúsculos, engreídos”, el ego “es su motor, su adrenalina”, “El ego está en algún sitio”, agazapado, “Todos los egos son respetables”, “El cultivo del ego ajeno empieza por el ego propio”, y así hasta el del mismo autor de esta aventura (el libro es también una “memoria personal de mi ego”), que nos relata capítulos o episodios de la vida social e intelectual de escritores que hemos leído, desde los del ya antiguo boom latinoamericano hasta los que hoy son nombres diarios en los medios de todo el mundo.

Muchos han sido los reseñados por Juan Cruz. Muchos han sido los egos revueltos en sartén nueva o vieja. Muchos han sido los egos con o sin condimento. Episodios de grandeza, de miseria humana, de pequeños detalles que hicieron y hacen de ellos seres de carne y hueso. O ángeles cuyas alas germinan un instante y luego desaparecen chamuscadas por el fuego del yo exagerado. Igual, demonios despejados de daños hacia otros, porque las cornadas, finalmente, apuntan hacia ellos mismos. Limpios de corazón y dueños de una existencia amistosa y sin ambiciones desmedidas. Egos felices y egos trágicos. Egos.

En fin, una lista muy larga que deja ver los nombres de Juan Carlos Onetti, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy, Juan Benet, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Adriano González León, Rafael Comte, Susan Sontag, Vázquez Montalbán, Günter Grass, Semprún, Julio Cortázar, Camilo José Cela, José Saramago, Mario Benedetti, Imre Kertész, Octavio Paz, Francis Bacon, Jorge Onetti, Jesús Aguirre, Monterroso, Sábato, Delibes, Francisco Umbral, Jorge Luis Borges, entre otros. Cada uno con sus yos, portátiles o no, que solían o suelen naufragar en medio del silencio del testigo o jamás emergieron o emergen de la boca de quien se lleva una copa a los labios.

 

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La página que Juan Cruz le dedicó a Adriano González León es una de las más precisas y bellas que he leído acerca de nuestro novelista.

Ego petulante el de Cela, a veces el de Paz. Ego vanidoso el de Cortázar. Ego controlado el de Monterroso. Egos sobrehumanos los de Donoso (elegante y de lengua viperina) y Sábato. El del autor de El túnel, calificado también como envidioso de la obra de Borges, así como el de Jorge Amado receloso del de Joao Ubaldo Ribeiro. Ego tímido el de García Márquez. Ego solitario el de Delibes. Mario Vargas Llosa no lo muestra, aunque todo el mundo, más allá de haber escrito una receta de cocina, tiene el suyo. Jorge Onetti “no tenía ego”, mientras su padre, el autor de La vida breve, dio siempre muestras de no estar interesado en lijárselo desde la cama donde reposaba, aunque estaba pendiente de cada nota o aviso que salía en la prensa acerca de su obra. Y así hasta los egos asmáticos de Benedetti, Bacon, Cabrera Infante y del mismo Juan Cruz.

Un caso cercano es el de Adriano González León. La página que Juan Cruz le dedicó es una de las más precisas y bellas que he leído acerca de nuestro novelista. Voy a citarla completa —más allá de que incumpla la prohibición de la editorial—, pero muy bien vale por ese País portátil y ese Viejo que nos regaló el autor trujillano:

Adriano González León, el venezolano autor de País portátil, un cuate de Alfredo (el autor se refiere a Bryce Echenique, a quien tiene en buen concepto), las resolvía llorando, en público, en privado; lloraba y se restregaba las lágrimas contra su cara cruzada de citarices del tiempo, rojo por la timidez. Adriano era como un hombre acosado por una memoria que no quiso tener, y bebía también para olvidar quizás el futuro; en un rincón del bar, aparentemente inconsciente, de pronto se erguía y lanzaba un poema perfecto, como si el alcohol alentara la memoria, su voz era como la plata rota, chocaba contra los vasos y contra el techo, era feliz de verte, y de pronto no era feliz si no bebía, además, una copa contigo, y lloraba.

Bebía con la compulsión de los solitarios de los bares, como si el bar fuera el mundo y él estuviera abandonándolo, como si le dijera adiós a todo esto y eso le produjera a la vez una liberación y un desgarro. Era un genuino escritor, un tipo cuya rabia venía de dentro, no era un burócrata de la literatura, era un poeta sepultado por un millón de recuerdos que él diluía en los alcoholes más diversos. Durante años, después de País portátil, no se supo nada de él, y un día apareció Viejo, una novela breve que se publicó primero en Colombia. Un semanario de allí destacó la salida del libro como si fuera una resurrección de Adriano, así que tituló debajo de su rostro que parecía un puño: “No estaba muerto, estaba de parranda”. Un día vino a Madrid, por unas horas, arrasó todas las novedades de una librería, y cuando debía pagar les dio una tarjeta y les dijo: “Quizá reconozcan a Juan Cruz; él les va a pagar”. Nunca nos habíamos visto, pero con Adriano era como si lo conocieras siempre (…). Se querían mucho Alfredo y Adriano (…). Adriano era un tímido de la clase de los extravertidos.

Quedaron más líneas sobre nuestro recordado y leído González León. Estas son suficientes para sabernos en él, cómo fue, cómo es y sigue siendo en su obra. La personalidad de un escritor que continúa sigue siendo un afecto en todos los que lo conocimos y quisimos.

Otro escritor de lágrima “fácil”, pero éstas en extremos vitales, las de Severo Sarduy cuando se enteró de que tenía sida. El relato de Cruz Ruiz es conmovedor. Podría afirmar, más allá de cualquier consideración genérica, que este libro también es una novela en la que se totalizan los personajes. Se hacen uno solo y a la vez se multiplican en su condición de seres que actúan rodeados de sus sobresaltos, tendencias, revelaciones, dolores, miserias, éxitos, agonías y muertes. El tejido del relato nos conduce a una lectura en la que quien pasa las páginas se tropieza con eventos en los que la crónica se transforma en un canon distinto.

Sólo por estas palabras de Juan Cruz acerca de Adriano valió la pena leer este libro, hacerlo propio, conservarlo como joya de la amistad, como un regalo de quien también lleva su ego revuelto, pero a buen resguardo, quien —para no perderlo de vista— afirmó: “La ansiedad es otra cara del ego”.

Alberto Hernández
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