“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Santa Ángela del Cerro

lunes 22 de agosto de 2016

“Santa Ángela del Cerro”, de Eloi Yagüe Jarque1

Venezuela es un relato agresivo. Una pasión violenta.

El país dejó de ser la ficción cándida de otros tiempos, la fotografía sepia del siglo pasado, para convertirse en un código de emergencias donde la muerte y la corrupción copan el anecdotario cotidiano. Desde hace mucho el territorio emocional y material ha devenido una metarrealidad tan desgarradora que ha fundado una tradición corrosiva cuyos límites habrían sido difíciles de admitir o creer en otros días.

La narrativa de nuestro patio ha sido atravesada por temas que forman parte de la épica homérica: la compulsión colectiva, el crimen o el exilio. Estos eventos, presentes en Santa Ángela del Cerro y otras leyendas urbanas (Editorial Lector Cómplice, colección “La noche boca arriba”; Caracas, 2014), se desarrollan en una nación que en los últimos años representa la escenografía de un poder indetenible.

Un Tiresias desentendido del mito cuenta este regreso al pasado. Es un viaje histórico que recuerda las antiguas revueltas intestinas nacionales, los repertorios de un destino que pocos advirtieron pero que muchos dejaron pasar.

Italo Calvino, en Por qué leer a los clásicos, se aproxima a lo que queremos expresar en esta nota:

En el lenguaje de los mitos, como en el de los cuentos y la novela popular, toda empresa que aporta justicia, que repara errores, que rescata de una condición miserable, es representada corrientemente como la restauración de un orden ideal anterior: lo deseable de un futuro que se ha de conquistar es garantizado por la memoria de un pasado perdido.

Ese “pasado perdido” es el dibujo de un país cuyo imaginario ha sido trastocado por fuerzas tan terribles que han desequilibrado, no sólo los factores tangibles de la cultura, sino también la emocionalidad de quienes escriben. El escritor forma parte de la calle. Se suma al conflicto, ambula por avenidas y callejones, es sometido al miedo, al peligro de ser parte de una lista de cadáveres. Ese pretérito se quedó en el almanaque, con sus pretensiones, con sus deseos.

El tiempo ido, narrativa de una frustración. Exégesis del terror.

Pero también la representación del retorno al país desangrado de las guerras caudillistas, donde imperaban el caos, la anarquía, la desolación y la muerte.

 

Estos relatos cuentan la historia de las varias capas del miedo, de los vicios e injusticias localizados en una ciudad como Caracas.

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Eloi Yagüe Jarque ha sido un escritor de novelas en las que el llamado “realismo mágico urbano”, así calificado por él mismo, hurga en los temas más deleznables, muchas veces desechados por quienes abogan por otras expectativas. Nuestro autor bucea en el mundo criminal, en el olor de la miseria y en la fealdad social en los que se conjuga la insensibilidad de quienes deberían dirigir las políticas de un país y proteger a quienes lo habitan.

Estos relatos de Eloi Yagüe dicen de todo eso. Estos relatos cuentan la historia de las varias capas del miedo, de los vicios e injusticias localizados en una ciudad como Caracas, donde los nombres de las barriadas, al ser pronunciados, inyectan en el lector el temor de saberse cadáveres en ellas. Cuentos que se deslizan como crónicas periodísticas, como prontuarios, como textos necrológicos, notas de sucesos imantadas por la recreación literaria del también autor de las novelas forenses Amantes letales (2012), Cuando amas debes partir (2006) y Las alfombras gastadas del Gran Hotel Venezuela (1999).

Leemos entonces una novela policial en la que el lado humano —representado en el texto que le da título al libro— establece muchas aristas propias de la geografía humana de la gran comarca de ranchos de la capital de la República.

 

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Son once los relatos escabrosos que Yagüe Jarque proporciona al lector: una lectura desbocada que aguza los sentidos a través de la violencia personificada en iconos mágicos, en malandros “milagrosos”, en policías corruptos que trafican con objetos productos del delito. Es decir, un resumen que confirma la presencia de nuestra literatura —narrativa y poesía— en el peligroso mundo que la rodea.

Con Santa Ángela del Cerro el lector, también víctima y victimario, ha atravesado parte de este tejido en el que todos estamos envueltos.

Eloi Yagüe cuenta sin adorno alguno. Su estilo directo hace que el lector no se despegue de las páginas hasta lograr cerrarlas. Santa Ángela del Cerro metaforiza el lado sensible de una sociedad opaca, poco transparente en sus acciones, pero que aún es capaz de mirarse en su propia desgracia.

Distintos ambientes aparecen en estas historias: reclusorios carcelarios, comisarías, cuarteles, bares y casas de dudosa reputación donde de alguna forma nace el delito. Cada uno de estos espacios es el molde del crimen, es la textura en la que se construyen diversas formas de morir o matar.

 

4

Leer este libro es sumergirse en las noticias diarias que el país encuentra en los periódicos o puede ver en las redes sociales. En el fondo —sin dejar de tocar la superficie— se trata de un libro de cuentos donde se asoma el costado político, reflejado en las andanzas de comisarios, policías y dirigentes que de alguna manera se presentan como sombras habitadas por la indolencia, la agresión física, la extorsión y el terror.

Este lector cree que seguirán apareciendo libros donde la violencia del país será el referente más relevante. Mientras estos eventos y las necesidades más urgentes agobien a los habitantes, éstos se convertirán en personajes de novelas, cuentos y poemas. En víctimas y victimarios.

Con Santa Ángela del Cerro el lector, también víctima y victimario, ha atravesado parte de este tejido en el que todos estamos envueltos.

Lectura de nuestros duelos, dolores y angustias.

Un libro de cuentos policiales donde no podía faltar el tono quebrantado de un país.

Alberto Hernández
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