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Herida del juglar

lunes 24 de octubre de 2016
Jaime García Maffla
Jaime García Maffla.

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El juglar canta y relata. Descompone las horas a su paso. El tiempo es su recadero. Pasa por las calles y husmea hasta saberse parte del gentío. Entonces canta y cuenta. Compone desde el otro, desde el trovador, que es contraparte o su igual.

Envuelto por la Edad Media sigue su curso hasta otros tiempos y se transforma. De voz pasa al papel y entonces la poesía recurre a la ayuda mecánica, a la imprenta, a la soledad y sus misterios. El juglar siempre llevará la herida. O la marca de la herida. La cicatriz de todos porque es canto de todos.

Todos los temas van en su morral. No hay bastimento que no consuma. La vida, la muerte, las palabras, el silencio, el viento, la tierra, el amor, el abandono, el olvido, los árboles, la luz y la penumbra, el cielo y el río, el mar y los navegantes, los viajeros, la orilla del universo, el exilio, la voz de quien mira más allá. Siempre atento a cualquier designio, el juglar canta. Y es su propia herida.

En esos menesteres anda siempre el poeta Jaime García Maffla, el poeta colombiano que tiene toda la tierra como patria. Y en su libro, Herida del juglar / Antología poética íntima 1972-2016 (Hebel Ediciones/Bajo Cuerda; Poesía, Santiago de Chile, 2016), se adentra en esos temas y los revela en varios de sus libros.

 

2

Se me ocurre ubicarlo en Salamanca, en Toledo, en Valladolid, en Zaragoza, en Alcalá, en Oviedo. Y escucharlo decir, en Santiago de Chile, Bogotá o Lima, adosado a un viejo muro:

Un juglar muestra su alegría, pero también sus pesares. Es un hombre que, de común y corriente, se hace artista.

“Vive si puedes / Fueron las tres palabras / Que le dijo a su propio corazón (…) siendo el mismo aquel otro / Que en enemigo suyo se volvía…”, y desde ese instante las páginas abiertas del mencionado libro en el que caben todos los libros de García Maffla:

Vive si puedes, Señales, Viento de los árboles, Desde los trazos, ¿De las preguntas?, Las voces del vigía, Entre tu débil sangre, El ofrecimiento, Grabado en papel, Signos, Suave decir, Antigua, Un horizonte, Saberse, Los poetas, Voz, ¿Para algo es? y Así y al fin.

Que a la vez son cantos entrelazados, mutantes, viajeros en los temas, como el mismo juglar que enseña la herida y se desangra en plena calle.

Un juglar muestra su alegría, pero también sus pesares. Es un hombre que, de común y corriente, se hace artista. Un hombre que, de viajero impenitente, se ancla en un tema y lo multiplica. Ese es el caso de Jaime García Maffla: es polifónico y politónico. Juglaresco en el juego de palabras, en la libertad que pregona y deja en cada oído, en cada rostro que lo escucha o lo lee.

 

3

Pero también toca puertas y ventanas. Entonces origen de las serenatas, de los versos que riman con la madrugada, con el frío y la niebla, con las ciudades dormidas. Y sus sonidos abren la casa, la de los otros, los que oyen y aprenden, los que se hacen aliados del “cantante”, del que trova porque como juglar también recita.

De la poesía dice:

“No haces ya / Los versos, nos los haces. / Tal vez la poesía / sea sólo una forma de señal…”, la misma señal de su vida andariega. El juglar mimetiza las horas, las inventa. Imagina que es y que está en todos los lugares, porque es universal para su tiempo. El poeta de hoy, el que critica y se desnuda en sus versos, no tiene empacho en escribir como canta el ciudadano rodeado por antiguas paredes y callejones turbios. Es el mismo de antes y es distinto. Por eso conserva la memoria, pero también se queja de la fugacidad de las horas. De la vida, de su cortedad:

“Hablar de la agonía / Y del paso del tiempo”.

El juglar de este libro es la voz del que se aproxima a la vanidad y lo estremece: “un universo desplomado” será su destino, y de allí los quebrantos, los dolores, la vieja herida, la larga cicatriz interior.

 

4

El viajero que es, tiene en el mar propósitos de viaje, de huida o de exilio. El paisaje marino se adentra en la ciudad y la reinventa. Alguien observa, calcula los pasos, la sombra que se mueve con el sol o con la luna:

“Las voces del vigía son señas del encuentro”.

No se agota el que canta, el que se descifra desde su propia inflexión. En el poema que le da nombre al libro, afirma:

“Lo dije siempre y de ello me convenzo, / Que la ocasión nunca se nos ofrece, / Ni se nos acomoda, Y que la estrella fija de todo nacimiento”.

Enmudece el juglar. El poeta de hoy es más silencio que voz.

La confirmación del viaje, la de los sueños se sustenta en lo quimérico. Las palabras se transforman, mutan, se mimetizan, se hacen paisaje y borradura con el pasar del tiempo. La mencionada fugacidad temporal tiene su instante en estos versos:

“Palabras que de sí / Una vez ayer, lejos, dijera. / Hoy nada son”.

El principio, el fin. El juglar que anda por esos parajes o en su libro. El que lee, recita o canta, el que duerme en la calle con su cítara o su pergamino, con el volumen abierto, es el mismo hombre que escribe y duerme en un parque, en una plaza de este siglo. Hay muchos en nuestras miradas, en nuestras horas diarias. Juglares de edificios, de autopistas, de centros comerciales, de bosques arbolados, de silencios y muchas soledades. Y así:

“Algo menguado es mi comienzo”.

“Era un inicio (…) un instante vacío”.

Y ante los desmanes de las tantas heridas:

“Aquel que ya no existe”.

 

5

Enmudece el juglar. El poeta de hoy es más silencio que voz. Es más, busca el silencio para consagrarse. Textos muy cortos, agudos, aguzados. El silencio, la bruma del paisaje, la muerte, la memoria:

“No quiero más palabras”.

“Invoca el abandono / De sus días antiguos…”.

“Hoy me ha mirado la hora que pasa / Y me he mirado al pasar de esa hora”.

Todas las ciudades castellanas, las arriba nombradas. Las que el juglar pisó y sigue pisando en su imaginación. Las ciudades de América, las calles de Colombia, las de Perú o Chile, herederas de aquellas más antiguas.

Editado en papel, el poeta no deja de cantar así enmudezca. Su mirada basta para decir. Mientras el abandono celebra al navegante que cruza el océano, la vida sigue siendo un viaje en la ronca presencia de quien habla. El poema sin adornos, en los sueños y bajo el sol total.

“Los poetas son como los pájaros / Ninguna cualidad aparte de volar y cantar / Ninguna posesión que no sea el aire”.

Y así respira con todas las palabras en este Herida del juglar, un libro tomado por los ecos, por el canto de quien hoy, en pleno tiempo actual, sigue siendo el que recoge en la calle el canto de los otros. El propio es también cicatriz de las palabras.

Alberto Hernández
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