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Huella de la lluvia

lunes 7 de noviembre de 2016
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Huella de la lluvia, por Alberto Hernández

1

Ella ve la lluvia caer doblada sobre la tapia. Más allá de la película de agua comienza una luz a quedarse en un mismo sitio.

Ángela asiste al ruido del techo. Sus ojos se aquietan sobre el pequeño charco que se forma bajo la gota incesante de la teja. Los viejos discos se amontonan cerca del Motorola. Un sesgo de la cabeza le permite ver con claridad la sonrisa de Bobby Capó. Mientras, la lluvia azota las paredes, se mete por debajo de la puerta trasera de la casa y moja con desgano los rostros de las carátulas de los CD que reposan en el piso.

 

2

La mujer tiene en la niña un recuerdo vago. Una piscina, el grito de la madre y los platos de frutas alrededor de la alberca. El pelo mojado y el sabor del helado en la lengua. Y la mirada sucia del viejo que le tocó las piernas bajo el agua. Allá, en la azulada tranquilidad de la piscina del club.

Y la niña continúa la mirada y establece contacto con el hombre que se seca con la toalla mojada. “Tiene un dibujo del salto Ángel en la espalda, en la tela raída del paño”. Y el hombre voltea como si una aguja le hubiese penetrado la carne. Y la mira también y sonríe. La lluvia comenzó cuando ya estaban en el vehículo, de regreso a la casa.

 

3

Ángela espera que el cielo se aclare. Toma la taza vacía, donde rato antes sorbió lentamente el café. Mudó de sitio el mueble y entró a la habitación en penumbras. El gato saltó de la cama y se le arrebujó en las piernas. Sobre la repisa de los santos las fotos amarillas de aquellos años. Una mueca de sorpresa vuelve con el ruido del agua.

 

4

El sueño la detiene en el borde de una calle desierta. Trata de abrir los ojos. Un movimiento de colores violentos la empuja hacia el vacío. Roja, la toalla; la mirada del hombre en la repisa. La lluvia tenaz sobre el techo. La pesadilla se acumula en los párpados; indetenible el agua de la piscina entra por su boca hasta que la rescatan por los cabellos y mira desde el piso un sol que emerge de ese azulejo espeso.

 

5

La ciudad está en el apartamento. La ventana hacia el cerro la detiene por minutos. Ya no es el gato en la cama. No es la lluvia sobre las tejas desgastadas. Ahora la lluvia permanece estática en la altura del edificio.

Asoma la cabeza y el agua arrastra el pelo hacia la calle. El cuerpo doblado, los glúteos apretados, las manos tocando la pared que inicia el vértigo. El ruido de la calle, la misma lluvia, hacen de Ángela un extraño cuadro en la solitaria presencia del gato que la mira. Una toalla roja, un desgarramiento. El cuello tenso y morado. De nada le vale gritar. Tiene el agua de la piscina en la boca y, allá abajo, donde los carros evaden los charcos, una caída se acomoda al único ojo que detiene en el aire el cuerpo lento de la mujer.

Alberto Hernández
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