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La espera imposible

lunes 28 de noviembre de 2016
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“La espera imposible”, de Cecilia Ortiz1

El poema siempre es uno. Y el riesgo de escribirlo no deja de ser múltiple. Por eso se decanta, madura. Es teoría y luego escritura. Es sombra en lo adentro y luego luz sombría en el afuera. En su hacer no deja de ser.

El poema silencia a quien lo escribe porque el poema es de naturaleza silenciosa.

Un poema, el poema, siempre hace nido en quien lo aparta un tiempo. El poema se cuece a fuego lento mientras la madrugada del poeta se asienta en el silencio del insomnio. Quien no duerme fabrica poesía. Y hasta retorna del silencio en medio de la más densa realidad.

He allí entonces la metáfora, la capa que cubre lo que fue pensamiento y ahora es voz, palabra o tachadura.

Cecilia Ortiz es una poeta hija de esos silencios. De los tantos que se advierten poesía en el lector, en quien ahora es también metáfora de esa zona a veces oscura que es la palabra.

La espera imposible es un poemario cuya razón misma es la poesía. Es un libro donde la voz del poema, digamos la poesía, es el personaje. Es la materia dirigida a quien la tome: “así estoy con los otros, / soy por los otros”.

Esa es la palanca que mueve esta voz silenciosa, publicada por Oscar Todtmann Editores, en la Caracas de este año 2016, y en la que el lector nada hasta alcanzar el epígrafe que también se lee como epílogo escrito por Miguel de Cervantes y Saavedra:

…andarse por los bosques y prados cantando y tañendo, y, lo que sería peor, hacerse poeta que, según dicen, es enfermedad incurable y pegadiza.

 

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Esperar el poema. Esperar lo imposible. Todo poema es un imposible, porque la realidad en el poema no existe. Pero el poema en la realidad sí existe, toda vez que se trata de un artefacto, de un artilugio que contiene lo imposible. De allí la espera. Y así el cuerpo del poeta: una arquitectura hecha de espera, de edades, de un tiempo silencioso. De sueños que no son.

Y mientras se da el poema, la espera acontece y desata la vocación de quien dice: “A la poesía hay / que abandonarla // Sucumbirla // para quedar con sus mejores retoños”.

La poesía anda en el silencio: construye su tectónica con la transmigración de los significados.  

El poema germina y después florece, entonces, con la savia de la espera. Con la clorofila del silencio, con la luz del insomnio.

Quien hace poesía es “voz antigua”, voz de los tantísimos otros, pero también de los que no han sido. Ambos, guarnecidos por el silencio. Hay un silencio del pasado y un silencio del futuro. Sólo el presente habla, pero posibilita el eco de ambos extremos y se dice, se decanta, vibra desde el instante en que quien combina las palabras se hace a sí mismo.

Cecilia Ortiz, atada a este y otros tiempos, reza:

Ahora hay / que guardar silencio / para que venga / la metáfora / ideal / y no escape / a la realidad imposible.

Dos realidades, la metáfora como posible y el bullicio como realidad que no se da. La poesía anda en el silencio: construye su tectónica con la transmigración de los significados. Viajan y se cruzan, se metamorfosean: son metáfora en la medida en que lo imposible no sea realidad.

La metáfora es lo posible.

 

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La traslación de significado alude una metástasis. Si bien la metáfora, esa espera que se hace desde lo imposible, atiende, como afirma Derrida, a la “composición de las enfermedades”. Y si la poesía es un mal pegadizo, deviene éste en reforzamiento de la realidad, del dolor, de la palabra como una patogenia. La cura: el poema como raíz silenciosa, como permanente espera, como ese imposible que inflama el alma y se hace actividad onírica:

La poética de Cecilia Ortiz, en casi toda su obra, transita por esta preocupación: escritura, hondura de pensamiento y la palpitación incesante del insomnio como ente creativo.

Estoy soñando un libro / escrito en las tinieblas / La realidad urge…

Y de todo lo anterior: el sueño en un poema. El poema en un sueño insomne. Se asoma Pessoa un instante. Y habla la poeta de la musa, de las diosas que aparecen y desaparecen. De allí que:

No estaba listo el poema / me detuve en la ventana.

Y sonó Rilke. Y quedó nombrado, una referencia, un estadio nominal.

La lectura desnuda a quien la aproxima a su soledad, tan humana que orbita en lo imposible. No hay nada más imposible que lo que sueña el ser humano.

Así:

Vivir en el latido de un poema.

La poética de Cecilia Ortiz, en casi toda su obra, transita por esta preocupación: escritura, hondura de pensamiento y la palpitación incesante del insomnio como ente creativo:

Mejor escribir / que dormir / así veo los sueños / con los ojos abiertos…

 

4

Para confirmar todo lo anteriormente expresado, La espera imposible se hace aforística. Habla de lo que se puede hacer. De lo que no se puede decir, en tanto creación esquiva, en tanto enfermedad, insania de la que no se sale ileso.

Y una vez revelada, una vez despierto el ánimo, posibilitada la espera, admite que

No llego a la palabra.

Aunque ésta ya quedó escrita. El poema ha sucumbido, existe.

Alberto Hernández
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