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Íntimo, el espejo (poemas de Egarim Mirage)

lunes 23 de enero de 2017
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“Yo que sentí el horror de los espejos
no sólo ante el cristal impenetrable
donde acaba y empieza, inhabitable,
un imposible espacio de reflejos”.

Jorge Luis Borges

1

El cuerpo no es el reflejo. El reflejo es el cuerpo. De ese juego interpolado, de esa mediación entre el reflejo y lo reflejado hay una distancia, “un imposible”, el que precisa Borges en su famoso poema. Toda distancia es un imposible, algo inalcanzable, pese a que se llegue al lugar deseado, al reflejo anhelado. Todo espejo es un reclamo ubicado en la mirada. Quien se refleja se busca: intenta ser el otro que muchas veces no se mira, se delinea. Es una ilusión impregnada, adherida en la memoria. Entonces, el reflejo es intemporal, eterno, “un tiempo hueco”, como dice Octavio Paz.

Quien suele verse en los espejos no logra regresar entero. Algo se queda en el fondo del vidrio, en ese azogue que en la superficie es una distopía, una luz “inhabitable”, capaz de borrar la imagen “verdadera”, la que está más allá de la lisa y riesgosa tentación de reflejarse.

En términos menos imaginados, Henri Poincaré, en “Filosofía de la ciencia”, en el ensayo La mecánica y la óptica, afirma que los físicos Lorentz y Fitzgerald “suponen que todos los cuerpos acarreados en una traslación sufren una contracción en el sentido de esta traslación…”. Es decir, ya frente al espejo: quien se mira en él no es el reflejo, es él, el cuerpo contraído. Para llegar al reflejo se precisa de un viaje, de una traslación. Como en el poema, éste no es el texto, sino lo que va más allá del él, la poesía.

Divagaciones más divagaciones menos, leer el libro de Graciela Yáñez Vicentini, Íntimo, el espejo (Oscar Todtmann Editores, Caracas, 2016), significa ser un reflejo, un dilatado reflejo hecho palabras, poema. Una vez asistido por la tentación de continuar en sus páginas, el lector entra en poesía, a riesgo de quedarse atrapado en el reflejo, en el poema. La poesía es tan libre que se contrae en quien la “mira”, en quien la “traslada” y la vacía hecha reflejo en su imaginación. Quien lee es imaginado por quien escribe. Así la poesía con el lector: la poesía imagina al lector y lo borra, lo adentra en su espesura y lo contrae. Se es poesía en la medida en que admitimos su existencia. De allí que muchos afirmen ser espejo. No reflejo.

Con este libro de Graciela Yáñez Vicentini pasa eso: somos el espejo, la intimidad de una autora que se “acarrea” hacia el lector y lo hace su reflejo. Lo hace ella. Es una poética del falso doble, del cuerpo desdoblado aparentemente. Del cuerpo solo con él.

 

2

No voy a leer como si se tratara de una antología, de un libro de poemas recogidos al azar. Leo un poemario. Un libro donde las entradas confirman la presencia de objetos y cuerpos convertidos en reflejos: significados aparentes o visibles que permiten acceder, entrar o salir. Un yo o un tú en la densidad de lo que está allá, en el fondo del espejo.

Quien entra a un espejo emerge de él incompleto, frisado de Alicia en aquel país de cuyas maravillas ya casi ni se habla. Se dice del espejo…

Suelo leer en desorden. O marcado por ciertos códigos, señales o rutas verbales. O por imágenes que se van atando hasta conseguir un nudo y desatarlo. Mecánica de lectura que contradice el carácter canónico del desplazamiento “crítico”. Leo para entrar al espejo. No para salir. Y si logro emerger, vale quedar en el poema, a disposición de quien lo acepte. Leo para viajar. Para deshacerme de mí. Para ser reflejo.

Y también me valgo de la primera persona porque es una lectura tan “íntima” como el espejo que me mira y me quiere repetir.

Pero llega esta poeta y dice, refractada, contraída:

El objeto atraviesa tu espejo.

De este lado
………..—de mi lado—
…………conserva su mismo espesor.
Mas, del tuyo
…………lo veo un poco más estrecho…”

(…)
“Y por lo visto las imágenes,
aunque choquen,
no siempre se devuelven…

La voz que habla —desde el fondo o desde el afuera del espejo— pronuncia las palabras “puerta”, “cerradura”, “llaves”. Es decir, entradas y salidas, y el seguro para admitirlas o negarlas.

El poema es un “retrato”, una imagen extraída de un sueño o de una conmoción. O de la quietud más extrema.

¿Qué hace un espejo frente a un objeto, frente a un cuerpo?

Se mueve, se queda detenido. Repite las palabras de quien lo aborda. Se borra en la sombra. Aparece sorpresivamente cuando abunda la luz. Con el poema y la poesía ocurre igual. Emerge oscura o límpida, pero siempre con su lado impenetrable, como decían los clásicos. Así el reflejo: brumoso, claro, confuso, peligroso, íntimo.

Voz ficcionada. Imagen recreada. O re-creada.

 

3

Paz toca a la puerta de nuevo: “Frente a los juegos fatuos del espejo / mi ser respira es ceniza”.

Calcinado el ser, ya no es reflejo. Fue un instante, una oquedad.

Y mientras ocurre, en la lejanía del mexicano, Graciela Yáñez Vicentini entra y pronuncia:

A mí nadie me saca de aquí. / Nadie. / ¿me oyes? / Nadie. // No quiero. / Me niego (…) Yo sé que a ti nadie te saca / de ahí donde tú estás // ¿Algún día seré yo igual a ti? // No. / No así. / No sin fe. // Nunca un fragmento.

Lectura de varias lecturas. Lectura que se multiplica. ¿A quién se dirige? ¿Quién es ese particular o ese suceso? No obstante, quiere ser un texto completo, no trozo de imagen. ¿Qué extremos destaca su voz cuando el amor aparece en salto de página? Y solicita ayuda, y después:

Ya sin mí entre tus ojos.

Se me ocurre un alguien, un interlocutor, pero la siento —a ella— frente al espejo, como un ella ante un él, ante un país, ante un reflejo que la golpea, que la intenta derrumbar. Y un atisbo de alejamiento. No mirarse significa dejar de nombrarse, de pronunciar su imagen: “Ya no oso mirarme / cuando necesito descansar / del asco”, y vuelve desde el mismo sentimiento: “No soporto más descuartizarte / buscando un centro (…) No soporto más descuartizarme / porque comprendas / que la belleza // podría estar // si tú quisieras // en contemplarme”.

Hay personas que son espejos. Por eso quien hace el poema habla con ese alguien, con ese espejo. Decantada, en un rincón del reflejo, otra mirada, como dedicatoria: “A todos los que se mudaron… de país, de refugio, de mudanza al fin”. Y se rompe el espejo. La realidad, más allá del reflejo, irrumpe en “dudosa sombra”, entre fantasmas. A final de cuentas eso somos: fantasmas que respiramos y dejamos la marca del aliento en los espejos.

pobre fantasma / de carne y hueso // atribulado // triste / se plasma / flota en el techo / (ay que no pase / luz por su pecho) // atormentado / por su no peso / no se deshace / ya está deshecho // pobre fantasma // ya sin regreso”.

La rima encaja como una necesidad. La niña poeta canta desde la imposibilidad de regresar a aquella Alicia. No se regresa. Se queda en el fondo, allá donde alguien es el espejismo y “presiento que no soy yo”.

 

4

Íntima, desnuda, reflejada, impúdica, estética: “hay un dolor inevitable / del material / duro / irrumpiendo en lo más vulnerable. // Y la sangre brotando hacia adentro. // Y el goteo de tu imagen”…

En esta instancia del libro, la relación de la voz con el espejo es más física. Espejo amante, espejo abandonado, dejado a un lado para afirmar, desde la rudeza de lo que toca:

Ya no hago el amor con el espejo: / Ahora el espejo soy yo. / Ha habido un intercambio brusco. / Una transmutación de fluidos, / de materias. / Ahora eres tú pellejo y cáscara… / Y yo, esta imagen. / Esta falsificación.

La afirmación citada por Poincaré se hace presente: la imagen se contrae. Es otra. Y esa otra determina la presencia de un instante, el que es y a la vez se revela como quien habla en otro:

Y sólo soy tú / mirándote de frente.

Una suerte de alteridad otra. La falsificación.

Pero después el ambiente es múltiple ante una mesa, en medio de la penumbra. Ya no está el espejo. Los fantasmas reunidos en medio de las sombras. La casa sin luz, la nada, una tumba. En una inflexión recurrente:

Yo tengo un problema con las puertas y las llaves.
Pero sobre todo, con las cerraduras.

Me obsesiona dejar las puertas abiertas.
Me mortifica siempre encontrarlas cerradas.
Y siempre siento que las encuentro atascadas
y que me urgen —me llaman— a que las abra.

Las llaves nunca cooperan conmigo.
No sirven no entran no giran no abren.

Las puertas nunca ceden ante mí.
No ceden ante mis llaves.

Molestas ante mi invasión
me resisten me expulsan me rechazan

me dejan….siempre……por fuera…
(por fuera de la habitación)…

¿Por fuera del espejo?

Dejar de ser puerta, cerradura, llave. Verbalizar el espejo. Verse en él, más allá de la imposibilidad de trabar amistad con las llaves y las cerraduras.

 

5

Estudios del reflejo.

¿Egarim Mirage? Tiene biografía y costumbres ¿Reflejo, alter ego? ¿Alter egarim? ¿La otra mirada o manera de ver?

Efecto del ojo al mirar. Voltear la imagen, verse al revés. Retina, reflejo. Y ofrece un poema:

Si escribo mi nombre
…………en una triza de papel
y la pongo frente al espejo

obtendré
………… de reflejo
………… el nombre invertido

A menos de que,
………… incluso sin saberlo,
éste hubiera estado inverso

………… mucho antes de yo escribirlo.

¿Obsesión, manía de ser espejo o reflejo? La pregunta podría ser una poética o un comportamiento, que en todo caso —para la poesía— es lo mismo…

La página es un espejo. El poema se refleja. La poesía se desata. Es también el espejo que la nombra. Abre y cierra.

El último verso se escribe en pirámide mientras Dorian Gray es acosado por un retrato, por su reflejo.

Alberto Hernández
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