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El discreto enemigo

lunes 30 de enero de 2017
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“Estaba allí para escribir un artículo para una revista”, confiesa Medina un poco después de llegar a La Laguna, un pueblo desértico, miserable, a la orilla del mar. Se trata de una historia en la que todos ya hemos participado por vivir en un país cuya violencia es una marca que nos identifica. Rubi Guerra la cuenta desde un espacio perdido en el mapa, desde una pequeña comarca del oriente del país, que convertida en ficción se hace universal.

El discreto enemigo (Madera Fina, Caracas, 2016) es más que una novela policial. Es una novela de modelos de conducta. De tipologías. Es un relato en el que se imbrican diferentes tensiones.

Si bien el autor afirma que “hay que recurrir a los códigos de la novela clásica negra, aunque en este caso no del todo tradicional”, también es necesario decir que el paisaje humano es toda una realidad negra, policial, pero además, añade Guerra, “puede estar más cercana a la novela existencial, psicológica o con aspectos metaficcionales”, lo que nos conduce como lectores y como víctimas o victimarios a deshacernos de ciertos cánones y adentrarnos en lo que significa escribir una novela con estas características en un país dominado por la violencia como poder y el poder como violencia, no sólo social sino también político.

El periodista que viaja hasta La Laguna a realizar un reportaje turístico, precisamente en un pueblo donde el turismo sería imposible, ya funda en el lector una paradoja, una duda. Quien es enviado a ese pueblo ya es una víctima de lo que significa el ejercicio del periodismo en una región sometida por una metáfora insidiosa. Podría parecer inverosímil, pero la realidad de este país ha dado muestras suficientes de que hay eventos que a diario nos hacen ser imposibles (pero que suceden) y hasta signados por una vulnerabilidad producto de nuestra propia desmemoria.

La ficción es un facsímil de la realidad. De allí que lo metaficcional, ya mencionado por Rubi Guerra, es una acumulación o capas de paradojas que posibilitan lo imposible. Que un sujeto sea enviado como corresponsal a un pueblo que se niega a morir a hacer un trabajo intelectual, es más de antropólogos o de sociólogos que de empresas turísticas. Sin embargo, eso se da en este país.

 

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Los lectores somos los muertos de esta novela, pero también los asesinos. Quien intenta llegar a la verdad le añade a nuestro protagonismo la tensión que nos oculta de la hipérbole que las cifras forenses desfilan por notas de prensa: historias que son la novela en la que estamos actuando.

El discreto enemigo nos desnuda. Nos dice lo que somos y lo que no somos.

El discreto enemigo se pasea por esos códigos y los hace visibles, mucho más ante quienes también forman parte del poder y ejercen el oficio de traficantes, de esbirros o de malhechores.

No es ficción: va más allá de ella.

Medina, como periodista; Marcano, como comisario; Wilhelm, como un médico alemán escondido de él mismo; María, la muchacha asesinada por su propio primo, cuyos padres también fueron asesinados, pero por el dueño del pueblo, Dimas Sánchez, definen, dibujan el país atrasado que siempre hemos sido. El país del caudillito. El país del gendarme que ya no es necesario. El país del comisario o jefe civil, alcalde o gobernador que desde Gómez han sido personajes y héroes de un territorio en el que los civiles y los uniformados corrompidos han recreado la verdadera novela nacional.

Probablemente no estaba en Rubi Guerra destapar estas reflexiones, pero su novela da para esto y para mucho más. El discreto enemigo nos desnuda. Nos dice lo que somos y lo que no somos.

Paralela a esta historia donde el dueño del pueblo maneja el “discreto” negocio del narcotráfico, hay otro mundo, el de Miguel y Julia. El de un hombre que estuvo en la cárcel y vuelve a caer en la trampa del facilismo: regresa al submundo, a los laberintos del delito, sin abandonar su interior intocado por la maldad.

Dos historias que se topan al final con un agregado en el que el autor/narrador, víctima o victimario, inventa otro clima.

 

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Una imagen que retrata el afán recurrente de nuestro autor, el apiñamiento, los laberintos, la mundanalidad, la encontramos en estas líneas:

El Mercado Viejo parecía desgajado de entorno de casas decrépitas y negocios venidos a menos, abandonados a sus propias fuerzas de desgaste y erosión. Falsa impresión: en su interior hallaban refugio todos los que la ciudad no encontraba dónde colocar. Borrachos que habían perdido el camino a sus casas; locos escapados o expulsados de sus familias; niños golpeados por sus padres o hermanos hasta convencerse de que era más fácil sobrevivir en la calle, pidiendo limosnas casi siempre, atracando con picos de botella cuando se podía; prostitutas de once años; pequeños vendedores de drogas; enfermos de sida, sífilis y tuberculosis: una activa sociedad fantasmal, moribunda, con sus reglas y procedimientos, lealtades y traiciones. Aquí no entraban los trabajadores sociales de la gobernación, los inspectores de sanidad de la alcaldía, los cobradores de impuestos, los vendedores de parcelas en el cementerio, ni los representantes de la Fundación del Niño; la policía, de vez en cuando, podía permitirse atravesar sus muros, y sólo cuando venía a hacer negocios.

Un panorama que se renueva a diario. Un paisaje urbano (con orillas rurales) que ya hemos leído en relatos anteriores de Guerra, pero que se contrapone al del pueblito miserable de La Laguna. Cumaná, la ciudad de los subterráneos, y el pequeño villorrio, donde el juego ilegal es legal y la prostitución un devaneo.

Y rodeado de todo eso, la conciencia de Medina, quien se ve envuelto en un incidente del cual emergió como sospechoso: el crimen de una joven con quien había tenido una aventura, y quien luego fue asesinada por un pariente. El poder de quien maneja la política, a la policía y el poco “discreto enemigo” de la droga. En ese pequeño infierno respira Medina por un tiempo, hasta que todo se aclara y logra retornar a su mundo, a su laberinto personal, a su verdad, al otro estigma, a Miguel, el ex presidiario, quien simboliza el encuentro con el pasado, el retorno al padre y al deseo de que “un día de estos me retiraré y me dedicaré a leer novelas, que es en verdad lo que me gusta”.

También los lectores somos víctimas o victimarios: discretos enemigos.

El capítulo diez aparece como un guiño del autor, imbuido en el talante del personaje, ficcionado, ajustado a su deseo, a las ganas de dejar de ser una recreación novelada. A ser él, a la “sensación de recorrer las calles justo antes del amanecer, después de una noche bebiendo, o conversando o teniendo sexo”.

Y aunque Rubi Guerra ha declarado que él no se parece a este personaje porque no bebe ni fuma y la salud no se lo permite, hay una suerte de empatía por quien ha logrado sobrevivir luego de pasar por el filo de una experiencia en la que dos personajes se funden y nos hacen uno solo, porque en este caso, también los lectores somos víctimas o victimarios: discretos enemigos.

Alberto Hernández
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