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La otra cara

lunes 6 de febrero de 2017
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“La otra cara”, de Manuel Acedo Sucre1

Dos historias que se encuentran. Que nacen desde el comienzo. Dos historias, dos caras de una misma moneda. Dos caras distintas que se hacen una. Una novela en la que dos relatos están conectados. Dos rostros de una tragedia, la personal y la nacional. La de un hombre y la de todo un país: el relato de un personaje y el personaje de un relato.

Es decir, el discurso de una vida y la narrativa de un cínico.

La otra cara (Oscar Todtmann Editores, Caracas, 2016), de Manuel Acedo Sucre, se abre como un abanico a través de la existencia de Orlando Oreja, un niño que sufrió del acoso de sus compañeros de escuela, y la del relato del asesor hispanovenezolano César Requena, quien fue compañero de Oreja y formaba parte del grupo que lo maltrataba. Ahora Requena, en el otro tiempo de la novela, fue del equipo consultor de Maduro, como miembro del staff de profesores fracasados de la Universidad Complutense, aunque afirma no estar del lado de la logia de Monedero o demás “genios” contratados por Miraflores.

Seis partes o capítulos reúnen el contenido de estas dos caras de una misma historia. En ellas, Manuel Acedo Sucre dibuja con maestría un paisaje en el que se nos muestran dos realidades apoyadas por la ficción: la primera a través de las peripecias y sufrimientos de un sujeto que termina en el suicidio, Orlando Oreja, luego de una larga travesía por el desprecio, el desapego, la asexualidad y la drogadicción, pero que guardaba casi en secreto un talento que sorprendió a su compañero de clases, que se hizo novelista y que más adelante se tropieza con Requena, quien le solicita una entrevista que, a la larga, es una de las caras de la novela: una de las tragedias que han quedado plasmadas en este tomo: la realidad de la Venezuela actual contada por un cínico que forma parte del equipo de asesores y consejeros españoles de Chávez y luego de Maduro.

El secreto de Oreja estaba fundado en su calidad como escritor. Una primera experiencia literaria nacida en el seno de su infancia, que luego se convertiría en novela y catapultaría a su autor a la fama después de muerto.

 

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La médula de esta pieza narrativa de Acedo Sucre está en la larga entrevista con el ahora español, personaje caracterizado por una pasmosa sinceridad, que hace que el periodista, por el pasado acosador del ya mencionado César Requena, lo tenga en la mira al cierre de la conversación.

Muestras de esta sinceridad traducida en cinismo:

Te sorprendería por qué es que me pagan. Me pagan porque una cosa es la teoría y otra es la práctica. Cuando te digo que hay que identificar el target, hay que discriminar —dentro de ese target, que sabe poco de política, o del funcionamiento real de la democracia, y absolutamente nada de economía— quiénes son los que, de verdad, son capaces de creer en tu mensaje y —sobre todo— hasta dónde puede llegar esa credulidad. Dicho de otro modo, hasta qué extremos puedes inventar y llevar tu mentira, de manera que realmente tape la realidad (…). Y en esto Chávez era un fenómeno. Tenía clarísimo qué vende y qué no vende, y quién compra y quién no compra. El papel de los asesores es decirle: dale chola que vas bien. Pero pocos lo hicieron. Nosotros sí. Por eso nos mantuvimos allí tanto tiempo. El mensaje era: aunque te lo cuestionen, dilo, que funciona con ese target, que es tu target y es el único que importa. Olvídate de los demás (p. 76).

El target es el “pueblo”, el que Chávez y ahora Maduro soban como palabra mágica para mantenerse en el poder. En estas páginas de Acedo el cinismo es el referente más visible y hasta conmovedor. Requena es una máquina de pensar perversidades de las cuales se aleja en tanto que dice ser “apolítico”, razón por la cual no siente el peso que llevan Monedero, Iglesias o Errejón, el otro equipo complutense que en la realidad sigue haciendo de las suyas en la topografía política venezolana.

El personaje que conversa con Méndez desliza, sin ningún desgaste emocional, su amoral confesión como consejero presidencial:

Puedes hasta insultar, maltratar y reprimir todo lo que no sea ese target. Chávez lo demostró. Desempolvó un resentimiento tal en la gente más pobre, que ese maltrato de él a los empresarios, la Iglesia, la burguesía y la misma clase media, tocó una tecla entre los más necesitados y le reportó más adeptos entre su target (p. 77).

Toda la realidad vertida en palabras. Puesta en unas páginas en boca de un personaje que aún se mueve y pavonea por los pasillos de Miraflores y los ministerios de un mapa borroso.

El pueblo puede tragarse cualquier cosa, buena o mala. El pueblo que no se equivoca, el pueblo culto, el juicioso, el pueblo bueno, el pueblo inocente, nada de eso existe. Es más, el “pueblo” —como entidad moral— tampoco existe. Lo que hay es moralina y adulación alrededor del uso político del concepto pueblo. El pueblo es amoral. Hitler sacó lo peor del pueblo alemán —digámoslo en venezolano— jalándole bolas a ese pueblo… (p. 80).

Y, en efecto, para los asesores, sean militantes o no, el pueblo es una entidad amorfa que anda por ahí tirando piedras a favor del uniformado de boina o inclinándose ante el caudillo.

 

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Toda la entrevista tiene el mismo tono: el periodista asume con rigor su trabajo. El entrevistado sonríe y responde limpiamente, como si no ha roto un plato. No asume responsabilidades, porque él sólo aconseja, no actúa. Dibuja el camino al mandón. Y a la larga, ninguno de ellos va preso, porque “los asesores siempre caen parados y limpiecitos” (p. 89). Y define el patio: “Venezuela es un país de lealtades primitivas” (p. 93), tanto que más allá de cualquier yerro del pasado, el creador de todo el entramado militar, Chávez, personalizó la “Revolución”. De nuevo el caudillismo.

El personaje —brillante en su desempeño— termina embutido por la otra cara, la cara de su pasado.  

La innegable inteligencia de Requena no profana la audacia del entrevistador. Ambos se baten en un forcejeo donde al final, cuando el oxígeno de la historia llega al límite, cuando la serpiente se muerde la cola, Requena queda en evidencia por su pasado de niño acosador. Pero antes sigue: “La credulidad de las masas tiene un ingrediente emocional que en materia política es invalorable” (p. 124). Esa emocionalidad sazonada con ingredientes mágico-religiosos convierten a Chávez en sujeto adorado. De allí el culto a la personalidad, justificado por quien lo condujo a ser lo que fue. “Ese Dios es Chávez”. Y el enemigo diabólico es el Imperialismo, la CIA, los escuálidos, el país que no piensa como él. Y con Maduro la situación se hizo más complicada. En este sentido, “la justicia puede y debe ser, también, feroz contra los que se apartan del rebaño” (p. 130). De allí que “el miedo es el factor que tú manejas cuando fortaleces tu capacidad militar y policial de responder frente a la protesta civil y cuando utilizas esa capacidad para reprimir salvajemente y sin cortapisas a quienes manifiestan en contra tuya” (p. 138).

La imagen del país no es menos desoladora: “Cuando todo es delito, todo el mundo delinque” (p. 139).

Bien, hasta el hartazgo. El personaje —brillante en su desempeño— termina embutido por la otra cara, la cara de su pasado, cuando Méndez, quien lo entrevista bajo contrato y condición de que se le puede añadir algo más a la entrevista sin reparo alguno, le pregunta a Requena en tono personal, íntimo:

—¿Te acuerdas de Oreja, nuestro compañero en el colegio?

—¿Oreja? Me suena; pero no. No me acuerdo.

—Ya te acordarás (p. 183).

Aparece el factor justicia en la sorpresa de Méndez.

La Editorial Azul, C.A., publicó la entrevista y le añadió todo lo relacionado con la vida dolorosa de Oreja, de la que fue responsable Requena, quien trató de desmentir la versión de Méndez legalmente: “…el Sr. César Requena intentó por la vía judicial detener su venta al público. Su argumento: la obra incluía referencias a su vida personal que no se desprendían directamente del texto de la entrevista que le hizo el autor. La autoridad judicial que conoció del caso dictaminó que el Sr. Requena autorizó expresamente el acompañamiento de la entrevista con cualquier texto escogido por el autor…”.

Fin de la historia.

No obstante, cabe decir que ese final podría simbolizar el tan mentado “target”, en nombre del indefenso Oreja, el cual le pasa factura al poder y a quienes de manera cínica y cobarde contribuyeron con la agonía de todo un país.

Alberto Hernández
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