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Resurrecciones, de Arnaldo Jiménez

lunes 20 de febrero de 2017
Arnaldo Jiménez
Arnaldo Jiménez, autor de Resurrecciones.

1

La carne del verbo vuelve a los huesos. Los músculos atienden a la orden de una imagen sonora que viaja a través de los nervios: resucita un cuerpo, vuelve a la vida lo que ya no estaba: el amor, una fotografía, los animales que la memoria atesoró durante todos los encuentros con sus miradas, con la inasible perseverancia del ladrido o del vuelo del pájaro.

Arnaldo Jiménez es un creador de sorpresas. En esta ocasión, con Resurrecciones hace el milagro de traernos unos poemas en los que el lector también reencarna, vuelve a la vida, a esta que nos confronta a diario y nos somete a cualquier osadía.

Resucitar es labor de quienes son capaces de ir más allá de la muerte. Pero resucitar a alguien o algo es traducirse cercano a Dios, en hacedor de deslumbramientos. En este caso, nuestro autor ha logrado, a través de dieciséis textos, convertirnos en parte de esas resurrecciones, en reencarnados, que a fin de cuentas es volver a estar, en uno mismo o en el otro.

El lector —que estaba en huesos— retoma o retorna a sus carnes y es “ser amado” por la mano creativa de este poeta que siempre trae buenas nuevas.

Un segmento del primer poema nos atrapa:

el nombre que no necesita / el ser de las cosas y desplaza la conciencia / más allá de las fotografías.

El amor, esa desintegración, destaca en la imagen, persiste, resucita y se hace encuadre de gestos y miradas desde un tiempo que va y viene, que siempre regresa en los nuevos testigos de una historia que jamás termina.

 

2

la foto extiende en la mesa / una cicatriz de intimidad / aún no hay sequía en su tallado / una sala funge de umbral / y el viento se presiente en la ventana.

En “Resurrección de la foto de la abuela” continúa la memoria aferrada a una imagen que perdura. Nunca muere, resucita desde su propia resurrección. Siempre es. La fotografía es la mujer que vivió y ahora vive en la retina de quien la inventa de nuevo con sus carnes, su pelo, sus ojos, su voz.

Una foto es la carnadura del recuerdo. Un ser humano tocado por la carne que una vez fue.

Estos dos poemas iniciales podrían unirse para destacar el carácter afectivo de su autor. La memoria no borra lo sentido, lo que fue parte del espíritu. El solo hecho de saber que alguien estuvo ya es suficiente para saberse parte de esa ausencia. La imagen en el papel renueva esa revelación, porque la muerte lo es: siempre ilumina, siempre descubre la silueta de quien aún recoge los pasos y los hace posible en los sueños y la duermevela.

 

3

El autor nos desvela. Nos saca del tema anterior y nos conduce por un bestiario en el que sujetos de su cercanía nos amparan. Los animales resucitan: una culebra no es la excepción:

se abre el cuero y se vierte dentro de un fuego noble / que le rompa la perfección / y le borre los rastros de lo terrenal.

Siempre habrá una marca dejada por la bestia que se arrastra. Será un sendero por el que quien la sigue no muera en el intento. La serpiente cambia de piel y se convierte en otra carne, en un nuevo ser: mimética, como el poema. La piel dejada durante el proceso de desnudez advierte que fue otra culebra. La metamorfosis entraña ese cambio de piel.

De la tierra al aire marino: el pelícano, nave de plumas que roza el océano, que planea con todo su peso, con el pico como guía hacia el infinito. Animal que vuela y

una vez rota la vasija de su pecho / el mar se transforma en una mentira…

Un pelícano es una ilusión, una esdrújula que vuela y no termina de pronunciarse.

 

4

Animal que no se excluye de la vida y de la muerte. Animal que ronda los cadáveres y los manjares. Animal que flota sobre las mesas de los comensales o sobre el detritus, sobre la basura, la tristeza o la alegría. Resurrección numerosa, diaria, de una insistencia voladora:

las moscas dispersan la conciencia / y el ser humano se extravía en sí mismo.

Una mosca es capaz de borrar un sintagma. Es capaz de cambiarle el sentido a una metáfora.

El poema continúa su vuelo en la cigarra. Otro animal del aire, pero éste revienta con el canto. Se suicida. Pero regresa en otra y en otra, hasta que aparece la lluvia y vuelve el silencio:

desde el cajón del cuerpo se estirará / una secuencia de vocales / y la cigarra comenzará a cantarle a la incertidumbre / de sus direcciones en el viento / lista para volver a presentir las lluvias…

Quien oye una cigarra pierde la dirección de su morada. Las cigarras, en este sentido, tienen vocación de grillo porque extravían al más presumido de los racionales.

Una cigarra se abre por el pecho y deja una pequeña cicatriz adosada a un árbol. Siempre estará ahí, resucitada en la mirada de quien la encuentra seca.

 

Arnaldo Jiménez escribe un texto en el que él, como memoria, resucita en sus recuerdos, en las calles polvorientas de un pueblito.

5

¿Por qué tiene que resucitar una puerta? ¿Cuánta carne conserva de las tantas que la han tocado? ¿Qué de su madera viva o muerta? El poema atestigua como lo hace la puerta. Silenciosa o dotada de algún ruido, la puerta es la parte más vital de la casa:

será una puerta para afirmar / las huidas / el instante más parecido a la muerte // una puerta para escuchar las llegadas / esas huellas evidentes de la vida.

¿Cómo se comporta una puerta al momento de permitir la salida de un cuerpo? ¿Cuántas vidas, cuántas muertes ha dejado salir o entrar? El poema también es una puerta. Un recado permanente, resucitado.

 

6

Retorna al bestiario. Jiménez nos deja en la puerta reencarnada en nuestros ojos, pero nos avisa de una presencia esquiva. De un animal que nos mira desde la negrura de sus ojos, desde sus saltos sobre el cuerpo muerto:

sus cadáveres se deshojan lentamente / y los espíritus de esos cuerpos / se sueltan y el zamuro comienza a mostrar / su forma de morir…

Se pregunta el lector, ¿cómo muere un zamuro? ¿Cómo resucita? ¿Reencarna en lo que consume?

Sobre los techos, sobre la copa de los árboles, sombreados por las nubes o revelados por el sol, los habitantes de un caserío van a sus faenas, a sus asuntos. El origen, la memoria de los que ya no están: Arnaldo Jiménez escribe un texto en el que él, como memoria, resucita en sus recuerdos, en las calles polvorientas de un pueblito:

en el almanaque que gira por la vena azul de los abuelos / el resto de lo habitual debe colorearse con la emanación de los sagrarios…

Y entonces, aparece un gato, se desliza a través de un tejado, es sintagma de la agonía, de un aforismo:

no hay agua tan triste como los ojos de un gato antes de morir.

Y un poco más allá, un pájaro, otro pájaro, seguramente el mismo del comienzo pero con distinto empeño, su libertad:

no permita que el pájaro quede enjaulado / en el lado horroroso de lo invisible.

 

7

El poeta, el mismo poema, pasa la mano sobre la pared de piedra de la montaña. Han sido años de podredumbre vegetal. La humedad rasga un adjetivo, lo infla. La carne del texto desplaza su presencia:

la pureza surge de lo descompuesto / el cuerpo que desaparece / tiene otro cuerpo que regresa.

La imagen de la transmigración, la materia que se desplaza de un cuerpo a otro, que se hace otro, que resucita, que se hace carne en el otro. Que vive para hacer vivir al que ya había muerto.

 

8

La sombra de un animal muerto. Las líneas de la muerte sobre el asfalto. El olor, los gusanos, trozos de carne y de huesos. En “Resurrección del perro” el poema pone todo su empeño en ser el perro, en haber sido el perro, en dejar constancia de que se fue perro y se vuelve a ser perro:

Sólo queda una pelambre curtida con el eco de las paredes / y órganos fatigados / con rastros de hogar en el estanque de su sangre.

Un perro será siempre la memoria de quien lo cobija o lo abandona. Y de su sangre emana todo el poder de su resurrección.

Sobre ese cadáver que se levanta ante los ojos del poema: “la resta de las mariposas / acelera la muerte de la mirada”, porque con la muerte la mirada se consagra a vivir en la sombra.

Un animal de todos los tiempos, de los más remotos, ingresa silenciosa en los versos. No da explicaciones: “Toda iguana se debe a su propio misterio”, y sin ambages, “las abejas no son los pensamientos del suicidio”. Su volar errático confunde a quien cree que la muerte es un más allá sin retorno. Pero más, sobre un árbol, sobre la fronda de la acacia en tercera persona: “acaricie el tronco y háblele con ternura / para que comience a reverdecer / la materia de la nada”.

Todos los días los árboles resucitan. A veces reencarnan en una sombra, un poco más allá de sus ramas.

 

9

La pradera, el aire libre. La muerte en los belfos de la bestia, la vida en su carrera. En “Resurrección del caballo” no basta jinete alguno, el animal es libre desde su prisión, es libre mientras su aliento se detiene frente a los obstáculos:

échele cercas derrotadas / el relincho de una felicidad que rechaza las bridas.

Y como Ungaretti, la alegría se cuela en esta resurrección verbal. El poema se abre finalmente a su conclusión, como un consejo:

déjese ir hacia el delirio de las golondrinas en el aire / y caerán a sus pies.

 

10

Las palabras germinan. La poesía es un instante, el momento en que los brotes se pronuncian. Resucitar es un evento místico, religioso: es la práctica de la inmortalidad, el ascenso a lugares más propicios, pero también el descenso al lugar donde habrá de hacerse polvo toda resurrección.

Los poemas hablan en nombre de la carne que jamás regresará. Quedan los huesos, los verbos aislados, en busca de otros sonidos para completar el cuerpo de la poesía.

Este poemario de Arnaldo Jiménez obtuvo el premio de la I Bienal Nacional de Poesía “Vicente Gerbasi” en 2014 y fue editado por la Gobernación del estado Carabobo en 2015.

Alberto Hernández
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