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Esta vida del diablo, de David Alizo

lunes 5 de junio de 2017

“Esta vida del diablo”, de David Alizo1

Alto, delgado, con un cigarrillo entre los labios y un vaso de café o cerveza a tiro de ojo, David Alizo se inventa en un mundo donde se movía como pez en el agua. Frente a la librería Suma, en el Gran Café, se distancia de la realidad y la recrea, la vuelve otra realidad en su recorrido por una ciudad donde los jóvenes de la época viven disipadamente, al borde de todos los peligros: de la droga, de las borracheras más insignes y del descuido de un país que se advierte en riesgo por una suerte de felicidad desbordante.

Esta vida del diablo (Monte Ávila Editores, Caracas, 1973) forma parte de la desmemoria de los lectores de Venezuela. Es una novela que dice este hoy, porque el hoy es el de una libertad en constante temor, agresiva, dirigida por un tótem que se asigna los valores que habrá de cultivar la sociedad. Aunque aquella de ayer era una libertad engreída, se destacaba por el hecho de que la mayoría sentía que había futuro en medio de tantas sombras, muchas veces alcanzadas por las luces más inesperadas. Es la novela de unos estudiantes que se alejan de sus responsabilidades universitarias porque la felicidad es infinita, porque la lozanía del cuerpo nunca acabará, porque la vejez es imposible. Es la historia de algunos estudiantes de la UCV quienes hoy, por cierto, son profesionales que han contribuido con el hundimiento de este país al embarcarse en una nave equivocada.

Aquella Venezuela de la eterna juventud era la tesis cotidiana que manejaban muchos escritores, narradores y poetas, la de aquella Caracas alzada contra todo y que quería “asaltar el cielo”. Era la Caracas del tiempo indefinido, la de la cara de Rimbaud adolescente, la Caracas de los muchachos que nunca serían viejos, porque la muerte estaba muy lejos y el mundo giraba a su favor, a favor del dislocamiento de todos los sentidos. Y la fuente de esa eterna juventud estaba localizada en el hecho de que el país no era un país sino una “tierra de gracia” para hacerla y deshacerla a diario a gusto y disgusto de muchos y de algunos que hacían los grandes negocios en nombre de la patria. Desde estas páginas de Alizo hasta hoy casi nada ha cambiado en el comportamiento de buena porción del país, excepto que ahora el abismo lo tenemos en la punta de los pies: de seguirse escribiendo la historia de sus personajes, éstos habrían admitido que llegó el momento de asumir la vejez o la muerte biológica o violenta en medio de una gran marea “ideológica”, que ha arrastrado hacia la incertidumbre los sueños o devaneos de aquellos que encontramos en estas páginas.

 

En medio del afán autodestructivo, algunos de los personajes de este naufragio que nos cuenta Alizo creían que se podía ser distinto.

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Es también la novela de los abusos policiales, de las pequeñas venganzas, de las amistades y de los hogares embargados por la “locura” de los hijos. Es la Venezuela petrolera, la “Gran Venezuela” que una vez bautizó un presidente. Es la Venezuela del momento, la inmediatista, la que no tiene reflejos en la generación anterior. Es el país de una sociedad cuyos fines estaban instalados en vivir, salir de la provincia y hacer de Caracas el bazar de las oportunidades, pero también el de los fracasos.

 

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David Alizo conoció ese mundo, lo vivió y lo convirtió en una novela que hoy es un extraño relato —rara avis— para quienes la lean en este terrible momento de crisis en todos los valores, más allá de que la Venezuela del cercano pasado haya sido el declive de una fantasía.

Allí están, en el libro de David Alizo, los signos que habrían de hacerse visibles posteriormente

En medio del afán autodestructivo, algunos de los personajes de este naufragio que nos cuenta Alizo creían que se podía ser distinto, pero desde la perspectiva de una insurrección opacada por un romanticismo tardío, representado más en teorías exóticas adobadas con la farándula criolla, el whisky, el ron, la marihuana, ensordecidas por el ruido de las discotecas, que en la ebullición social, el desvelamiento de improntas verbales, en consignas que no aparecen en las líneas de este libro pero que se advierten en el comportamiento de las autoridades, reflejado en uno de los capítulos finales de la obra.

Este libro merece nuevas lecturas. Allí estamos los de ayer y los de hoy. Allí están los jóvenes veinteañeros de los 60 y 70 del siglo pasado, pero también los de hoy que no tienen la más mínima idea de que estamos cruzando un océano donde las aletas de los tiburones asoman nuestra desaparición como república.

Allí están, en el libro de David Alizo, los signos que habrían de hacerse visibles posteriormente. Esta vida del diablo dibuja la existencia de un país que hoy se vuelve al pasado para destacar que hemos cambiado poco, que seguimos montados en una barca a punto de naufragar.

La voz de uno de los personajes cierra con este final:

Es como comenzar de nuevo, aunque de todas maneras no se le puede huir a la vida. No es este el final; el final es otro, que no sé, que nadie sabe. Lo que pasó apenas es una parte insignificante, una rama, no es el árbol. La vida sigue.

El mensaje quedó allí. Ahora sabemos cómo sigue la vida.

Alberto Hernández
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