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Los malos salvajes

lunes 26 de junio de 2017
Mariano Picón-Salas
La voz de don Mariano pareciera calcar estos instantes en la Venezuela que dejó hace décadas.

1

Casi escondido, el lomo del libro me convoca. Lo veo agarrado a la derecha de una portada de Pierre Gascar, Rimbaud y la comuna, de Ediciones de Bolsillo, Cuadernos para el Diálogo, Madrid, 1972. Un poco a la izquierda, Albert Cohen con Bella del Señor, Anagrama, Barcelona, España, 1988. Levanto la mano hasta una altura que me obliga a darle un tirón a los músculos del brazo derecho y logró alcanzarlo: Los malos salvajes, de don Mariano Picón-Salas, una publicación de la Editorial Sudamericana, de 1962. La sobriedad de la tapa del libro es de recogimiento. Gris con blancos y un extraño violeta que resalta el mapa de América.

No lo había leído completamente, páginas cuyo doblez mantenían su melliza atracción y revelación. Con una tijera las separé para poder retornar a los viejos ensayos de don Mariano. Las líneas ya leídas afloraban como hongos en la memoria.

Para quienes no se han paseado por nuestro autor, vale decir que este desconocido tratado de vagancias y ociosidades intelectuales (para jugar un poco con la gracia de crear frente a la inutilidad de quienes se dicen profetas) del autor andino recogen temas cuya vigencia nos trasnocha, con algunos cambios porque la historia es gelatinosa, se mueve, cambia de posición y a veces se repite en los errores de sus protagonistas y víctimas, porque ésta, la historia, es también un personaje que pesa mucho: incluye conciencia y acciones, secretos y sorpresas.

 

2

El trabajo de Picón-Salas está dividido en siete estancias. Esta cabalística prefigura, para quien esto lee, en mi caso, digo: una travesía por aspectos que tocan la historia, la sociología, la política, la literatura y hasta la ontología, esa a veces arbitraria conjugación de verbos que se allegan al Ser y lo convierten en objeto de estudio.

En efecto, el autor nos acerca a estos intratítulos: “Berlín quince años después”, “Visita a los malos salvajes”, “Noticias del diablo y de Francia”, “Tratado de la novelería”, “Tiempo de mentira”, “América Latina: vecindad y frontera” y “Dirección: punto Omega”.

La prosa riquísima de Mariano Picón-Salas atrapa de inmediato. De una elegancia innegable, entra en la herida y hurga. Maestro del ensayo, ensaya, opina, se larga a renovarse a cada instante. Mira de frente el tema y lo desarrolla con magistral conocimiento del idioma, pero también de los tópicos que revisa.

Una pequeña muestra nos indica que estamos en tiempos borrascosos, parecidos a los que él respiró en sus días y que hoy se someten a la genética de nuevos participantes.

 

“Los malos salvajes”, de Mariano Picón-Salas3

“Quizás cuando en las vísperas inmediatas del nazismo, Spengler escribía sus últimas páginas, especie de epílogo a su obra monumental, debió pensar que el totalitarismo de Hitler y de Stalin superaría al de Diocleciano, pero que después de ellos —volviendo a su paralelo— se lanzarían contra Europa los pueblos coloniales”.

Confirmación de que esos “pueblos coloniales” continúan a la espera de una oportunidad. Si bien Alemania y la URSS fueron pueblos dominados por este par de perversiones, sólo el alemán ha logrado desasirse del atraso, porque Rusia sigue siendo un país gris, aún aturdido por sus vicios anacrónicos y rencores contra Occidente, con un gobernante mafioso parecido a Stalin, con matices nuevos obligados por la modernidad.

No se equivocó don Mariano. En América esas potencias coloniales son ahora China, Rusia y la ruinosa Cuba, si atendemos a la ubre llamada Venezuela.

 

4

Como para dejar la espina clavada en la curiosidad, cito a don Mariano para empujar al lector a buscar este libro:

—¿Ha leído usted las novelas de Kafka y se ha perdido en una tarde oscura por los sótanos del edificio de la Unesco, en esta misma ciudad de París? A ambas cosas, aparentemente contradictorias pero muy reveladoras del alma de la época, compararía el nuevo Infierno. Es como la novísima cancillería del Reich con que soñaba Adolfo Hitler, y por ahí, sobre una poltrona, prueba su pipa el camarada Stalin. Vería usted, salpicados de la ceniza de sus víctimas, a algunos de los verdugos de Dachau y muchas de las gentes pálidas y adoctrinadas por las más cruentas ideologías de nuestro siglo XX. Menos lujuriosos y menos glotones que en la Edad Media (¡qué inocentes parecen hoy los pecados de la carne, y hasta el marqués de Sade no asusta a nadie!), pero abundan innumerables pecadores contra el espíritu. Ya sabe usted que los analfabetos van al limbo y puede ser la única ventaja de los llamados “países subdesarrollados”. En cambio el infierno se reserva para personas de gran lucimiento humano como el señor Rosenberg que era el filósofo privado de Hitler, el señor Ribbentrop que era su canciller y el señor Himmler que era su jefe de policía. Allá tendrán la oportunidad de hacer lo que hacen siempre los políticos que perdieron el poder: ejercicios de autocrítica.

Este largo segmento se ajusta a los muertos de cierta nombradía, quienes han dejado un largo rosario de dolores y cadáveres, hambrunas y demás abusos, entre ellos el recién cremado tirano de la isla de Cuba. Por supuesto, no debemos olvidar a su guerrillero “heroico”, a sus pares Videla y Pinochet, así como al hasta hace poco vivo Noriega. Sin dejar de mencionar a su hijo más joven, el de Venezuela, apostillado en una tumba desde hace ya varios meses. Y un poco más lejos los degenerados Mao, Franco, Pol Pot, Idi Amin, Ceauşescu, Kim Il-Sung y familia, Gadafi o Hussein. Todos ellos en cálida tertulia en el averno.

La voz de don Mariano pareciera calcar estos instantes en la Venezuela que dejó hace décadas. Su mirada profética contiene el peso necesario en la continuación del diálogo:

—Entiendo todo eso, pero ¿por qué mencionó usted en una imagen del Infierno, los libros de Kafka y los sótanos de la Unesco? Son obras de cultura, obras por lo tanto pacíficas, y no concibo que se aluda a ellas en un inventario de realidades infernales —interrumpí a mi interlocutor.

—Ha sido sólo una metáfora provisional. Kafka trajo a la literatura moderna la imagen del laberinto, de perderse no se sabe dónde, de estar acosado no se sabe por qué, o de que graviten sobre nosotros las culpas que no recordamos haber cometido. El personaje de Kafka puede acostarse hombre e inocente para despertar convertido en culpable, orangután o gusano. Y como los sótanos del edificio de la Unesco, el protagonista de la terrible novela El proceso avanza por un larguísimo, larguísimo corredor —un corredor que no se sabe si conduce a una puerta de salida o a la silla eléctrica—…

Aquí descanso esta lectura, con la idea de que si ven el libro en algún lugar, no vacilen en llevárselo. Es una joya que nos tiene reservado el olvido.

Alberto Hernández
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