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En caso de que todo falle

lunes 17 de julio de 2017

“En caso de que todo falle”, de Graciela Bonnet1

Para el momento en que entré a este libro, el clima no ofrecía nada gratificante. Comenzaba la tarde y el poema se contenía apretado en la pantalla: el título alteraba mi tranquilidad. En caso de que todo falle (Eclepsidra, Colección Vitrales de Alejandría, Caracas, 1997), de Graciela Bonnet, me sonaba como una despedida, como si una voz recurrente me espiara por la ventana y de pronto me sacudiera para decirme algo.

Y así fue: desde el primer verso, desde la primera línea, la voz oscura de este encuentro me hizo resurgir la inquietud. Pero fue muy gratificante saber que el fracaso, ese sonido repetitivo de la conciencia, transitaba por cada uno de los poemas que Graciela Bonnet acababa de entregarme como si se tratara de un secreto. Sí, un secreto que fui descubriendo en la medida en que iba leyendo cada oración, cada frase, cada asombro, cada golpe.

Cuando digo secreto expreso que este libro contiene uno: descifrarlo nos lleva como lectores a develarnos plurales, mayestáticos. Hacerlo con el yo que la autora asume como imagen, como intento, como sublevación, nos conduciría por diversos laberintos, caminos o estaciones donde ella —la poeta— se desnuda y se califica como una memoria capaz de saber que el pasado es sólo una parte, no del tiempo, sino de su presencia en el presente.

Ella, la voz a la que recurre, densa y sombría a veces, ayuda a convencernos de que quien cuenta una historia (en estos poemas hay una narrativa tan expresamente expuesta que la autora no vacila en verbalizar para abrir y cerrar una anécdota) se desvanece cuando los recuerdos armonizan con el olvido.

Toda creación es olvido. Recordar desde él, desde el olvido, crea el poema. El poema es el secreto: la forma de haber sido construido.

Y la muerte, esa contención, viaja cómodamente en él, en el secreto.

En el día que despierta con un eco.

 

2

Graciela Bonnet se mueve muy bien en la prosa. Navega por ella y llega a buen puerto. Crea tensión y muchas veces crispa saberse parte de ese instante, el de haber sido creado, el poema, para que el lector lo descifre.

Ya de entrada:

Soy la gran recordadora, la que hace los hilos de la memoria, la que teje la baba del pasado…

Es decir, la puerta se abre con alguien que tiene como fin entregarse en imágenes rodeadas de olvido, de tiempo: por eso, quien recuerda es porque ya ha olvidado y regresa al lugar donde el olvido intentó su afrenta.

La memoria, la que se recupera, la que provoca esa prosa apretada, delicadamente personal. Por eso las palabras se hacen un relato breve, poetizado, donde los ruidos de la ciudad —o sus silencios— recurren al mar a través de la memoria, de la que recuerda sin cesar.

De allí la primera persona tan marcada. Un yo poético que no se resiente a pesar de los tantos instantes convocados. Imágenes, sensaciones, texto imbricado. Y aparece Botticelli en una primavera que se tropieza con el otoño.

Entre tantos recuerdos, una voz se pregunta:

¿Adónde va lo que uno no recuerda?

Y otra responde: “…al pudridero, al basurero de la memoria, al cementerio de los recuerdos”.

¿Es la muerte la que aparece triunfal? ¿Se trata de un recuerdo saberse sin memoria? No obstante, en medio del relato, en medio del poema, un paisaje desvanecido. La casa, los objetos, los animados e inanimados. Las palabras, la orilla de cualquier revelación.

 

3

Olvidar es un tipo de exilio. El destierro de lo que se tenía guardado en la infancia, en algún rincón de la edad. “Desde que me recuerdo vivo partiendo, despidiéndome sin tregua”.

Ese “me recuerdo” significa irse a un adentro lleno de memorias, de tránsitos, de desplazamientos, de abjuraciones. Quien “se recuerda” hacia sí mismo admite que siempre está avisada de su sí mismo. Es el yo convertido en una capa que cubre lo que luego aparece como evidencia.

Nada tiene de extraño que quien recuerda, que quien hace de la memoria una recurrencia, no se vea más allá de ella, de la vida, del cuerpo vivo:

Estoy velando mi cadáver desde que me conozco.

La muerte, la eterna sensación frente al abismo, frente al farallón de la vulnerabilidad. La muerte: un siempre, un vocativo que se admite en vida, en la lectura, que también es una “recordadora”.

La muerte es una asignatura pendiente en quien la intenta estudiar para vivir.

Nunca se sabe mucho de ella. Por eso el ser se advierte muerto: ve su cadáver y lo convierte en palabras.

 

4

Insiste el olvido. Y aparece un país en el pasado. Un país perdido, como aquel paraíso que Milton enunció en su largo testamento. Un país desconocido, pero con ansias de recuperarlo. Un país que era un sueño, transformado en espejo de las noches, en reflejo de las madrugadas.

Y en la intimidad, la máscara, el travesti, el nuevo rostro, la concepción de otra soledad. Y un disparo en un dedo, en un índice, como síntoma de extravío, de falta de dirección.

Muchos son los asuntos que trata esta voz: la imaginación como recurso, la fantasía: la mandrágora, el unicornio, los gnomos, los brownies y la medusa, el rey Odín y la salamandra: el guiño de otro pasado, de otras creaciones, la mirada infantil, el regreso a la memoria primigenia, la de la casa y los pequeños secretos. Y una abuela árabe, quien le contaba de un hombre peludo, feo y vagabundo, el Gul, quien vivía metido en los frascos de los dulces, y cuando la niña metía la mano, el sujeto se la comía. Y los proyectos de sueños. Un invierno y el caos verbal se abrevian en la “Recapitulación de una mujer en moto”.

Todo lo anterior encerrado en un mundo oscuro, detenido. Un sueño largo que se propuso verbos, adjetivos, sustantivos, una sintaxis cadenciosa, ávida de seguir para depositar en la luz sus significados. Un sueño emergente, un largo instante:

Soñaré que encontramos una casa encantadora, abandonada, sucia, llena de luz entrando por las grietas de las paredes. Es una casa eterna (Deambulo cojeando por la madrugada. Ni siquiera puedo dar aviso, pues mi lenguaje se ha convertido en uno signos incomprensible…

Una afasia provocada por un viaje que toca a su fin cuando la voz alterna con la hora más tranquila:

La madrugada es verde como una botella.

El sujeto de esta aventura, de ese sueño, se resiste a estar en la misma quietud. Se sumerge y emerge:

Por último, debí haber confesado que guardé las noches que no quisiste ofrecerme en un hueco en la arena (…) Mis indolentes amigos que no vieron el fugaz centello de la salamandra al borde de la lumbre.

Un sueño simboliza, le añade al extravío las marcas que luego se convierten en imágenes, en palabras, en versos, en una suerte de resurrección, de vuelta a la que seguirá siendo la existencia. El ser jamás termina.

Amanezco y viene siendo como si durmiera.

Vuelve el día sobre el lomo de los poemas. El cuerpo vivo de quien los escribe, de quien se dobla para afirmar el lápiz o ver el paisaje de la pantalla llena de signos, de bosques, de pequeños animales, de gente que se aleja. De rostros al azar. Y una entrada:

Para mi suerte, la puerta de mi casa se abrió el día en que tú sabías y podías hacerme regresar…

El exilio interior dejó de ser. El sueño fue abatido.

 

5

En caso de que todo falle es un acierto poético. Una “narración” desde lo que podría decirse es la memoria, el olvido como recurso y la muerte: esa experiencia ineludible. O todo lo que envuelve el tránsito hacia otro tiempo.

Alberto Hernández
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