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Las paredes y el silencio

martes 25 de julio de 2017
Calabozo, estado Guárico (Venezuela)
Fotografía: cuentaelabuelo.blogspot.com

1

Habitantes de la intemperie, las paredes se resisten a revelar sus secretos. Las manchas, estatutos de un lenguaje preciso, argumentan los vocablos de los elementos.

La sal de la edad arriba ilesa a cada mensaje inscrito en esa instigación del tiempo. Cada ventana, puerta o grieta bajo el alero dignifica la edad que la imaginación transforma en propuesta estética.

Cada vez que el ojo se posa sobre esos muros, vuelven los ecos de quienes viven atrapados en ellas.

¿Cómo se mora en una casa donde aún se siente el aliento de los antepasados? ¿Qué tipo de señuelo necesitamos para atraer los nombres de quienes aún viven en el otro silencio? Figuraciones de los que en apariencia son los usuarios de la historia. Quizás un cuento contado al revés, o la expresión disimulada de la mirada que se instala sin preguntar qué espíritu canta detrás de ellas.

La luz de las ciudades donde todavía habitan estas paredes representa un ensayo para activar la memoria, un intento donde es imposible alejarse de su influjo.

Cada vez que el ojo se posa sobre esos muros, vuelven los ecos de quienes viven atrapados en ellas.

 

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Alterados por los años, los muros de la ciudad se hacen nombrar y detallar. No en vano cada pared, apostada en la costra de sus días, tiene garrapateada una dirección. Una calle, una carrera. Un cruce de vías y esquinas para detener el paso y saberse parte del paisaje.

Un bajío que da a un río o a una aguada. Algunos túneles amurallados con ladrillos donde rige el misterio y la curiosa simulación de los secretos del pasado.

Muchas plazas como muchas iglesias. Y con sus nombres, las sílabas que el viento coloca en cada recodo de la ciudad.

De eso hablábamos José Antonio Silva y yo bajo la sombra de un árbol redondo de la plaza Francisco Lazo Martí, una tarde en la que nuestro silencio también fue el lenguaje de las paredes apellidadas Ascanio, Sosa, Llamozas, Riani, Delgado, López, Manfredi, Loreto. Cada una de ellas, cada pared, dejaba ver el rumor de los siglos, los tantos siglos de esta ciudad siempre acalorada, síntoma y síntesis de una nacionalidad que irrumpe siempre sin ser convidada. Y muchas de las veces que dijimos José Antonio y yo aún vertebran nuestra fiebre por el silencio que esa tarde y muchas otras tardes nos alimentó.

Lo celebramos con la pátina de los aleros y las carcomas de las ventanas. Y allí estaban las marcas, las huellas, las manchas de un siempre que será siempre el siempre de quien supo darnos un pequeño terruño.

José Antonio Silva fue el cronista de las paredes. Cronista de sus mensajes. Sabía oírlas. Sabía copiar sus lejanos ecos. Yo lo oía carraspear y luego enarcar los ojos, aquellos ojos circulares y cósmicos que mi amigo usaba para leer cada cicatriz de las paredes y muros de Calabozo.

Pero no sólo revisaba y registraba las casas y sus paredes. También se reconocía en el diccionario de personajes que hacen lista de esta colonial heredad. Mi amigo, más bien mi hermano, sostenía el “señor viento” que el poeta Efraín Hurtado solía recibir en su rostro llanero. Y he aquí que también sabía de paredes, de muros y de los tantos silencios que lo albergan.

Otro día, porque todos los días son los días de salir y ver paredes, casas, rótulos y estaciones memoriosas, nos quedamos frente a los muros de la casa de Antonio Estévez. Casa donde hace cien años diera su primer concierto, su primera épica, su primer misterio, su primer escándalo gozoso. Y leímos José y yo el instante de aquel alumbramiento. Y lo celebramos con la pátina de los aleros y las carcomas de las ventanas. Y allí estaban las marcas, las huellas, las manchas de un siempre que será siempre el siempre de quien supo darnos un pequeño terruño, la patria chica de estas calles que lo nombran y a veces sin saber de quién se trata.

Y así lo hablamos mi amigo y yo. Y por allí apareció el maestro Estévez, con un bastón y el pentagrama de una obra dedicada al silencio.

 

3

Y llegado el momento de hablar con las paredes, también ha sido tiempo para hacer de las palabras la oración debida. La oración de todos, como decía el maestro Andrés Bello.

Me reconozco en las paredes. Detrás de ellas, la ruina, también la riqueza de tantas historias, relatos, amores, delaciones, caprichos, tentaciones, pecados, bendiciones, ruegos, deletreos, pensamientos, silencios, sí, silencios, todos los silencios que José Antonio ahora carga en su morral de viaje.

Por eso cuando estoy en mi ciudad natal, cuando paso la mano por las paredes de sus viejas casas, siento el silencio de mis amigos ausentes.

Y he aquí que también me apresto a decir de las tantas bondades de una mujer que miraba desde la cobertura de su belleza. En la casa que hace de Ateneo, la casa natalicia, la casa de Lazo. En esa casa, una tarde casi noche de murciélagos encendidos, Gisela Egui me tomó de un hombro y me susurró de su apego por el espacioso relajo de esos animales voladores, tan traviesos que esquivaban las paredes y las rozaban con una gracia en la que cabía decir que son la representación del asombro, una metáfora del abismo que somos, de las paredes que llevamos en nuestro interior, sin frisar, sin pintar, sin colocarle el nombre para identificar la casa.

La sonrisa de Gisela, nuestra amable dama de la cultura y la solidaridad, era parte de ese misterio que guardan nuestras paredes. Total: somos paredes, somos la escritura de esos lomos de concreto que a diario leemos sin darnos cuenta. Las paredes relatan historias, saben hacerlo. Cuentan las propias y las ajenas. Cuentan las de sus adentros caseros y las de sus afueras públicos. Pero sin dejar de contar, hacen del silencio el mejor de los mensajes. Callan para que pasemos, para que las puertas quepan en su anatomía. Para que sus ventanas, claraboyas y ojos sepan de la calle y sus andanzas.

Por eso cuando estoy en mi ciudad natal, cuando paso la mano por las paredes de sus viejas casas, siento el silencio de mis amigos ausentes, el temblor de sus cuerpos vivos en mi memoria, en los muros que contienen el poder de esta ciudad espiritual, abierta a los afectos. Y todo gracias a sus paredes. Al silencio que las contiene.

Ellos, José Antonio Silva Agudelo y Gisela Egui Hernández, son mi intemperie. Una razón para contar la historia, hacer de la crónica de sus huesos y cenizas el clima de este encuentro décimo que habrá de seguir siendo voz y silencio de su presencia permanente.

En esta vertiente de mi decir, una muchacha que también fue coloración de Calabozo, Gisela Gil Egui, quien desde la poesía que guardaba cerca se atajaba entre los solares de su infancia, los patios que revelaban las piedras de los ríos, el polvo de los vientos cotidianos, las paredes y los árboles, tan humanos que hablan bajo el cielo nocturno. Tan lenguaje que se silencian por respeto a nuestros ausentes.

Que sean estas palabras, rodeadas de paredes y silencios, un encuentro con mis hermanos de tantos años, Rubén Páez Díaz y Marcola Hernández, a quienes tanto quiero.

Alberto Hernández
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