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Textos del desalojo

lunes 31 de julio de 2017
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Antonia Palacios
Este volumen de Antonia Palacios contiene tres alientos poéticos ubicados entre 1973 y 1975: “Textos del desalojo”, con el que titula el libro; “Esta columna en vilo” y “Tiempo hendido”.

1

Antonia Palacios nos pone a prueba. Reta al lector y lo lleva a formar parte de su soledad. Y si quien lee esto no participa de esta sensación, es preferible que se haga esta pregunta: ¿cuántas veces se nombra a Antonia Palacios en algún rincón de este íngrimo país, ella, la solitaria, la enmarcada por su primera persona, por la sombra que la sigue desde nuestro silencio?

La lectura es prosa, oraciones, reiteraciones. Narra y ahonda en ella. Desde ella como personaje, como anfitriona de la atmósfera que la rodea: la poeta venezolana viaja con nosotros. Nos enseña su yo desalojado, desterrado, como si una hipnosis sorpresiva nos tomara en la página que estamos a punto de leer.

Se adentra: la densidad de su mirada nos conduce por Textos del desalojo, publicado por Monte Ávila Editores en Caracas en 1978.

Son poemas de habla: dicen desde el silencio de los objetos, que no están en sus palabras. El entorno está ausente. El desalojo es espiritual, la muerte como sílaba pendiente. En estos desalojos, ella, la mujer que habla o silabea, la creadora de atmósferas densas donde habita el vacío, escribe desde la paciencia de Job (tres epígrafes bíblicos suman a este personaje).

Ella reza:

Se llevarán todas mis pertenencias, todas las ofrendas.

Así comienza el despojamiento, especie de ocupación total, absoluta, vital:

Me irán despojando de todo, del aire, del reflejo, de la forma. La hora será cóncava, el cielo será cóncavo, la tierra abrirá su cráter cóncavo en la última ofrenda.

 

2

Este volumen de Antonia Palacios contiene tres alientos poéticos ubicados entre 1973 y 1975: “Textos del desalojo”, con el que titula el libro; “Esta columna en vilo” y “Tiempo hendido”: un recorrido por el ser de una voz que se recoge en palabras, en una sola voz continua: un recorrido nada sinuoso, vertebrado por la soledad como tema, la muerte como designio.

En una letanía vertiginosa, en un palabreo sin descanso, se dilata:

Este zigzag del viento, esta lanza del aire, esta sombra. Esta voluptuosa agonía del instante, esta avivada memoria, esta lágrima que brota, esta lágrima que cae, este humo que se levanta, enarbolado mástil, esta moneda oscura, este origen, este azar, este horizonte ajeno, esta sombra, esta sombra. Esta avidez del instante, disminuida memoria, esta petrificada lágrima, esta sombra, este cerco, esta sombra. Esta fragilidad del aire, el titubear del viento, viento que titubea, volcán dormido, volcán en vísperas, este encorvado pesar, este punto arrasado, este infinito verano, esta sombra, este cerco, esta sombra. Este animal sangrante, esta sangre disgregada, estos pies, estas manos, estos ojos, este cerco, estas distancias. Este recibir del viento, este negar del aire, este pulso acelerado, esta inmóvil pulsación, este cielo tan alto, esta tierra sin cielo, el aire que se columpia, el viento que se desgaja, este rígido informe, este cerco, esta sombra, esta sombra.

El lector, agobiado, lleno de imágenes, se aproxima al mismo tono, lo calibra, lo usa como herramienta de desahogo. Leer a Antonia Palacios en este libro contiene una solicitud, un embargo latente: ella está allí, no se desprende de su ser. El yo enmascara el tiempo, lo hace un instante. Se hace silencio:

De un espacio su silencio, los espacios de silencio, y esperando, escuchando, respirando, dividido hasta el aliento, perseguida, más aprisa, más aprisa, las mareas y los sismos, los derrumbes, tolvaneras, y los días sin sustancia desmayando. ¿Quién se pliega, se deshila, se silencia, en la fiebre de la duda?

El poema en movimiento. Es movimiento: se desplaza en el yo y lo fortalece. El ser desatado, para ser otra vez otro: “Invéntate de nuevo” (…) “Digo con voz de nadie”: dos poemas separados que se hacen uno complementario. Por eso: “…la misma en la inmóvil dimensión de la sombra”.

 

3

Aparece el cuerpo, otro plano: el ser desalojado, el cuerpo habitado:

Abro mis manos, vuelco hacia arriba las palmas de mis manos. Alzo mis brazos, los excesos del cuerpo los levanto desde el fondo (…). Descubro los designios que mi cuerpo señala, círculos sin rumbo. Mi cuerpo erecto, mi cuerpo inmóvil mi propio tacto, mi propio apoyo (…), la secreta unidad de mi vientre allá en el fondo… Mi cuerpo erecto. Esta columna viva… Esta columna en vilo…

El cuerpo es una instancia, un lugar, un instante, “la casi muerta respiración”. El cuerpo que vive en un “desierto extremo”, el cuerpo que desaparece, que tiende a ser desalojado, recreado en muchas muertes, una contradicción, una negación:

Estoy muriendo. Estoy muriendo de una muerte lenta, callada, sin ruido. Estoy muriendo sin morir. Estoy llena de muertes (…). Y de pronto parece que ya no estoy muriendo. Que he alcanzado a la muerte sin morir.

 

4

El tiempo se expande. El cuerpo atiende a su llamado. Moldea el momento. El cuerpo físico, sustantivo, terreno y aéreo:

De rodillas te presiento, yo, la extraviada, y tú dejas al desnudo este muñón de ala ya petrificado.

Tres oraciones conjuntan el asombro en el lector:

No dejes que te roce el borde de la sombra

(…)

Iba pasando por antiguos cielos bordeando siempre las orillas del duelo.

(…)

No me sublevo en mi largo reposo.

 

5

La lectura se cierra, la soledad no atenúa la densa armadura del texto. Antonia Palacios converge con el ánimo del despojo absoluto, así:

Al principio éramos muchos. Andábamos dispersos, intentando tocarnos, escucharnos. El sitio era muy vasto y apenas alcanzábamos un leve roce, un fugaz acercamiento. Algunos se escaparon. Otros comenzaron a ignorar los elementos, comenzaron a cambiar costumbres tanteándose en silencio, ciegos y sin aliento. Después fuimos muy pocos, apenas dos o tres, muy juntos y temblando. Al fin tan sólo uno. Uno tan sólo. Y la febril espera comenzó a extenderse por encima del desierto.

Alberto Hernández
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