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Cuerpo en la orilla

lunes 14 de agosto de 2017
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Flavia Pesci Feltri
Cada vocablo que pronuncia la autora de Cuerpo en la orilla, Flavia Pesci Feltri, lleva una carga de pérdida. Fotografía: Librería Sónica

1

Se lee con el cuerpo suspendido. En medio de la confusión. O del silencio. Decir “cuerpo en la orilla” supone un estado de abismo: alguien mira desde la altura su cuerpo balancearse, hacerse “la génesis del caos”.

Cuerpo en la orilla (Oscar Todtmann Editores, Caracas, 2017) se admite resistencia ante el vacío. Cada vocablo que pronuncia su autora, Flavia Pesci Feltri, lleva una carga de pérdida. El cuerpo como fracaso: “listo para ahincarse / desgarrar / llevar al vertedero / los despojos que soy”.

Son poemas ahogo. Cortos, cortantes, vaciados con emergencia, casi atoramientos interiores que brotan carnales, sufrientes, aturdidos por la piel que los cubre. Poemas corporales, adentrados por sombras, gritos, susurros, temblores.

Un deslave emocional que muestra suturas. La que escribe se dibuja en partes, en pedazos frente a un espejo, frente al mismo texto que le sirve de reflejo, de hondura, en busca de auxilio:

mi cuerpo en trozos
júntalos
únelos.

Y hay otro cuerpo, el ajeno pero que ha llegado a pertenecer a la voz que habla. Cuerpo alejado, el cuerpo otro: “tu cuerpo / cuenco para mis huesos / eco de mis temblores”.

Poema de un amor, pretendido juntamiento en el que las heridas no han logrado curarse, envueltas por “miserias inconclusas”.

¿Qué corriente admite estos poemas en los que susurra una voz casi lejana, pero que no se deja sofocar pese a la pérdida del vigor existencial?

Un texto que redondea el abandono o el olvido:

fui ceniza
al alcance de tu boca
soplaste.

 

2

El poema, destierro al fin, huye desde adentro. Pocos versos —que imaginan su destino— irrumpen con tanta fuerza desde sus vocablos. El cuerpo se anima, responde. El poema lo ayuda, lo anima a vivir, a despojarse de ese interior sombrío. Escapa de las vísceras, de algún acantilado intestino, de algún lugar donde es imposible respirar:

brama el grito / entre dientes / lo detengo con la lengua / lo empujo hacia las encías / hago fuerza con el agrio aliento / lo venzo // pero pronto se desliza / por espalda caderas pies // ahora // soy un solo grito / lugar del gemido sordo / casa de abismo.

Eran versos. Ahora la dicción se hace más lenta. La respiración se atiene a la prosa, a las pausas requeridas para que poema y cuerpo se avisten en el horizonte. Se enuncia, se atisba desde la piel que lo conserva, pese a las heridas. Es la casa, los enseres, los objetos sensibles, el cuerpo que ansía echar afuera el lamento, el llanto y la contención de cada pliegue.

El sueño también interviene como una treta. No se duerme: “conviene cerrar los párpados // hora que todo oculta / todo lo muda // rincones sudan recuerdos / sus miradas vibran / en mi boca // sellan las dudas / me omiten / se van”.

Siempre es un borrón, un desplazamiento. Se hizo ceniza y fue soplada: ahora “me omiten”. Alguien lo hace, ¿el poema o alguna similitud áspera, humanamente áspera? ¿Quién anda de puntillas en estos poemas?

unos huesos a la deriva / y en la penumbra / el silencio.

¿Quién se deshace en primera persona? ¿Quién dice desde sus propios escombros?

La orfandad de quien no se nombra se sublima mientras insiste en la ausencia.

Una respuesta: “no vine a recoger los restos (…) sólo estoy para sellar recuerdos”. Y más adelante: “no hay cuerpo dispuesto”.

Dejado atrás ese quicio, otro mensaje en prosa, y luego en brevedad el mismo asunto: “mi hermana me recoge / con su delgado / hilo de voz”. Esa delicadeza perturba, despoja al lector del instante de su propio descuido, de no estar porque ha sido arrancado también de su morada temporal, de su espacio, de su cuerpo, y aparece un sentimiento, una hendija por donde se mira la infancia, el pasado, el vacío de alguien o por alguien:

los ausentes conocen de esta nostalgia // reencarnas / repetida muerte / de un cuerpo fortalecido / en su letargo / sin tiempo.

 

3

La orfandad de quien no se nombra se sublima mientras insiste en la ausencia. Prosa el instante, lo deja a juicio de quien en silencio se aproxima y niega a quien se ocultaba: “aquella exactitud que no pudiste ser”. Un reclamo que se desplaza hasta otro recinto del libro: “no hay posiciones / sólo la de la muerte boca arriba”.

¿Cuántas orillas permanecen en el cuerpo? ¿En qué lugar del cuerpo se nombra esa orilla?

La imagen contiene dos cuerpos: un lecho, una cama que destaca la soledad, y ella, la imagen, también es oración en la voz de ella, la que busca, la que hace equilibrio con los ojos puestos en el vacío: “puedo ser suave cuando quiero / olerte sin que lo sepas / andarte (…) soy esa voz que tiembla / por los rincones de tu cuerpo”.

Eros es un precipicio, una orilla que regresa este eco: “alójame en tus sentidos (…) plántame / entre tus piernas” y “despierta a la desterrada que hay en mí”.

¿Cuántas orillas permanecen en el cuerpo? ¿En qué lugar del cuerpo se nombra esa orilla? La poesía, el lado del deseo y la herida que consume: “deslízame sobre la otra orilla / atraviésame (…) sea mi boca para envenenarte / mis brazos tres veces te enlacen / mis piernas tu poder amarren”.

Después de todo, no hay quien desdibuje esa orilla. El cuerpo está en ella. Es ella.

Alberto Hernández
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