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Daño oculto

lunes 21 de agosto de 2017
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“Daño oculto”, de Georgina Ramírez1

Hay versos que asoman destierros. Naufragios que habitan la sombra de quien se desplaza hacia otros confines. Y hay anatomías que se duelen desde la hondura del mal que ha sufrido esa voz carnal: la poeta, quien articula huesos y músculos para revelarse en una línea, inicio de una aventura sonora cuyo título nos aproxima y nos aleja: Daño oculto (Oscar Todtmann Editores, Caracas, 2015):

Soy inmigrante en mi cuerpo.

Esta afirmación tiene límites en Georgina Ramírez, quien se añade a “apenas una sombra / un breve instante si te nombro”.

El poema, ese temblor que no avisa, se advierte en los dedos que lo trazan. Es tan personal que anuda la entonación a la “vastedad” que podría contenerlo:

Me hago ceniza entre tus manos // etérea / vulnerable // y tú aún // me presientes // infinita.

No cabe duda de que hay alguien más en estas letras. Ese “tú” adviene del yo enunciado en el primer verso de Daño oculto. Ese tú podría ser (aunque también una ventaja) quien cause el daño y quien además provoque su ocultamiento, “la soledad (que) hoy me queda grande”.

Daño, abandono, desprendimiento, amputación. Parte del cuerpo interior lastimado:

Voy mutilada
sin esa parte de ti
que ocupaba el centro de mi carne.

 

2

Y así como hay rasgaduras interiores, grietas por donde pasa el dolor, igual sucede con “ese abismo que separa”, que aturde, que ya no es instante sino larga ausencia.

Un símbolo, la bestia que engulle, que anida en el mismo ser. En “Mantis” habita esa rasgadura, imperativo del sufrimiento. El poema se sostiene y aviva la emergencia del lector:

…la lengua devora todo esto / cae rendida ante el follaje / perece // Hay presas que merecen ser mordidas.

Tiempo y voz, ingrimitud, palabra oculta. La presencia física de quien afirma y confirma su ausencia. El texto está libre de retazos o tejidos innecesarios. Dice mucho más desnudo:

Silente / te escondes // detrás de mi cuerpo // Alma de niña / juega sin miedo // El viento / se ha ido.

Queda un eco vibrante. Insiste el abandono, el amor perdido, ajeno a quien ha sido dañada, malograda internamente. Un poema de amor que se borra con la lentitud del mismo dolor, que elabora sus propios códigos para relajarse y hacer parte de la misma pasión escondida, porque todo daño atiende a la pasión de alguien: a la de quien sufre el daño como a la de quien lo causa. Son dos inflexiones, dos tensiones. Dos daños: quien daña se daña. Quien oculta se muestra.

Te aprendí
en todos los idiomas
hasta el peso exacto de tu cuerpo
(…)
sólo la nada
me pertenece.

La pérdida, la sombra de lo que quedó. La nada con un ser que la cultiva.

Animada por la voz de Alida Ribbi, la poeta encuentra otro calor, otro nombre que no nombra para que la haga, la toque, la cultive. Ribbi auxilia: “Cuando la nada sirve de algo / el bosque / sucede por dentro”.

Y Georgina Ramírez le responde:

De este lado de la noche / otros dedos tejen mi cuerpo / y sin ti es sólo silencio // distraigo la mirada // Intento hacer de ti una metáfora…

Esa nada, ese nadie, esa ausencia como figura retórica, como herramienta literaria. Es sólo un recuerdo que duele, que hiere, que daña. El poema es el puñal.

 

3

Herida abierta. La piel rasgada: la de los adentros, la que no atiende a la luz de la calle, a los semáforos. Es la que se cura con tratamiento, con “puntos de sutura”, con cirugía verbal, porque “Amor sí lo era / Dos cuerpos callados / ya no atentos al roce…”, el pasado, y dos versos un poco más allá de las punzadas: “Aún el espejo / no te encuentra”. La pérdida, la ilusión, voz sacudida.

La poesía puede aturdir. Avanza como un insecto sobre los pliegues del espíritu, y allí reposa para luego advertir que está preparada, impronta al fin, a salir con toda la liviandad o el peso de su osadía. Quien se instala en el poema para hacer poesía deja el rastro de su ocultamiento, da a conocer sus secretos, sus dolores y frecuencias al espejo para mostrar el rostro, el que cambia a diario, el de la vida y el de la muerte. El que acoge una sonrisa o una mueca.

Un texto se elabora para decirse a sí mismo. A él mismo. Luego aparece un lector y lo pronuncia, lo transgrede, lo mastica, lo hace parte de un ocultamiento, de una marca que ahora es tejido público:

La herida en el costado
sostiene el misterio
la huella
que conduce al poema.

El poeta argentino Jorge Aulicino afirma en una entrevista: “El yo es una licencia que ha creado severos malentendidos. Quien habla en el poema puede tomarse legítimamente como personaje, no como el autor que lo pone a hablar”. Es decir, la poeta Ramírez habla por alguien que podría ser ella. O un ella que la refleja. Es su propio personaje en el poema. O un personaje ajeno en su poema.

Ese yo convertido en otra persona sigue siendo él (ella), el yo explícito, que se hace implícito cuando el poeta asume el papel de eco o reflejo. Contradicción, como todo reflejo: el poema no es el poeta. El rostro que se mira en el espejo no es el rostro que admite el reflejo.

Una cicatriz es un reflejo, un recuerdo de lo que dañó, del arma que hizo el daño, por eso fue ocasión para que nuestra autora dijera: “Hay recuerdos que no saben despedirse”. La cicatriz, la sutura continúa siendo un tiempo presente: se repite en alguna ausencia: “El espejo es orfandad”. El poema es ese espejo, también la orfandad, el deseo de que el cuerpo sea real en la luz y en la sombra, “tallado por la oscuridad”.

 

4

Cierro esta lectura, esta duda, porque toda lectura duda de ella misma, con “Las brechas de una herida”, uno de los últimos textos de Georgina Ramírez en este tomo:

Como vestigios en las manos
los hijos
que de tu vientre
abortas sueños
para borrar el hambre
servida en la mesa

cómo alimentar las fuerzas

arrancar una sonrisa al mundo
que cubra el rostro
añejado en miseria

contienes el miedo que refleja el espejo

ellos te esperan
para dividir el pan
como en mesa de Cristo.

Alberto Hernández
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