Registro: esta es una novela donde los personajes se mueven como ausentes. Es la guerra. Es el fascismo. Es Italia, y es Natalia Ginzburg la autora de Las palabras de la noche (Pre-Textos, Narrativa, Valencia, España 1994). Y es la sutiliza de quien camina por una calle y no ve muertos tirados en las aceras ni estandartes y ni el saludo romano traído a aquel presente por Mussolini. No. Es una novela donde la palabra no es sombría. Es auroral, pero se hace la noche y nada se oye.
Y es la inocencia de una voz que muda de paisaje.
El ocaso se formula en el silencio.
Una burguesía enclaustrada. Unos hombres y mujeres que regresan de la guerra y se antojan de seguir siendo relatores de una orgullosa delicadeza que crispa a veces al lector. De una ruda propensión al descuido espiritual.
Unos empresarios que anidan en sus mansiones. Y unos pobres que comen o dejan de comer. Que no ahondan en su hambre, pero sí en las murmuraciones. Una novela provincianamente universal porque toca la sensibilidad de quienes pasaron por esa crisis, madre de muchas crisis: el horror del fascismo como si éste no hubiese pasado por algunas vidas, pese a ser la llaga que los desaparece.
No relata la autora las atrocidades de ese tiempo. Pasa rozando algunos detalles. Ve desde lejos lo que los personajes murmuran, hacen rodar en sus comentarios. Matrimonios fracasados. Olores domésticos. Amores infundados. Exilios, abandonos. Hipocresía. Abatimientos. Traiciones. Todo con mano sutil, suave, como si el mundo no girara. Como si los pájaros colgaran del cielo.
Natalia Ginzburg tiene la virtud de acomodarnos sobre sus páginas y dejarnos seguir como en una balsa sobre un río manso. Es una lectura sin sobresaltos. No sorprende: ensimisma. Deja vacíos, agujeros por donde entran y salen los buenos y malos sentimientos.
Las palabras de la noche no es lectura para momentos agitados. O sí, es para momentos agitados. La contradicción también embarga estas páginas. Pero el corazón no se agita. Las pulsiones son sosegadas.
Una novela que sostiene la tensión y trata de entender que en medio de una crisis también es posible aprender a respirar.
Poeta, narrador, periodista y pedagogo venezolano (Calabozo, 1952). Reside en Maracay, Aragua. En 2020 fue designado miembro correspondiente de la Academia Venezolana de la Lengua por el estado Aragua. Tiene un posgrado en literatura latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar (USB) y fue fundador de la revista Umbra. Ha publicado, entre otros títulos, los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Nortes (1991), Intentos y el exilio (1996), Bestias de superficie (1998), Poética del desatino (2001), En boca ajena: antología poética 1980-2001 (2001), Tierra de la que soy (2002), El poema de la ciudad (2003), El cielo cotidiano: poesía en tránsito (2008), Puertas de Galina (2010), Los ejercicios de la ofensa (2010), Stravaganza (2012), Ropaje (2012) y 70 poemas burgueses (2014). Además ha publicado los libros de ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981) y Notas a la liebre (1999); los libros de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994), Cortoletraje (1999), Virginidades y otros desafíos (2000) y Relatos fascistas (2012), la novela La única hora (2016) y los libros de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999) y Cambio de sombras (2001). Dirigió el suplemento cultural Contenido, del diario El Periodiquito (Maracay), donde también ejerció como director, secretario de redacción y redactor de la fuente política. Publica regularmente en Crear en Salamanca (España), en Cervantes@MileHighCity (Denver, Estados Unidos) y en diferentes blogs de Venezuela y otros países. Sus ensayos y escritos literarios han sido publicados en los diarios El Nacional, El Universal, Últimas Noticias y El Carabobeño, entre otros. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al italiano, al portugués y al árabe. Con la novela El nervio poético ganó el XVII Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (2018).