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El médico chino

martes 12 de septiembre de 2017
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“El médico chino”, de Blanca Strepponi1

El lector que tome este libro en sus manos podría llegar a pensar que se trata de un volumen de consulta sobre medicina oriental. Y más si se concentra en la portada donde un asiático hace masajes con los pies a una paciente tirada en el piso, mientras unos niños —también orientales— observan el evento curativo.

El médico chino, de Blanca Strepponi, publicado por Monte Ávila Editores Latinoamericana en 1999, contiene doce relatos de temas variados.

Con este título obtuvo el Premio Alfredo Armas Alfonzo 1995.

Pues bien, el lector podrá encontrar sólo un relato donde aparece un asiático que practica la medicina. Hay otros que podríamos denominar domésticos, anclados en una casa o apartamento, también relatos de viajes donde la mirada del narrador incita al lector a conservar la memoria de quien revela un paisaje o el comportamiento de un sujeto.

Es un tránsito por la anatomía de la ficción en la que no dejan de estar, como suele pasar, algunos rasgos personales de quien nos ha traído hasta estas atmósferas.

La narradora, nacida en Buenos Aires pero con profundos arraigos caraqueños, nos conduce por distintas emociones a través de un discurso abierto, sencillo, despojado de adornos y en el que la cotidianeidad nos dice de la preocupación de Strepponi por sus personajes, por perfilarlos en complicidad con los lectores.

La belleza como tópico, la enfermedad, un masaje que permite alcanzar el conocimiento del otro, la narrativa de la mirada desde un piso muy alto en el que convalece un amigo, el diálogo que precisa el detalle fotográfico para hacer de unas orejas un símbolo argumental.

Esos temas, esos asuntos se contextualizan en El médico chino y logran la cercanía con un lector que, muchas veces, en otros autores, no puede codificar lo que éstos quieren decir.

En este caso, el lector se pasea por un discurso tenue, desnudo, abierto y receptivo.

Blanca Strepponi tiene la gracia de atrapar a quien se sumerja en su hermosa aventura narrativa.

El tejido de estos cuentos —poéticos si se quiere— forma parte de nuestra vida diaria. Una felicidad al contar se siente en cada párrafo, en cada relato. Su poética es una manera tradicional de narrar combinada con guiños vanguardistas, amparada en una realidad envolvente.

Una combinación de estilos formales que no desvía la calidad de cada uno de los relatos: si bien sentimos una vinculación entre ellos, el mismo texto amplía sus posibilidades expresivas.

 

2

El primer cuento se desarrolla en una playa en la que un grupo de venezolanos se encuentra con unos judíos norteamericanos aspirantes a rabinos. Uno de los personajes, quien ha buscado posar su fe en muchas manifestaciones religiosas, se emociona ante la presencia de los jóvenes judíos en esa parte de Venezuela. Asiste con su compañera, quien tiene sangre hebrea, pero no practica los rituales, a una cena en la que descubren la manera de actuar de los hijos de Abraham.

Una visita a un médico. Preguntas, consejos. La despedida. Y Polonia como un retrato.

Estos textos de Strepponi son relatos límite: una mujer entra al quirófano: la narradora indaga en los miedos de la paciente, quien luego despierta, ya operada, adolorida, pero dispuesta a soñar. A vivir, a ser real.

Un relato donde lo extraño se torna cotidiano: sueños, un astrónomo, la referencia a Carroll. Un beso: despertar. La niña que se encuentra con la historia en los libros ilustrados. Un juego de ilusiones.

Una carta: Escocia como referente. Aviones, el miedo. Y la espera de una respuesta.

Una visita a un médico. Preguntas, consejos. La despedida. Y Polonia como un retrato. En la calle, “el sol intacto radiante y el verde salvaje de los árboles que la recibieron sin contemplaciones”.

Dora visita a una mujer que garantiza sanaciones. Atiende a sus “pacientes” en el balcón. Un diálogo, a veces agradable, otras veces incómodo para ella, transita por el relato. Un masaje para revitalizar el tratamiento. Y el balcón, el lugar de la felicidad de quien ha hecho de su vida un paseo por el cuerpo ajeno. Pero es el balcón el punto donde la cita se convierte en muchas confesiones.

Un frasco de vitaminas. Dos personas en una cocina. El trabajo. Dos voces. Las vitaminas. La realidad tan real y tan solitaria, como la casa. El arraigo del silencio.

El convaleciente Javier: Caracas, Parque Central. El cansancio del enfermo. Una visita. La despedida. Y el médico chino, a continuación, con su manera de sanar: una aguja en la frente y la extrañeza de la paciente. La salida del consultorio.

Un pintor de gran cabeza ante las igualmente grandes orejas de una mujer. Comparan sus dimensiones. Juegan con ellas. Admiran sus hipérboles anatómicas. Él dibuja las orejas de la mujer. Las encuentra hermosas. Unas fotos. El nombre del personaje: Asia. Y una declaración final:

Un profundo suspiro surgió de Asia. Luego anunció: “Me siento fatigada”. Y Head le contestó: “Yo también, te amo demasiado”.

Tres instantes en alemán. Un viaje a ese país. El recuerdo del origen. El río, su travesía. La belleza, la fealdad. Memorias de la guerra. La reconstrucción de un mundo. Un símbolo: un candelabro judío. Pero antes el cuento de los siameses. Y una explosión: en el epígrafe, Adolfo Hitler.

 

3

Siempre hay un encuentro y una despedida en estos relatos. Entrada y salida. Y la permanente búsqueda de ese quién soy, de ese de dónde vengo y hacia dónde me dirijo.

Estos doce relatos son muestra evidente de que la realidad tiene su origen en la imaginación.

Estos cuentos de Blanca Strepponi suponen la vaguedad de la existencia. Eventos que no suscitan ninguna sorpresa. Experiencias que descorren parte de la otredad de quien nos cuenta y nos acerca a su propio devenir, al vivido en la realidad y al vivido en la ficción, porque un narrador, como un poeta, enfrenta sendas personalidades. O al menos hace de su vida una ficción memorable.

Estos doce relatos son muestra evidente de que la realidad tiene su origen en la imaginación. Y muchas veces son los personajes quienes imaginan al narrador.

Alberto Hernández
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