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El desolvido

martes 19 de septiembre de 2017

“El desolvido”, de Victoria de Stefano1

Aparecen y desaparecen. Se recuerdan. Se olvidan. Se borran con el tiempo: los personajes suelen ser así, tachaduras, manchas en la memoria, olvidos, pero también “desolvidos”, recuerdos que saltan de un lado a otro con distintos colores, diferentes tonos. Variaciones temporales.

La palabra “desolvido” se recrea sola. Ningún diccionario la contiene. Ella vive íngrima, aislada, es parte de la zozobra del olvido. Es un sonido delicado sobre todo cuando se siente que no está, que no es ella, sino un sentimiento, una hondura de los acontecimientos pasados convertidos en diferentes presentes a través de la literatura, la maestra en traer todos los tiempos a la inmediatez, al momento de la lectura, a la fijación de los eventos que se habían quedado atrasados, como un viejo reloj.

El desolvido (Literatura Mondadori, Caracas, 2006) es una novela que lucha contra el olvido. Es la novela de Victoria de Stefano que insiste en no dejar atrás nombres, apellidos, lugares, dolores, muertes, sobre todo muertes. Como otras anteriores, se trata del país que se mantiene inquieto en los sueños, en una realidad perturbable, incómoda.

Quien lea esta historia conocerá la Venezuela de un pasado donde ella, la narradora, la novelista, la escritora, estuvo inmersa. Sus sentidos siguen puestos en ese tiempo que no se olvida, que se trata de olvidar pero que renueva concepto, contexto y revisión permanente, porque la memoria es una máquina que elabora imágenes, las deconstruye y vuelve a armarlas como un rompecabezas.

 

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Victoria de Stefano es una memoria. Incansable memoria de su pasado. Forma parte de una generación, como bien lo afirma Jesús Sanoja Hernández, en la que también estuvieron y escribieron Argenis Rodríguez, Ángela Zago, Adriano González León y uno que también se las jugó y era de una generación anterior, Miguel Otero Silva. Generaciones que recogieron los restos de un país violento, románticamente violento que arribó al fracaso y allí se detuvo, a relamerse las heridas, a convertirse en referentes de una aventura que hoy día es una pesadilla.

No es una novela testimonial. La ficción se la toma en serio. Es una novela en la que los personajes forman parte de una técnica: no son una línea que continúa colgada de la anécdota. Se mueven, se disgregan, se vuelven a encontrar. Es una novela que experimenta con el lector. Una novela para novelar. Para crear lectores. Una novela que narra desde su propia condición de narración. Que se hace personaje desde la narración.

 

El desolvido es el momento de un país alzado en armas, un pequeño país de románticos que tomaron la violencia como bitácora y terminaron derrotados por ellos mismos.

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Se podría afirmar que los personajes, náufragos de una historia poco conocida por quienes no han leído nuestra historia contemporánea, están limitados por la decadencia en que se convirtieron. Son el contexto de una anécdota que aún no termina de fraguar sus límites.

Es el relato de aquel país que desembocó en este. Durante casi cuarenta años fue un país cuya ficción era una referencia, una mueca, un silencio cuyo ruido logramos captar al final de la partida de quienes ya muertos siguen dictando pautas utópicas.

El desolvido es el momento de un país alzado en armas, un pequeño país de románticos que tomaron la violencia como bitácora y terminaron derrotados por ellos mismos, por sus vicios, por su holgura, por la falta de planes, porque el tiempo los agotó y los destruyó.

Es la novela de un país que no termina de curarse.

Alberto Hernández
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