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Vigilia en la desmesura

lunes 25 de septiembre de 2017

1

Una pregunta previene la indagatoria de la primera parte del libro, “Valle”. Una pregunta que tiene como antecedentes dos líneas que sostienen la existencia o el misterio de no ser:

Las negaciones / prohíben respirar.

Y

¿Desde cuándo perdimos las metáforas?

La respuesta se afinca en el silencio. Se queda detenida sobre el mismo cuerpo de lo que podría ser un símil sin la atadura de la comparación. Una metáfora sublima, aguza los sentidos e interpreta a quien la lee o la inventa.

Alguien que esté atento a esta interrogación, a estos signos visuales, podría seguir la ruta áspera del ruido. Una metáfora es una conmoción, un reflejo. Una definición. La pérdida de su espacio estará en el ahogo. En el hecho de dejar de activar los pulmones. Es decir, en el fisiológico hecho de morir. La muerte podría ser una metáfora si no fuese porque ella misma invoca su presencia para respirar, para decirse parte de la escritura o de la vida diaria. Quien vive metaforiza desde el lenguaje y desde el silencio.

Una suerte de heredad, de legado, el andar por la tierra, hace del ser humano la forma que lo descubre. Un cuerpo, un sendero. La carne y los huesos ambulan por la memoria: se aposentan en la mirada de quien siente la respiración del otro.

El poema a veces tiene largo aliento, de allí que viaje en este libro de Héctor Aníbal Caldera, Vigilia en la desmesura (Oscar Todtmann Editores, Caracas, 2017), cuyo título adelanta la aspiración de quien seguirá la ruta de una calle, el perfil de un paisaje. Ese “Somos el valle / —otro resto— / y no yo // peatón / intrascendente”.

El clima público revela el carácter de algunos de estos textos que hoy se acercan a éste que los toma y estruja. La realidad (a veces tan odiosa por lo que representa y nos dice) no hace turno, no se alinea en la cola: irrumpe y habla a gritos cerca de los oídos de los transeúntes, de los descuidados que caminan fuera del rayado o se “tragan” la luz del semáforo o hacen de la ciudad el reptil que siempre nos golpea con la cola. El trozo de consagración nacional: esa escasez dialógica, porque tiene dos orillas, poder y ciudadanía, que corrompe el espíritu.

Misión:
Apuntes del diácono en su labor Vivienda:

Vejámenes
desde PB hasta cada descocada pared
Anatemas
entre los balcones inexistentes
Violación
a la intemperie de cualquier altar

Afuera
la soberbia celebra nuestra Distracción:
Como vecinos
a contragolpe
seguimos empantanados
en complejos
de vieja data
coloniales
heroicos
con su indígena
mulato o criollo
pidiendo
en cada vereda
de nuestra psique

No es una epifanía: la vigilia es un oficio. Desde el punto de esa “misión” la voz crítica, levantisca, que es parte y contraparte. La desmesura podría ser la realidad. O la búsqueda de ella sin encontrarla con omnívoro ahogo: “la tradición hace oxígeno”, y así sin ningún retardo “ser cruel con quien anhela (…) mientras se prohíbe escuchar / los huesos de mi ciudad”.

La pérdida de la metáfora está en ese indicador: el poema viaja, se vacila la realidad, la convierte en espacio de visión y respiración hasta convertirse en “el único verbo mandante”.

 

2

La distancia geográfica no existe. La inventa el ojo. Quien vigila crea la distancia, la traza y la borra. El que se perfila ciudadano calcula la desmesura de sus “arrabales atribulados por las motos”, por la anarquía, el caos “al son del bochinche que traicionó a Miranda”.

Por eso la metáfora se ha convertido en un esputo, en un acento invasivamente extranjero.

La pregunta es lisa, “impertinente” a través de un “quiz”:

En otro día de múltiple elección: // un país que olvidó reconocerse / empoza complejos / pulveriza transparencias / se deprava al negarse / agoniza su adicto desprecio / anhela aceptarse / mutila los brotes tiernos / no ha sabido convocar sus entrañas / está entreverado por estacas / quisiera dejar su ignorancia.

La retórica literaria deja de ser una ventaja. Una herramienta. Es la herida abierta, el mapa cundido de alimañas. La poesía aborda con destreza la amargura de la ciudadanía, que no se queda en los pasos plurales de la gente. Él se aprehende de él, de un decreto que lo suma a “la tumba / de mi voluntad privada”.

Y cierra: “Hoy mi ciudad se pervierte / con el padre que nunca tuvo”.

Clara alusión al acontecer actual, a la fanfarronería idolátrica, al revestimiento de quien ambula rodeado por la neolengua y los desperdicios sociales.

 

3

La lectura es un tejido. Leo el libro como si fuese un poema. Entre nudos, alzamientos verbales, canutos de voces que se disipan y reaparecen animados por la insistencia del texto.

La segunda parte o respiración del libro da cuenta de “Vértigo”, y lo comienza también con varias preguntas, como un mareo constante:

“¿De dónde proviene la excusa / por qué resiento algo que sin saberlo no fue (…) de qué manera me suspenden las larvas de la duda? // ¿Y cuándo olvidé mis metras incapaces de juzgar?”. Reflejo de los anteriores poemas, éste se inclina por lo más abierto, más paisaje donde los pronombres se cruzan, se multiplican. El yo poético se resume en el tú y un él oculto, solapado. La frecuencia de los cambios enriquece el poema:

A mitad del tranvía / vienes a exponerme / con el hacha a cuestas (…) me resistía / entre la palabra negada / y las hojas resplandecientes…

Pero la metáfora, aquella que quedó atrás como interrogante, asoma su hocico frente al rostro del que vigila: “Me pregunto por el sentido de los argumentos / cuando tropiezo con tantos fallecidos (…) me limito sólo a comer sobras”. La voz es más directa, más cercana al mapa donde la poesía también es un cuestionamiento para el poder. El nombre del país aparece con el de otros que forman parte de las sombras, y la palabra se desnuda: “El renacimiento / en lo que tenga / de cultura / humanismo / creatividad / roce / hoy / Nigeria / Siria / quizá Venezuela / mientras la traslación continúa / sin aún haber aprendido de rotación / los mitos nos siguen fascinando (…) Hijos de la muerte / denigramos del sol…”.

De contarse las respiraciones seríamos más sensatos, menos sombríos entre tantas preguntas, entre tantos asuntos que agotan el oxígeno, el pulso de la vida:

¿Cuántas muertes se requieren de preludio / cuánta ceniza para nacer con franqueza?

La tragedia, la griega y la venezolana, la que no deja de agitar banderas, la que reclama y no es oída, la que oye y no reclama. La costumbre, el cuerpo sangrante de un muchacho, la iniquidad. La indolencia: “Desde hace rato no conmueve la muerte”.

 

4

El tercer aliento se titula “Albor”, y quien escribe pregunta una vez más, elude la respuesta y finaliza con “la mano extendida me rehace”, para cerrar con una muestra aforística en la que no dejan de estar presentes diversos temas que agobian al poeta, que lo persiguen con preguntas, muchas de ellas sin respuestas, porque no las hay.

Alberto Hernández
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