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La voz recuperada o la agonía permanente

lunes 2 de octubre de 2017

(Teoría del poema)

El poema indaga en la biografía. Se hace biografía. Paso a nivel, como la vida de quien se deshace de su traje y pronuncia una palabra desconocida. El poema celebra el tránsito del tiempo o lo hace parte crítica de su anatomía. De su respiración afanosa o casi perceptible. El poema desfila por la calle, por el barrio, por la piel de una mujer, invoca todas las reflexiones públicas y privadas.

Este ámbito toca la sensibilidad de Mario Amengual, acostumbrado a las lides de las muchas voces que a él recurren. A las tentaciones, pecados y virtudes que suelen estacionarse en su imaginación.

Esta vez, La voz recuperada (Ediciones del Movimiento, 2017), porque muchas veces se extravía, se pierde en la maraña de algún desvío o en la multiplicación de los caminos. O en la simplificación de las horas que lo atienden mientras aguza la mirada para revelarse parte del follaje de un árbol o de una multitud angustiada.

La poesía es también mucho olvido. Falencias y desventuras. La poesía es ese yo acalambrado, revestido de sensaciones o ensueños. Por eso nuestro autor recupera la voz, la ataja con sus inflexiones, verbos, pausas y agarraderos de los cuales se vale para no perder el equilibrio. Y aunque generalmente éste, el equilibrio, forma parte del diario andar, el poema (mejor, la poesía) se acerca como cuña, como restablecimiento de la cordura y de la demencia que bajo cualquier sombra se detiene.

El poema es una teoría silenciosa. No obedece a arrebatos ajenos. Es tan propiedad del alma que sueña oscura las más de las veces, y otras, recurre al filo de los días: el andar por las calles, la recepción de los nombres de la barriada donde nació el ardor verbal envuelto por las aventuras de la edad. Por los dislocamientos.

He aquí que “Debía perderme a mí mismo, / yo mismo debía ser una ofrenda”, afirma sin temor al “Comienzo del camino” quien no teme a decirse desde su más desvelado y develado yo.

La teoría del poema toma espacio en los yerros de ese yo:

Seguí pasos imprecisos (…) ningún mérito me enalteció.

Y como el poema se aferra a la poesía, el instante de su respirar tiene en el que la usa un asidero:

Creí que una página inspirada / podría resolverme.

Escribir poesía representa tener clara la percepción de la agonía. Aquí radica su teorética, la del instante, la de no tener tiempo, la de desgastarse una vez leído u oído de y en la voz que ambula o se detiene frente al asombro, razón por la cual “mantenía mi corazón en ascuas”.

 

(Práctica del poema)

La teoría se agota. Se desvanece en su propio ámbito. La voz debilitada, la que transige a veces con el ahogo, aparece en todos los lugares que pasarían a formar parte de una experiencia: alguien en el baño, en una esquina, en un bar, en una biblioteca, en la cama abrasado por una mujer. O solo con los pensamientos.

La teoría se pierde, envejece. El creador —aturdido por su yo— también se deshace. Y como una semilla regresa atraído por la luz mientras las sombras (la antigua tentación clásica) se adueñan de todos los sentidos.

El regreso, ese “Otra vez el reino del asombro y la celebración”, toma cuerpo en Mario Amengual. Podría ser en la plaza San Juan, en los barrios El Milagro o La Democracia, en Maracay. O en la ventana donde ha dejado parte de la piel cotidiana.

La mirada es tan real que se funde con la llegada del fraseo, el recuperado “de lo más hondo de uno, / de donde pocas veces llegan voces o señales”. No obstante, con esa voz se niega: “No soy el revés de nadie, / no tengo claves ni certezas para regalar: sólo procuro ser el vocero de un don que a nadie pertenece”.

La lectura sufre una ruptura cuando aparece el lugar del poema: la locación en la que nacieron las primeras palabras, la primera voz, los primeros versos. En el ya nombrado enclave de la infancia, donde “Sé que estás entre los árboles oscuros, / allá en la cima del cerro azul”.

La práctica del poema es un sitio. O un espacio interior avisado por el final de la existencia. La agonía del poema, ya recuperada, se vierte testimonio íntimo:

Morir de pura muerte, sin pretexto alguno.
Morir no de cansancio ni hastío,
morir de tanta vida vivida.
Morir porque el momento llega
y uno sabe por el sentir
que no hay que desear más vida.

Vuelta de hoja: la teoría del poema deviene recurso de amparo en la práctica de su deseo de volver a la niñez. La nostalgia, ese aparato del espíritu que “desde las noches de la infancia has estado siguiéndome”, por eso “Estás en mis ojos y en mis labios (…) Por ti, esta nostalgia que se resiste al tiempo”.

¿Cuánto para recurrir al silencio y dejar pasar la voz perdida, la que ahora —densa y pesarosa— es presencia: teoría y práctica?

 

(Teoría y práctica del poema)

Alguien escribe. Alguien traza la voz sobre el papel. Alguien que viene de un desvanecimiento, de haber sido paisaje apagado. Alguien que ha vivido y vive. Alguien que se atiene a los sonidos del ahora en La voz recuperada:

Se ahoga en el escándalo,
la avasallan
los lemas, las consignas, las proclamas,
los discursos, los tratados
y también muchas páginas que la evocan.
A veces por mano o boca de alguien
dice algunas palabras que son homenaje y reconciliación.

La realidad, esa palabra tan recurrida, se imbrica, se amasa, limita con todas las fronteras. Traduce “rostros, lugares y momentos sin límites definidos… al calor de los días”.

Por eso,

Ninguna palabra te nombra / y todas las palabras te aluden / y eres todas las palabras.

La voz recuperada, la poesía, con la que “Me quedaré en esta orilla, la del desvelo”.

 

(Final)

La poesía —no el poema— no es indulgente. Su agonía permanente no se separa de quien la ha visitado por vez primera. Siempre regresa en homenaje íntimo, en pasión compartida.

Alberto Hernández
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