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La carretera

martes 17 de octubre de 2017

1

Son dos fantasmas. La metáfora de la soledad. La desolación. El apocalipsis. La tierra en su más terrible ingrimitud. La muerte. Y un solo destino: seguir el curso de una carretera.

Cormac McCarthy, celebrado autor norteamericano, con esta obra, La carretera (Literatura Mondadori, Caracas, 2008), se anotó con el Premio Pulitzer de Novela ese mismo año.

Son como dos fantasmas: un hombre y su hijo rodeados de sombras, de ceniza, de árboles quemados, de tierra seca, calcinada, de pueblos abandonados, casas con las puertas abiertas. Calles. Silencio absoluto. La brisa. La lluvia. La nieve. Los ríos muertos. Los ríos contaminados. Los puentes caídos. Cadáveres. Esqueletos. Ojos abiertos, petrificados por el tiempo. Pueblos cementerios. Y mucho miedo.

La novela que hoy he terminado de sufrir tendría que ver con la novela que jamás leeremos si se cumple lo que ésta describe, lo que ésta cuenta, lo que ésta dialoga a través de un par de voces lacónicas, cortantes, febricitantes, dolorosas, heridas, casi muertas.

McCarthy escribió la novela del final de la historia. La novela de más nunca. La novela sin las trompetas del último libro de la Biblia. Escribió la novela que cierra el ciclo absoluto. La novela del terror que se acumula en dos sombras que andan por una vía asfaltada rodeada de bosques cuyos árboles son también esqueletos. Es la novela del vacío, pero también la novela de la esperanza.

 

2

Una anochecida de luz opaca y sulfurosa de los incendios. El agua estancada en las cunetas negras por la escorrentía. Las montañas envueltas como en una mortaja. Por un puente de hormigón cruzaron un río donde madejas de ceniza y fango líquido se movían despacio en la corriente. Trocitos carbonizados de madera. Al final pararon y dieron media vuelta para acampar debajo del puente.

Este paisaje desolado es atravesado por una carretera, por la que transitan los sobrevivientes. Dos seres humanos sin nombre. Un hombre y su hijo. Un niño y un hombre que trata de salvar lo que queda de ellos, su vida. Dos personajes que se alientan el uno al otro, que se hablan con oraciones en las que se nota que hay poco que decir, aunque la situación los impulse a tratar de decir lo que no pueden. El niño le reclama al padre. El padre lo consuela.

La carretera es la constante. Es un personaje vivo: se mueve, lleva en su lomo a los que huyen, a los que quieren encontrar, por ejemplo, el mar.

La novela anula el optimismo. En la tierra no hay nada. Sólo ruinas. Escombros. Cuerpos quemados. Huesos visibles. Vehículos abandonados. Edificios fantasmales. Alimentos ocultos que palian por un tiempo el hambre de los que recorren la carretera en búsqueda de los “buenos”, porque los malos son capaces de comérselos. Es decir, hay otros seres humanos que andan con el mismo objetivo: mantenerse vivos en medio de esa destrucción que no se sabe quién la provocó porque la novela, el narrador, no lo dice. Pudo haber sido una explosión nuclear. Una guerra de exterminio. Un gran incendio global. Un cometa contra la Tierra. Sólo se sabe —lo advierte el lector— que la esperanza anda en esos cuerpos andrajosos, sucios, enfermos flacos, casi vencidos.

Sin embargo, la carretera es el futuro, la línea que los podría conducir al encuentro con otras personas, con alguna ciudad que, aunque no se diga en la narración, podría estar presente en el fondo de quienes anhelan seguir viviendo.

La carretera es la constante. Es un personaje vivo: se mueve, lleva en su lomo a los que huyen, a los que quieren encontrar, por ejemplo, el mar. A los que se someten al terror que les comunica la realidad. Y la realidad es el silencio o el extraño ruido de algo que no se ve, de algo que acecha, como un asesino, como un hombre hambriento, como un niño que altera el ánimo del otro niño que escapa con su padre mientras empujan un carrito de mercado con algunas cosas en su interior, ateridos por el frío, consumidos por el hambre y la soledad.

Son dos los que hablan, son dos fantasmas que soplan palabras:

Tenemos que apartarnos de la carretera.

¿Por qué, papá?

Alguien viene.

¿Los malos?

Sí. Eso me temo.

Podrían ser buenos, ¿no?

No respondió. Miró al cielo por la fuerza de la costumbre pero no había nada que ver allí.

¿Qué vamos a hacer, papá?

Nos marchamos.

¿No podemos volver al fuego?

No. Vamos. Seguramente no tenemos muchos tiempo.

Es que me muero de hambre.

Ya lo sé.

¿Qué vamos a hacer?

Tenemos que ocultarnos. Salir de la carretera.

¿Verán nuestras huellas?

Sí.

¿Qué podemos hacer para que no las vean?

No lo sé.

¿Sabrán dónde estamos?

¿Qué?

Si ven nuestras huellas, ¿sabrán dónde estamos?…

 

Narrada en tercera persona, el lector asume el protagonismo de la historia. Se involucra y vive la soledad, el dolor, la angustia.

3

El aire es casi irrespirable. Los incendios han invadido el ambiente. Ceniza. Polvo. Oxígeno sucio. La respiración se hace difícil. El hombre comienza a toser. La tos parece como personaje, como instancia que atormenta al personaje, quien comienza a esputar sangre. La tos, la tos, el niño preocupado. La tos, la sangre, la debilidad, la muerte.

Y el cadáver del hombre observado por el niño. Su llanto y una aparición: un hombre armado con un rifle aparece. Es de los buenos, se confirman ambos.

Dejan el cuerpo del hombre envuelto por unas mantas.

El niño se despide. Es recibido por una mujer. Seguramente allí está la esperanza. Ese pequeño remedo de la vida.

 

4

Narrada en tercera persona, el lector asume el protagonismo de la historia. Se involucra y vive la soledad, el dolor, la angustia, la constante de parecer un cadáver que ambula por una carretera, que se tropieza con el mar de donde extrae alimentos de un barco encallado cerca de la orilla.

El lector se narra porque se transforma en la muerte, en la desolación, en el asfalto caliente de una carretera que lo somete a una lectura donde todos somos víctimas.

Alberto Hernández
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