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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

El espejo siamés

• Lunes 23 de octubre de 2017

El espejo siames (O.T. editores) (Spanish Edition)

“Un espejo (del latín specullum) es una superficie pulida en la que, después de incidir, la luz se refleja siguiendo las leyes de la reflexión”.
“Los siameses son gemelos cuyos cuerpos siguen unidos después del nacimiento”.
Wikipedia

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El tema, los temas:

La ironía, cálculo de la inteligencia de una lengua, es una de las bases de esta novela de Ben Amí Fihman, El espejo siamés (Oscar Todtmann Editores, Caracas, 2017). Motivo que envuelve la muerte de tres sujetos en uno: Carlos Rangel, el intelectual suicida, el autor de Del buen salvaje al buen revolucionario, acontece con el reflejo autodestructivo de Santos Luzardo y Ossip Chemiakin, símbolos que representan una época, un impulso: la eterna fiesta de la que todos acusan la resaca.

De esta manera, la muerte habita en cada movimiento que inventa el narrador, especie de “gossip” que desnuda a una sociedad, la revisa y hasta pone en un cepo a cada personaje que forma parte del inventario de la desmesura de un país en el que quien habla confiesa: “Sí, debí ser una lacra en alguna presentación anterior y me castigaron con la sanción de nacer, o renacer, en Venezuela, que así se llama la pena”.

Entonces el tema también es el país, pero sobre todo su capital, Caracas, aquella que fue “sultana del Ávila”, “sucursal del cielo”, “ciudad de los techos rojos”, en boca callejera y páginas de crónicas, y luego Caracas, la horrible, en el título de un libro del periodista colombocaraqueño Luis Buitrago Segura.

La ironía, un insecto molesto en una “selva” invadida por la intriga, es puesta de relieve en el mismo narrador, quien habla acerca del oficio: “Escribir en el Caribe es una tarea ciclópea, hipnótica, más que nada transpiratoria, y el escritor, un zombi en ejercicio que suda más que un obrero de la construcción”.

Y la muerte, un juego de dados desde la “lengua viperina de la colonia venezolana” que jorunga el mundillo intelectual que se mueve entre Caracas, París, Varsovia o Moscú. La crítica de una pequeña sociedad “de un país inconstante, complacido y complaciente”, donde impera “el antiamericanismo patológico de los latinoamericanos que, tanto como en París, le achacaban sus males a la United Fruit Company y la Standard Oil”.

La novela de un momento en el que el país usado para vivir se movía en el prestigio de la abundancia. En el sosiego que ofrecía ser un territorio productor de petróleo, signado por las añoradas botas de militares como Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez, pero disimuladas por otro momento gracias a la llegada de la democracia el 23 de enero de 1958.

El país es un crucigrama que advierte su existencia en quienes hacen de Caracas el ombligo del mundo.

 “Venezuela era una alfombra mágica que, impulsada por el excremento del diablo, sobrevolaba el compromiso y la tragedia”.

Comienza el país a ser satélite de temperancias, ideas, rebeliones, tesis y antítesis, discursos, viajes, becas, borracheras y estornudos. El país es un crucigrama que advierte su existencia en quienes hacen de Caracas el ombligo del mundo. Y desde él, desde ese punto, la ciudad capital es parisina, izquierdista, atorada por la teoría y el whisky, los cargos diplomáticos y demás ventajas que ambos partidos políticos le suministraron tanto a sus militantes como a quienes se añadieron luego de la derrotada guerrilla criolla, apoyada por Cuba y la URSS, y que gobernó en los distintos ministerios y universidades de la democracia representativa.

En este ambiente, entre esos temas y otros, se mueve El espejo siamés.

El extravío del lector también forma parte del tema. Tratar de salir de la selva provoca que el lector se rebele y se formule preguntas acerca de la confusión como asunto a resolver, que se refleja en la historia del país a través de sus personajes.

 

2

La técnica, las técnicas:

El narrador es un reflejo, una refracción. El narrador se multiplica. Se hace varios desde su primer desempeño. Se cruza en el tiempo con otros narradores que —a la larga— es él mismo. El narrador, visto como herramienta, es a la vez personaje. Quien narra protagoniza: rompe con la lógica del tiempo y el espacio: el lector atiende a su osadía y entra en la jungla que ha creado.

El narrador está frente a un espejo. Se refleja y se disuelve. Se deforma. Pierde la piel. La recupera. La luz del vidrio lo vierte en celajes. Es uno en muchos: teje una historia a través de diversas historias que confluyen en una. Es voz y eco. Voces y ecos.

Si la refracción “es el cambio de dirección que experimenta un rayo de luz cuando pasa de un medio transparente a otro también transparente”, en El espejo siamés ocurre lo mismo con las anécdotas: los relatos cambian de dirección, de tiempo y espacio: van y vienen, aparecen y desaparecen, se cruzan. Se funden. De Caracas a París en el mismo tiempo, pero también trastocado, maquillado. Los personajes igual experimentan cambios pero siguen siendo los mismos cuando el lector logra establecer conocimiento de quién va y de quién viene. Un juego en el que el narrador, convertido en prestidigitador, tiende a confundir al lector, quien se deshace de los amagos del relator y se zafa del nudo. Por supuesto, siempre quedarán sombras, nudos sin desatar, porque la novela —como la vida— tiene sus descontinuos.

Prevalido de su condición de “lengua viperina venezolana”, el autor, Ben Amí Fihman, que no necesariamente es el narrador, aunque también lo es, experimenta con el conocimiento que tiene de la historia de su ciudad natal y de las otras tantas que ha viajado y vivido, con personajes, fantasmas y sombras que lo han habitado desde sus tiempos de goloso visitante o habitué de Sabana Grande, salones de fiestas, embajadas, cafés y bares del mundo cultural, literario, artístico o político, porque la política también es un arte de disfraces.

En ese torbellino de imágenes, momentos, relatos y correlatos, narrador y narratario convergen para crear las representaciones que respiran esa “selva” donde la muerte, la ironía y el despiporre hacen de las suyas y de las nuestras.

El extravío del lector durante la lectura también forma parte de la técnica. Se trata de salir del laberinto. De la intriga selvática. Es decir, quien lee también elabora su técnica de lectura.

 

3

La estructura, las estructuras:

Una novela es un bloque donde se concentran una o más historias. Una novela es una estructura o una historia sin estructura. Una novela es un acertijo. Y una estructura es una forma que puede deformarse. Desde esta perspectiva, El espejo siamés es una refracción. O muchos reflejos fragmentados. Para lograr este propósito, el de refractar anécdotas y personajes, el autor utilizó el eco, la lejanía de tres nombres: Rufino Blanco Fombona, Manuel Díaz Rodríguez y Manuel Vicente Romero García, de quienes tomó los títulos de sus novelas El hombre de hierroÍdolos rotos y Peonía, respectivamente, para darles nombre a los capítulos (el primero y el tercero son breves, el del medio es bastante extenso) que hacen de esta obra una suerte de emparedado, de sándwich, por el que transitan muchísimas voces que se encuentran y desencuentran, que tropiezan o soslayan para permitir la multiplicación de eventos que, como lianas, construyen túneles, pasadizos, laberintos o callejones con o sin salidas.

Una novela vertida en tres. Un espejo y tres refracciones. Diversos cambios de direcciones que destacan la reflexión.

La idea de un guion cinematográfico, la de una novela de la cual emerge el nombre de Rómulo Gallegos imbuido por tres de sus personajes: Bárbara, Santos Luzardo, Marisela, símbolos que nadan en la historia y se confunden con personajes reales, con nombres y apellidos, exudados por la chismografía de la época, revelada por la “lengua viperina” del narrador, quien de acuerdo con su “alter ego” no es nada simpático, según se desprende de la misma novela y de algunas entrevistas que a lo largo de los últimos meses ha concedido Ben Amí Fihman, el otro personaje de esta historia caraqueña y europea.

La primera parte devela la decadencia de un país. Caracas es ese país, el mismo que Blanco Fombona habitó con sus altas y bajas. El segundo tramo es un reflejo del fracaso, de aquel personaje de Díaz Rodríguez, Alberto Soria, que naufragó en su propio ámbito personal. Y el tercero, es Carlos, víctima de la soledad, de un idealismo positivista que también fue el reflejo del país que le tocó vivir a Romero García.

Una novela vertida en tres. Un espejo y tres refracciones. Diversos cambios de direcciones que destacan la reflexión. Las leyes de la física atienden a los cambios que sufren los personajes y el entorno. La ficción hace lo suyo con el mismo narrador, quien se reviste con los personajes y a la larga sigue siendo el mismo: rostros y ciudades en el mismo lugar, sólo que unos están muertos y otras continúan el curso de próximas muertes.

 

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El personaje, los personajes:

El personaje que le da cuerpo a la novela es el narrador. Su presencia como activador de múltiples tiempos y espacios constituye un rostro: narrar es verse en el otro. Es ser el personaje con el que cuenta para ejecutar las acciones. Por eso, cuando Andrés Cardinale afirma que “en esta novela de narradores se multiplican, se encuentran, se separan y se funden…”, se puede inferir que el narrador tiene personalidad, es parte siamesa del espejo.

Más allá de esta afirmación, los que constituyen el universo de la novela de Fihman conforman un gran carnaval. Rostros, máscaras, “pessoas”, personas, caras, gestos, nombres y apellidos tomados de la realidad y otros fabricados sobre la base de aquellos que no quieren ser mencionados, toda vez que prefieren seguir siendo ficción. Estos últimos son producto de las tentaciones: el autor los disfraza para consentir que la ficción es más atractiva que la realidad, puesto que los “actores” reales ya han sido descubiertos. Le queda al lector sumergirse en los alias, sobrenombres, recreaciones o representaciones del inventor, del que imagina o forja una realidad.

Quien quiera ver el tratamiento dado a cada uno de estos sujetos novelados, tendrá que leer las páginas donde el curioso se tropezará con un país, aquel país que sigue siendo el mismo.

Una lista de estos nombres podría convertir al lector de esta nota en un investigador, en una suerte de revelador de inventarios. La mayoría de los personajes son tratados con sorna, dureza, burla, inclemencia, lástima, sordidez. También algunos con extraña delicadeza. El narrador no tiene contemplaciones. Suele ser frío o distante en su “perversa” conducta. No deja títere con cabeza. Se trata de un perfil que conduce a la descripción que el mismo escritor hace de su visión de mundo personal: “Sí, debí ser una lacra en alguna presentación anterior…”. Se refiere a una reencarnación: digamos que autor y narrador se funden y se transforman en personaje, uno más de los que abundan en esta biblia de conjuros.

Sólo tocaré los nombres más cercanos a Caracas: Juan Vicente Gómez, Cruz Diez, Fausto Masó, Oswaldo Trejo, Reverón, Rómulo Gallegos, Margot Benacerraf, Amador Bendayán, José Ignacio Cabrujas, Juan Liscano, Freddy Galavís, Cayito Aponte, Rubén Núñez, Alberto Brandt, Kotepa Delgado, Manuel Caballero, Guillermo Sucre, Salvador Garmendia, Rodolfo Izaguirre, Adriano González León, Gonzalo Castellanos, Edmundo Aray, Pablo Neruda, Miguel Otero Silva, Miguel Ángel “Abriles”, Gustavo Machado, Juan Sánchez Peláez, Carlos Rangel, Sofía Ímber, Guillermo Meneses, Arlette Machado, Antonia Palacios, Pedro Estrada, Pascual Venegas Filardo, Fernando Fuentes, Cabrera Infante, Oswaldo Vigas, Caracciolo Parra Pérez, Fruto Vivas, Francisco Massiani, “el pedante cronista gastronómico”, Rafael Tudela, el sastre Clement, el funerario Vallés, la “República del Este”, “El techo de la ballena”, David Alizo, Lusinchi, Amable Espina, Santoni, entre otros.

Cada personaje anda con su par. Son reflejos.

Repito, quien quiera ver el tratamiento dado a cada uno de estos sujetos novelados, tendrá que leer las páginas donde el curioso se tropezará con un país, aquel país que sigue siendo el mismo, sólo que quienes se lo apostaban están muertos y forman parte de un reflejo difícil de asimilar hoy día. O que aquellas refracciones trajeron estos rayos poco luminosos a la tierra donde somos relatados bicéfalamente para convertirnos en múltiples despachos ficcionales.

Alberto Hernández

Alberto Hernández

Poeta, narrador, periodista y pedagogo venezolano (Calabozo, 1952). Reside en Maracay, Aragua. Tiene un posgrado en literatura latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar (USB) y fue fundador de la revista Umbra. Ha publicado, entre otros títulos, los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Nortes (1991), Intentos y el exilio (1996), Bestias de superficie (1998), Poética del desatino (2001), En boca ajena: antología poética 1980-2001 (2001), Tierra de la que soy (2002), El poema de la ciudad (2003), El cielo cotidiano: poesía en tránsito (2008), Puertas de Galina (2010), Los ejercicios de la ofensa (2010), Stravaganza (2012), 70 poemas burgueses (2014), Ropaje (2012). Además ha publicado los libros de ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981) y Notas a la liebre (1999); los libros de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994), Cortoletraje (1999), Virginidades y otros desafíos (2000) y Relatos fascistas (2012), la novela La única hora (2016) y los libros de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999) y Cambio de sombras (2001). Dirigió el suplemento cultural Contenido, del diario El Periodiquito (Maracay), donde también ejerció como director, secretario de redacción y redactor de la fuente política. Publica regularmente en Crear en Salamanca (España), en Cervantes@MileHighCity (Denver, Estados Unidos) y en diferentes blogs de Venezuela y otros países. Sus ensayos y escritos literarios han sido publicados en los diarios El Nacional, El Universal, Últimas Noticias y El Carabobeño, entre otros. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al italiano, al portugués y al árabe. Con la novela El nervio poético ganó el XVII Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (2018).

Sus textos publicados antes de 2015
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