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Poemas del trópico

lunes 13 de noviembre de 2017
Blanca Elena Pantin
Pantin sigue en diálogo permanente con la tierra que pisa, con el trópico.

1

“El poema debe esperar”, dice la voz, la que abre el portal de este libro, Poemas del trópico (Monte Ávila Editores Latinoamericanos, Caracas, 1993), de la venezolana Blanca Elena Pantin, y lo hace segura de que el silencio también participa del festín de los versos.

El silencio es el albergue de las palabras. Allí, en ese útero, están guardadas, prestas a revelarse, a salir en grupo para convertirse en mensajes, el clima en que suda, habla, escribe y escucha.

Y quien habla traza el paisaje de un lugar, de un escenario, y desde él irrumpe en el vacío, en un abismo que tiene nombre: el trópico.

Pero al probar que desde el frente donde estaba, el poema, el verso, último y aislado, dejó sentir su silencio:

El trópico fue una utopía, el paraíso fundado en la fiebre europea, una isla extraviada, un recuerdo que se presenta cada vez que se nombra.

“El trópico”, pensó, “no existe”.

En ese mismo instante apareció el color de su presencia. La palabra lo creó, el poema plasmó la única sensación que señaló su afirmación: “El trópico tiene la violencia de la quietud”.

De modo que ambos versos complementan una afirmación que niega la negación del principio: “Debí decírtelo entonces”.

La voz pensada, labrada al comienzo, ligada a un génesis, trasladó la creencia de que la quietud es parte de la nada. O del todo, que es como decir lo mismo. El trópico fue una utopía, el paraíso fundado en la fiebre europea, una isla extraviada, un recuerdo que se presenta cada vez que se nombra, que se confirma violencia en medio del calor, de enfermedades y plagas, mientras en otro espacio dictado por las palabras a través de unas letras, una mujer, “Marlene Dietrich”, es mencionada como parte de la distancia, un recuerdo escrito en una postal.

 

2

El sujeto del poema habita el sopor del trópico. Se mueve, piensa que está en otro sitio y lo sensibiliza. El sujeto del poema, el yo de quien habla en segunda persona, respira en el otro, en su desazón: “Sientes la angustia de no reconocerte (…) Caminas por Berlín (asumido que estás)”.

El paisaje que aquí se nombra, el paisaje que se aleja del pronombre, engarza el plural en una fotografía desde cierta distancia, pero con el conocimiento de que algo tenía que cambiar. La caída del muro de Berlín, la noticia, lo que se tiene que saber, la fiesta en ambas Alemanias. La celebración mundial y estas palabras:

Se veían gentes pacientemente ordenadas / esperaban / Los recibían del lado occidental con rosas rojas / y cajas de chocolate / Una pareja —a la izquierda de la gráfica— sonríe humilde / y se besa como una pareja enamorada // La pared cae y es bastante / Nada más se sabe.

Estos Poemas del trópico son textos con muchos referentes. Versos repartidos, sacudidos por diversos temperamentos, alusiones y presencia en calles y avenidas de ciudades donde los recuerdos son habituales y se despojan del tiempo. La mirada de quien escribe construye una narrativa desde anécdotas que se confirman como un viaje, una incursión geográfica, rozada por un guiño histórico.

Un instante de estos poemas se nos presenta en “Biografía del Caribe”:

Descartó toda idea de vuelta al océano
(de anclar en golfos y bahías abiertas a la nada)
Se entregó al letargo de los sueños, amante abandonado
La noche fue mar y mariposas negras tantísimos helechos, una isla
Él, en la cubierta de los barcos
Señor de los puertos
abrazos
Nunca la muerte, muertas las aguas
antiguas Crónicas
mujeres amazónicas verde selvático acuáticas criaturas,
bachacos

Dos aldabones de plata
quince vigas de cedro
candelabros de cobre
sábanas de hilo
cinco caballos
inventario de asalto
El cerro fue niebla,
un animal dormido.

Pudieron haber sido “personajes de una tragedia”, aquellos que nombrara Germán Arciniegas en su monumental Biografía del Caribe, ese paseo por el filo de las espadas y cuchillos de piratas y corsarios en medio del “mare nostrum” del trópico, nuestro “Mar de los Sargazos”, nuestra poética violenta vista desde la costa, desde el lejano continente más allá del océano inmenso, para saber de él, del trópico, “y no te resultara imposible pensar en dos estaciones (invierno y verano) / o en las audaces estrategias de un juego de béisbol”.

Y desde esa perspectiva, el calor de esta tierra, la música, las dolencias del cuerpo, las patologías provocadas por la temperatura seca o húmeda de este “sol total”.

 

3

Ahora, con Borges, el regente de las bibliotecas y verdulerías. El castigado por el poder, el que se renueva a diario desde sus páginas. Borges en este poema, en este “Inventario” donde los diccionarios, Julio Verne, Lorca, una vez más los piratas, Doré, países anclados al Caribe, Faulkner, Saroyan, Bradbury, Don Quijote, Vallejo, Cernuda, Machado, ellos y otros más, salinos, “postales fantásticas”, libros “ninguno en el mismo orden pero los que siempre estuvieron / rotas, cosidas sus páginas / atadas, sin mudanza / inventario imposible…”.

El trópico pasa en sus nubes, en sus termómetros. Dura poco como tiempo. No usa estaciones, sí temporales.

Y, otra vez, la pequeña historia, la calle familiar, la que pasa todos los días por los ojos de quien escribe, traza o borra siluetas, gente que corre o camina, gente que grita o calla: “me interesa todo cuanto ocurre en esta calle / y recordar cada rostro o cada gesto”.

Todo, cada movimiento o quietud, forma parte de ese trópico que sigue siendo rastrojo, soledad y abandono, donde “se descubre solo en las calles que ya nadie / transita”. El personaje, el sujeto del poema, construye el abajo y mira el arriba donde “El pájaro vuela en círculo / Traza una curva perfecta (…) arden los cerros”. El trópico, el signo de lo perdurable. O de lo intemporal.

El trópico pasa en sus nubes, en sus termómetros. Dura poco como tiempo. No usa estaciones, sí temporales: ciclones, vaguadas, sequías, argucias de la naturaleza.

No maniobra brújula, porque en algún sitio ha de estar:

Debe quedar (tiene que quedar)
algún rincón de selva
alguna isla pacífica, desértica
un lugar
con cierta intimidad para besar la tierra.

Un verbo, un tono que se aleja o que se acerca, un eco. La poesía. “La palabra me salva”, testimonia la voz, confiesa y confía quien escribió estas páginas, quien sigue en diálogo permanente con la tierra que pisa, con el trópico, tan absoluto como el que inventó Montejo.

El poema sabe esperar.

Alberto Hernández
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