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Estación de tránsito

lunes 20 de noviembre de 2017
Rafael Castillo Zapata
Fotografía: Librería Sónica

1

La poesía viaja con sus costras, climas, el tiempo pasado o el presente, enfermedades, personajes, accidentes y paisajes. Desde su interior, en su interior, siempre está un viaje. Y un lugar para el reposo, para una siesta o para guardar memoria y reponerla en el papel, porque la poesía tiene el poema que la rescata de la quietud. Por eso se mueve, desempolva sus vocales, anula las pausas y sigue: desplaza tensiones, colores y volúmenes, nombra puentes y acantilados, ciudades, carreteras y basureros, museos, hoteles y destellos de sombras.

Se viaja, se es viaje o viajero para luego imaginar. Se vive el viaje y se borra para reinventarlo a través de la experiencia escrita o conversada.

Mientras digo esto, mientras me olvido de decir otras cosas, recurro a Estación de tránsito (Pequeña Venecia, Caracas, 1992), de Rafael Castillo Zapata, quien nos entrega varias postales en las que su voz nombra y descubre para los lectores el sentido de ser parte de lugares que sólo la poesía puede mencionar, dictaminar, fundar o evaporar.

En fin, viajar, porque el poema contiene el viaje y sus asombros: la poesía.

Podría resultar un lugar común, pero la poesía, ese cuestionamiento permanente, muchas veces desdice del viaje, lo intenta borrar de las palabras que se conciben como sus huesos. Los espacios que ocupa, la atmósfera que la ahoga o la salva también forma parte del bastimento para no despojarse de ella misma: la poesía establece sus normas. Y hasta las olvida. Se deshace de ellas mientras permanece en silencio, aturdida entre las páginas, deshabitada.

 

2

Me hablabas de Paros / o de Naxos —pórfido, / caliza o mármol, mar Egeo— / o de Imbros, algo / de Corinto, algo / acerca de unos ojos azules y mar / violeta, de Salónica / amarilla, de Roma / solitaria envuelta / en la calina de oro / del Averno, o de Ampurias / bebiendo / en un mar de rosas, pero / yo pensaba en Noruega, / sólo en Noruega, o Norte, / o acaso por nieve / en Nínive, / Nevada, / Nebraska, / Alaska helada!

El ritmo del viaje, del tránsito, del momento de estacionar el cuerpo y la respiración. Deshacerse del sucio de los trenes, aviones o camiones. Volver la mirada atrás y ver el desplazamiento borroso, borrado, desleído, imaginado.

Escrito entre los años ochenta y noventa, este libro de Castillo Zapata prescribe la indagación de quien por vez primera establece una relación con el lugar, con los tantos sitios donde es posible convertir lo vivido, lo imaginado, en palabras.

Se viaja, se es viaje o viajero para luego imaginar. Se vive el viaje y se borra para reinventarlo a través de la experiencia escrita o conversada. Se cuenta el viaje. Se escribe el viaje. El poema narra, relata su poesía, lo que queda de tanto afán por saberse también lugar, locus, geografía, descubrimiento.

 

3

“Los poetas cuando viajan / se devuelven en la vida: / así dicen que es la muerte; un viaje…”.

El autor abrevia una aventura en el niño que fue o sigue siendo. Viaja con los detalles que aportan los sentidos para activar las imágenes como un fermento, como la levadura que habrá de suscitar la construcción del texto:

Son como niños los poetas
cuando viajan y se asoman
por las ventanillas a respirar
el aire verde y gris de las afueras:
más allá de las últimas pancartas
donde la ciudad se vuelve a medias campo,
suburbio de industria o basurero,
ellos encuentran el límite dichoso
donde comienza por un tiempo
el fin de la rutina
que aborrecen tanto
como los demás
su oficio cotidiano. Adoran,
como ellos, el turismo.

Entonces se reconoce voyeur, se reconoce visitante de un lugar, de asombrarse ante cualquier sujeto u objeto que desplace el sitio de origen. El viajero se renueva porque no es de ninguna parte. Deja de ser el anterior, el que era y es en este instante parte del viaje, el viaje mismo. Y en el poema, la reiteración de lo mirado, olido, desechado, tocado o inadvertido.

Y con todo eso, construye el poema, con cada pedazo de lo encontrado en cada camino o estación. En todo el tránsito. Y el regreso es el poema, aunque ya éste haya sido elaborado sin palabras.

 

El viaje nunca termina. La muerte no es la línea o frontera que corta el desplazamiento. La voz sigue su rumbo. La poesía existe al ser leída. O sentida.

4

Visitar un museo remite al viaje. Cada artista es un segmento, un trozo de la emoción acumulada entre tantos límites y silencios. Porque para mirar una pintura, un dibujo o una escultura es preciso conocer el silencio y la distancia entre el objeto y el ojo que lo mira.

Ir a un museo tiene mucho de cultura pop, sobre todo si quien nos mira desde el cuadro habilita nuestra imaginación en la pantalla grande con nombres de actores. Ir a un museo tiene mucho de espectáculo, de tentación. Un museo es el compendio de un viaje al pasado. O un balance crítico.

Pero también se pueden conjugar los verbos mientras una mujer se desnuda. Se viaja en el deseo, en el cuerpo de quien sale del baño. En sus detalles, en cada gota de sudor, en “la pestaña apenas de una circular orilla, o valle / y bosque y aura y bruma”, que destacan el destino o la razón de quedarse sentado en la orilla de una cama mientras las luces de neón del hotel precipitan otro viaje, otra aventura, mientras Gertrude Stein habla al oído de quien ha escrito estas líneas:

Ah, si nuestro amor fuera / comparable a la existencia / de esa rosa sin ínfulas —pero eterna— que no muere, / (de plástico inmortal la rosa / barata atesorada), ¿sería acaso / injusto o loco que deseara / que no muriera él tampoco..?

 

5

El viaje nunca termina. La muerte no es la línea o frontera que corta el desplazamiento. La voz sigue su rumbo. La poesía existe al ser leída. O sentida. Vivir para “Rodearse de tantos objetos / para compensar el vacío: nada cuesta / que no puedas / pagar incluso a plazos…”, la cotidianidad se hace presente. Es una suerte de bestia con tentáculos. Las costumbres, la casa, las cosas que nos apabullan, un lugar para hamacarse, el nombre de un país, Brasil, árboles, y luego el tiempo:

…se apodera de mí con insistencia; la idea / de amanecer impermeable a todo compromiso sobrevuela y rehuir / toda responsabilidad de pronto, toda meta, se convierte / en confortable tentación…

Poemas largos para respirar, para que la ruta del viaje no sea un descalabro. Se estaciona la voz, vive en medio de “este temblor y esta fatiga”.

Y la punzante crítica. La estación social, el momento para expresar que el mundo “no redime”. Que es una bola que se mueve, que viaja con un número infinito de menesterosos, que transitan “famélicos cuerpos de náufragos / en el país más rico del mundo, y ahora mismo, / en los más pobres, vemos moscas / ocupando el lugar de los ojos, cráneos / enormes y transparente carne y no sabemos / si hacemos algo contra todo eso…”.

El poeta viaja. Escribe y regresa al mismo lugar con las maletas llenas. Otras veces vacías, pero henchido.

Alberto Hernández
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