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Providencia, de Beverly Pérez Rego

lunes 27 de noviembre de 2017
Beverly Pérez Rego
La poseía se crece, se desnuda en este libro de Beverly Pérez Rego.

1

El vuelo poético de Beverly Pérez Rego toca tierra, luego de la hermosa aventura solar de Libro de cetrería, con Providencia, poemas que el Fondo Editorial del Estado Falcón, en Ediciones Libros Blancos, ofreciera a los lectores a finales de 1998.

La voz de Pérez Rego es de una prosa densa, reconocible en el eco que produce su lectura: si bien en el primer trabajo mencionado, ganador del premio Casa de la Cultura de Maracay “Rafael Bolívar Coronado” 1994, la poeta toma el cielo en las alas de los halcones para determinar la distancia entre el poema y uno de sus asuntos: se adentra en la sacralidad del amor, en el misterio que el cuerpo prolonga en la tierra, en la palabra envuelve y eleva en el deseo.

Igual al primerizo, este libro de la poeta venezolana nacida en Canadá combina —en un juego de tonos— la prosa y el verso. Entrega desde ella, mujer, la “piadosa meditación” de la mudez, del silencio que embarga una determinada estación, de la que emerge una frontera de sensaciones. Entra y sale del erotismo con regia entonación:

Amante, sé dócil mas no sumiso, / vigílala con cuidado, / y apiádate de su simpleza. / Merécela, / haz que su dolor la acerque al tuyo. / Y si ella parte antes de que despiertes; / que seas tú quien se la lleve, / no la muerte, / no la extraña paz, / sino el vilo silente de tu dominio.

 

2

La inflexión se arraiga en una narrativa reflexiva, adusta en su manera de abordar el imaginario, el espacio donde la voz cimenta su estadía: la palabra de Beverly Pérez Rego es una isla en nuestro país, revélase poeta, deja de lado la crisis genérica planteada por algunos defensores del término “poesía femenina”. En esta mujer la poesía adquiere un tono sagrado desde el mismo texto: se consagra a crear una poética en la que la palabra traduce una respiración lenta, apacible, pero honda.

Es el fulgor del mundo a quien hemos invocado / con excesivo celo, y cuando al fin nos muestra / su faz verdadera, al tenerla tan cerca / recordamos quiénes somos, / y su belleza nos fulmina. / Todo nos retiene aquí, / donde siempre hemos estado / y habremos de estar, / juntos, solos, / tal como está escrito.

Intensa, en estos poemas Pérez Rego nos lleva de la mano hacia los espacios donde “ella”, atada a las imágenes íntimas, se reconoce “presa del eterno dolor”, no del preconizado por otras voces arrastradas por la quejumbre. Pérez Rego es sentido abierto, tacto reconocible en la voz que la revisa, “cuerpo de mi cuerpo”.

 

3

La mirada de quien dice se aleja y se aproxima, vuelve a retirarse. Una pronunciación plural, desadjetivada, place en su reinado sonoro. Vertido en cuerpo celebratorio, el poema rasga la vestidura de la voz interior y retorna al afuera visual, carnal:

Sólo por el ardor de tu esperma en nuestros pechos. / Sólo tu rostro severo, las aterrantes heridas, / la rígida cruz de San Andrés. / Nada nos redimía, / mientras, sobre la nave pulida, / íbamos hacia ti, / buscándote / ante la menarquía / aún oculta en nuestros cuerpos. // En ayunas, nuestros labios se abrieron / sólo para recibirte, / sin hincar los dientes, / sin profanarte. / Y tu amuleto entró en nosotras, / disolviéndose en la lengua. // Después, en el patio incandescente, / nos unimos en círculos impares, / tendimos sogas de plata / aún vestidas de blanco, ungidas. / Esperamos nuestro turno y, una a una, / por última vez, / saltamos, saltamos bajo el sol.

Revelada en el poema, la voz asciende, toca la mirada en quienes Dios es absoluto, cuerpo advertido en la palabra, en la anunciación providencial de la carnalidad:

Firme, persisto en la vía. Nada profiero que no imite la / voz de Dios. Sé que existen otras que aún esperan nombrarlo, y de sus cuerpos, hechos polvo, las almas puras se deslizan, y esparcen el deseo en las ristras del campo.

La poseía se crece, se desnuda en este libro de Beverly Pérez Rego.

Alberto Hernández
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