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Mientras escribo, de Stephen King

• Lunes 4 de diciembre de 2017

Mientras escribo (BEST SELLER)

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Tres prólogos para iniciar una larga caminata por el oficio que ha sido digerido durante años. Tres prólogos para comenzar a relatar su experiencia como escritor, sus inicios, sus cuentos y novelas, sus tropiezos y éxitos, sus recomendaciones. Total, Mientras escribo revela otra faceta de Stephen King: docente, maestro, consejero, íntimo y hasta paciente grave de un hospital.

¿Para qué sirve este libro? Como todos los libros sirve para agonizar. Digo, para saber de alguien que ha escrito mucho y que ha logrado, mientras escribe, el rechazo y luego el reconocimiento de un público que lo sigue y persigue. Sirve para que descarguemos algunas opiniones acerca de un hombre que vende muchos libros cuyas historias se convierten en películas. Sirve para quitarnos de encima muchos tabús, para deslastrarnos de ñoñerías sobre el hecho de escribir y ser vistos como escritores o como bichos raros. Sirve para reconocer que Stephen King es un hombre culto que se burla muchas veces de los académicos, pero que los respeta mientras él sigue su curso.

Mientras escribo es un largo peregrinar por una existencia en la que no han faltado las asperezas de quienes lo ven desde lejos como si se tratara de un vendedor de salchichas. Pero más, como un sujeto que escribe y no logra convencer a los muy adecuados narradores cuyos cánones mortifican a los menos asistidos como King. Asistido en tanto en cuanto escribe para divertirse, para saberse vivo, para inventar historias que a veces son truculentas como algunas vidas que lo son en verdad.

Luego de leer la extensa novela 22/11/63, el libro sobre la muerte de Kennedy en la que un personaje atraviesa el tiempo e intenta evitar el magnicidio, se me quedó en la garganta el bocado del título que hoy frecuento: Mientras escribo era una obligación para algunas horas, para develar una suerte de misterio, para alejarme de la opinión a veces perversa de quienes no han leído a un sujeto pero sí consideran que el tipo es mediocre o falso, feo o cojo.

Me dio por hacerlo como me dio con Isabel Allende, a quien leí toda para convencerme de que es dueña de algunas novelas que sí formarán parte de la historia de la literatura latinoamericana. En este caso desecho totalmente al señor Coelho.

Y menciono a la chilena para decir que Inés del alma mía es una bella experiencia narrativa donde Isabel Suárez se convierte en la pasión de Pedro de Valdivia, uno de los grandes conquistadores y fundadores de Chile. Por esa y otras páginas de Allende la incluyo entre mis gustos. ¿Sabían ustedes que esta mujer había escrito una versión del Zorro, tan histórica como de ficción?

Así me está pasando con este “sangriento y aterrador” norteamericano llamado Stephen King. Sobre todo con estos dos libros: uno de ciencia ficción donde la historia de un asesinato real es la médula narrativa, y el otro donde el escritor teoriza basado en su experiencia como hombre de letras, como profesor universitario, como creador de personajes e historias que han invadido las pantallas del mundo.

El señor King deja en los lectores un libro para leer mientras se escribe.

Mientras escribo podría servir de herramienta de trabajo para quienes quieran aprender a escribir viviendo, muriendo o soñando. O para pasar unas horas conociendo el mundo de un tipo que escribe. Así de sencillo. Lo toma o lo deja, como todo.

Es una travesía animosa. Es una lectura feliz, alegre, honda, a veces, cotidiana y casera, otras. No deja de mencionar a quienes han construido teorías literarias o a los escritores que lo han influido.

Quien lea esta nota pensará —y lleva razón— que estoy descubriendo una isla. Pues sí, ciertamente: es una isla como aquella que muchos venezolanos no han descubierto en Cubagua, de Enrique Bernardo Núñez, salvando las distancias, toda vez que Núñez es el iniciador de una corriente anterior a Jorge Luis Borges y a muchos que han sido calificados de fundadores o creadores de técnicas o de edificios con peligrosos laberintos.

Pues bien, el señor King deja en los lectores un libro para leer mientras se escribe. Tampoco es que se me revuelva el alma y descosa mi admiración por Cervantes o por Guimarães Rosa. O por Cabrera Infante, John Dos Passos, Onetti o Vargas Llosa. Por este último he recibido uno o dos insultos de alguien que supongo adora a Paulo Coelho.

 

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Digo de tres prólogos: en uno habla de su afición por la música y del grupo de rock donde participa como guitarra rítmica. Y en el que se devana los sesos con la idea de lo que quería escribir acerca del tema de la escritura, de su forma de abordar la escritura, entre otros puntos. El segundo prólogo, mucho más corto, habla de la mucha paja que se escribe en los libros. Así lo dice, “paja” (imagino que la traducción no tiene nada que ver con nuestra paja criolla). Nombra el libro de William Strunk Jr., The Elements of Style, en el que una máxima lo dice todo: “Omitir palabras innecesarias”. Y el tercero, dedicado a su corrector Chuck Verrill, quien “siempre tiene razón”.

De ahí en adelante, el libro se abre con su “Currículum vitae”, especie de autobiografía en la que destaca su acercamiento a ese silencioso oficio de inventar historias. Aunque todo el libro cuenta su vida. Su niñez, algunas aristas, etc. El nacimiento de Carrie. El rechazo de sus cuentos. La llegada a una meta. Cuentos publicados. Un tramo largo más adelante, un intertítulo: “¿Qué es escribir” y lo asume como “telepatía”. Los nervios, el entusiasmo, la esperanza y hasta la desesperación podrían ser manuales para escribir. “Todo es lícito mientras no se tome a la ligera. Repito: no hay que abordar la página en blanco a la ligera”.

En “Escribir” aconseja lo que muchos hacen en los talleres literarios: leer mucho y escribir mucho. Hacer ejercicios. Digamos que planas.

 “Caja de herramientas” habla de las palabras, de las que usa o no usa el escritor. Aconseja no ser tan farragoso. Habla de los escritores de estilo sencillo y poco rebuscado. Es decir, una tabla de consideraciones metidas en una caja de herramientas que heredó de su abuelo, claro, en términos hipotéticos, imaginados. Pero que sirve para trabajar. Un martillo podría ser una buena herramienta para romper una pared. Una palabra mal empleada podría tumbar un buen párrafo. No ser miembro del club de las afectaciones, de esa fineza que a veces hace que Proust sea difícil de ser abordado, más allá de que sea leído por quienes consideran que Proust debe ser leído. No hay objeción, pero siempre hay alguna.

En “Escribir” aconseja lo que muchos hacen en los talleres literarios: leer mucho y escribir mucho. Hacer ejercicios. Digamos que planas, como llamamos en nuestras aulas de clases. O lo hacíamos. Borradores. Pero sobre todo leer. Critica a quien tiene a Raymond Chandler como un escritor de segunda. Aunque admite algunos pequeños deslaves en el autor de novelas negras.

Pero el punto es leer mucho y escribir también mucho. Y evitar la voz pasiva, así como los adverbios de modo, entre otras tantas recomendaciones.

No deja de mencionar las tres patas de la mesa: la narración, la descripción y los diálogos. Abunda en ellos. Una clase magistral que podría convertirse en una clínica para no iniciados. Tiene a Harry Potter como una de sus lecturas, aunque al final deja colar una larga lista de libros que lo han influido, entre ellos los de la señora Rowling.

Y para casi finalizar: “Vivir”. Sí, vivir mucho, vivir a plenitud, hasta poner la vida en peligro. Vivir para respirar las novelas, para escribirlas. El hogar, la mujer, los hijos, los amigos, el mundo. Y un terrible accidente que casi lo mata. Es atropellado por una camioneta que le fractura casi todo el esqueleto. Pasa meses en terapia hasta que logra caminar de nuevo. Eso es vivir, para no morir, por supuesto. Deja para el final unas coletillas en las que muestra gráficamente las correcciones sobre lo ya escrito. Muestra borradores con tachaduras. Una suerte de taller que resume todo lo dicho anteriormente.

 

Disfruté este libro de King más por la manera cómo lo escribió que por su contenido, porque lo afirmado por el conocido autor forma parte de las propias travesuras personales, tanto las logradas como las no logradas.

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En conclusión: Mientras escribo es un libro autobiográfico. Un libro de aventuras personales, tan literarias como callejeras. Tan musicales como de viajes a editoriales que dejaban sus rechazos en papelitos que él luego coleccionaba. Y así ejemplos de autores que también pasaron por lo mismo.

Disfruté este libro de King más por la manera cómo lo escribió que por su contenido, porque lo afirmado por el conocido autor forma parte de las propias travesuras personales, tanto las logradas como las no logradas. Es una lectura, repito, feliz, alegre, con los arrebatos muy castizos del traductor.

Durante este viaje de 318 páginas aparecen los distintos títulos del autor de Maine: Carrie, Misery, Un saco de huesos, La larga marcha, Rabia, El fugitivo, El resplandor, entre otros. Sin olvidar sus primeros cuentos publicados en diversas revistas.

Luego de que la medicina logró soldar sus huesos, King retomó la escritura.

Atrás, muy atrás, quedaron el alcohol y las drogas, pero esa es otra historia.

Alberto Hernández

Alberto Hernández

Poeta, narrador, periodista y pedagogo venezolano (Calabozo, 1952). Reside en Maracay, Aragua. Tiene un posgrado en literatura latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar (USB) y fue fundador de la revista Umbra. Ha publicado, entre otros títulos, los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Nortes (1991), Intentos y el exilio (1996), Bestias de superficie (1998), Poética del desatino (2001), En boca ajena: antología poética 1980-2001 (2001), Tierra de la que soy (2002), El poema de la ciudad (2003), El cielo cotidiano: poesía en tránsito (2008), Puertas de Galina (2010), Los ejercicios de la ofensa (2010), Stravaganza (2012), 70 poemas burgueses (2014), Ropaje (2012). Además ha publicado los libros de ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981) y Notas a la liebre (1999); los libros de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994), Cortoletraje (1999), Virginidades y otros desafíos (2000) y Relatos fascistas (2012), la novela La única hora (2016) y los libros de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999) y Cambio de sombras (2001). Dirigió el suplemento cultural Contenido, del diario El Periodiquito (Maracay), donde también ejerció como director, secretario de redacción y redactor de la fuente política. Publica regularmente en Crear en Salamanca (España), en Cervantes@MileHighCity (Denver, Estados Unidos) y en diferentes blogs de Venezuela y otros países. Sus ensayos y escritos literarios han sido publicados en los diarios El Nacional, El Universal, Últimas Noticias y El Carabobeño, entre otros. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al italiano, al portugués y al árabe. Con la novela El nervio poético ganó el XVII Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (2018).

Sus textos publicados antes de 2015
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