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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

El almendro florido

• Lunes 11 de diciembre de 2017

“El almendro florido”, de Patricia Guzmán

“Como el almendro florido
has de ser con los rigores:
si un rudo golpe recibes,
suelta una lluvia de flores”
Salvador Rueda

1

Apenas mueve los labios. Los ojos cerrados, las manos juntas sobre el libro de oraciones. La portada concuerda con todos los colores del lugar.

Una ventana entornada descubre la llegada del sol.

Entra una brisa suave. Trae el aroma de un árbol que pasea sus ramas en el patio.

La mujer delgada, con la mirada puesta en el día que se cuela sin permiso, dice ahora con voz audible:

Despójame de todo, pero déjame
la frescura de esta rosa encarnada

(…)

Reconozco ese acento, me aproximo y me acomodo cerca de ella para terminar de oír la oración:

en el aire perfumado y ardoroso
que derrama como relicario el almendro florido
anunciando la luz increada.

El símbolo se abre como el brote que anuncia la llegada del fruto: el poema, el verso sagrado de la monja, quien también aparece en la luz y afirma desde su lejana edad:

Sea mi gozo en el llanto,
sobresalto mi reposo
mi sosiego doloroso
y mi bonanza el quebranto.

Entonces, Patricia Guzmán oye con devota inclinación la estrofa de Teresa de Ahumada, la nombrada del crucificado, quien con su iluminación desaparece.

Se levanta del reclinatorio y deja sobre la madera pulida El almendro florido (Kalathos Ediciones, Caracas, 2017), libro de oración que tomo en mis manos y guardo con mucha discreción. Salgo al mundo y desde la luz despejada del sol, lo leo.

 

La poeta comparte voces. Ella es la que habla y la que escucha. Invoca y convoca. Evoca. Provoca.

2

Aquel quebranto delicado de la monja Teresa de Jesús, la lucidez del verso elevado a Dios en nombre de la naturaleza, el de esa flora que advierte la presencia alada de un instante, “el deseo renacido de un pájaro / asido al séptimo brazo del árbol de las nupcias”.

El número de ramas, la cábala, el símbolo terrestre y el signo de la cruz. La oración se derrama sobre la página hasta hacerse un solo poema: toda oración convoca intimidad, recogimiento. Pero también es una estructura en la que participan dos: el que reza y el rezado. Y así se multiplica hasta formarse árbol, almendro florido, resurrección, totalidad, el Todo: Dios.

El mundo está en su lugar, resquebrajado en el alma del hombre. Pero el amor, la vertiente más transparente, es “fruto dorado para alimentar / un varón perfecto / que se marchite niño”.

La poeta comparte voces. Ella es la que habla y la que escucha. Invoca y convoca. Evoca. Provoca. Su poema es también la oración que ha dejado de ser ajena. Sus “relaciones espirituales” conjugan el sentido de ser y estar: el arriba, los cielos; el abajo, el barro que se toca con el silencio del lugar donde habita la rosa, el diálogo entre la semilla y la agudeza del pedimento a Dios.

Ora pro nobis, se oye desde la ventana abierta. Y ella dice para todos: “Oro por ti”. El ave, la tórtola, el mismo espíritu que habita en el árbol florido con el que quiere “alcanzar el goce / la resurrección de la rosa”.

 

¿Es un almendro y su florescencia —su luz— capaz de alternar el conocimiento con el ser?

3

Nelson Rivera, quien escribe la entrada a este bello misal, pronuncia la frase: “el amor desnudo”, el puro amor, el pleno, más allá del deseo, el amor celestial, el amor que cura, el que va por el camino de la reflexión sagrada, el que no se mancha. Y para sintonizar con el fondo del verbo, aquel que se hizo carne, Rodolfo Häsler, al final de esta travesía cristiana: “depura su relación con el lenguaje”. Árbol, flor, fruto: palabra, verbo: la conjugación para alcanzar al humano ser, el que es capaz de estarse con Dios desde su voz solitaria. Desde su desierto. Amor y lenguaje: espíritu, soplo celestial. El poema/oración recurre al pronombre en mayúscula para saber de la sombra del perdón:

Él
me absorbe
me hunde en el ardor y el frío
en la sublime tiniebla de las almas penitentes.

Se aleja del yerro pecaminoso, lo borra con la misma palabra, con ese lenguaje nuevo reconocido por el poder que une la tierra con el cielo. ¿Es un almendro y su florescencia —su luz— capaz de alternar el conocimiento con el ser? ¿Es un símbolo, una alegoría, una representación?

Es el Todo quien mira desde la altura y dice del lugar “Donde la flor del almendro” alimenta la eternidad:

la muerte no tendrá dominio.

No habrá muerte. Se personaliza en san Bernardo a la vista de Dante, quien pisa “la tierra de mi alma”.

La oración termina, cierra la boca el penitente, el que reza, el que ora pro nobis y por ti, por todos:

Inclinemos / y derramemos caridad y bondad.

(***)

(Patricia Van Dalen:

Esta artista venezolana ilustra los versículos de Patricia Guzmán. El ojo que lee estos colores se detiene en cada movimiento.

Mientras el poema es sosegado, los matices de Van Dalen se mueven.

Son espíritus cromáticos. Cada trozo de color traslada la oración al espacio que ocupa en la página.

La combinación de significados ofrece al lector la ligazón entre el cielo y la tierra. Un hacia arriba que certifica el viaje: la oración tiene sentido en la medida en que la plasticidad de la materia visual se revela como sacralidad, como creación).

Alberto Hernández

Alberto Hernández

Poeta, narrador, periodista y pedagogo venezolano (Calabozo, 1952). Reside en Maracay, Aragua. Tiene un posgrado en literatura latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar (USB) y fue fundador de la revista Umbra. Ha publicado, entre otros títulos, los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Nortes (1991), Intentos y el exilio (1996), Bestias de superficie (1998), Poética del desatino (2001), En boca ajena: antología poética 1980-2001 (2001), Tierra de la que soy (2002), El poema de la ciudad (2003), El cielo cotidiano: poesía en tránsito (2008), Puertas de Galina (2010), Los ejercicios de la ofensa (2010), Stravaganza (2012), 70 poemas burgueses (2014), Ropaje (2012). Además ha publicado los libros de ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981) y Notas a la liebre (1999); los libros de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994), Cortoletraje (1999), Virginidades y otros desafíos (2000) y Relatos fascistas (2012), la novela La única hora (2016) y los libros de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999) y Cambio de sombras (2001). Dirigió el suplemento cultural Contenido, del diario El Periodiquito (Maracay), donde también ejerció como director, secretario de redacción y redactor de la fuente política. Publica regularmente en Crear en Salamanca (España), en Cervantes@MileHighCity (Denver, Estados Unidos) y en diferentes blogs de Venezuela y otros países. Sus ensayos y escritos literarios han sido publicados en los diarios El Nacional, El Universal, Últimas Noticias y El Carabobeño, entre otros. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al italiano, al portugués y al árabe. Con la novela El nervio poético ganó el XVII Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (2018).

Sus textos publicados antes de 2015
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