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Tiempo añil

lunes 15 de enero de 2018

“Tiempo añil”, de Karla Castro B.1

La lectura me lleva a subrayar. A reescribir el poema y a hacerlo parte de mis sienes. Suena el momento en que escribo esto y quiero borrarlo. Pero no, lo dejo con la muy mala intención de que el lector pueda también usar su muy mala conciencia. La poesía no es un caballo que pasta. La poesía es un caballo que pasta y nos mira pastar a nosotros. Y en eso estoy cuando Karla Castro me dice desde la primera página de su libro Tiempo añil (Oscar Todtmann Editores, Caracas, 2017):

He dejado definitivamente / de ser pájaro (p. 15).

Y se empina una cerveza.

Una ebriedad lectora resume el instante: la poesía es deshacerse de la realidad y volverla trizas: es decir, volverla realidad. Se es ficción en el poema cuando quien habla desde la voz del poema tiene la capacidad de encarar su propia ficción. Más adelante, como para no dejar cabo suelto, la poeta insiste:

Este es mi brazo
que por su cuenta
renunció a ser ala (p. 36).

Me he quedado con estas imágenes para salirme un poco de los temas convencionales. Es decir, del resto de los que abundan en este libro y se resumen también en sus páginas. Al final, en la última, Karla Castro insiste:

De vuelta al pasado
la golondrina
no encuentra el nido (p. 57).

Dejar de ser vuelo. Quedarse en la rama, en la ventana que da hacia el lugar que ocupan los pájaros, que ocupa la mirada, que ocupa el mundo. Dejar de volar: dejar de ser. Dejar el vuelo. El pájaro ya no está en ella. El poema vuela solo, sin pájaro. Vuela ella, sin ala. Vuela ella y no encuentra el lecho, el lugar para empollar el tiempo.

Karla Castro escribe desde los naturales miedos de estos días: nadie sale sin cicatrices de la poesía.

La lectura siempre es caprichosa en poesía. Encorsetarla quita la posibilidad de imaginar. Un corsete es demasiado demodé. Demasiado retrato sepia. De allí que ella haya dejado de ser pájaro: se instala en la tierra, en su paisaje, sobre el cual se siente segura.

Y aunque la poesía sea aérea, volátil e inconstante, por insegura, la tierra también suele provocar e inventar temores.

 

2

Me voy del tema por otro camino. Ahora, quien dijo eso, estira la mirada y vuelve a embuchar la cerveza. Piensa, habla de sus huesos. Es la ciudad. La tensión que produce ser parte de muchos que también han dejado de ser pájaros y ahora se dirigen a sus covachas:

Después la angustia / y uno va dando vueltas en la vida // Volver a esa habitación alquilada // He dejado / para siempre.

La poeta es un ser habitado. Común y corriente como un zapatero o un pájaro que ya no vuela y sabe que no tiene dirección de encuentro, que la casa que ha soñado no la registra un GPS. Pero está viva. Aunque el nido o la casa se nieguen. Y ella, la habitada, aún piensa en un pájaro. En un símbolo. En la sombra que podría ser parte de sus alas.

¿Qué significa Tiempo añil?

Para quien escribió el libro es su biografía. Un encuentro con el pasado familiar donde aún perduran la soledad, la incertidumbre o la desolación. Un color que dejó de nombrarse en un país donde el añil fue una palabra y mucha riqueza. El tiempo corroe las palabras, pero también las atrae al presente, las agudiza, aunque

Nunca es ahora entre nosotras
siempre es tarde
y los cipreses avanzan
verticalmente
desde la ventana
hasta mi cama.

Extraña también la palabra cipreses. ¿Forma parte de un sueño mientras el añil contagiaba el texto y lo hacía un tiempo en el que todo es posible? Vale. La poesía es movediza. Entra y sale airosa, como un pájaro que ha perdido el rumbo.

 

3

El viejo loco Ezra Pound llegó a afirmar que:

Me parece bastante sostenible que la función de la literatura en cuanto fuerza generada digna de aprecio es precisamente el incitar a la humanidad a continuar viviendo; el aliviar a la mente de tensiones, y el nutrirla, quiero decir definitivamente como nutrición de impulso.

Es decir, no importa que se deje de ser pájaro porque se renunció a las alas: lo relevante es que se es pájaro, que se puede volar sin alas, que la imaginación “nutre” el “impulso” de volar sin ellas.

Y no estaba tan loco el feo de Pound. En El arte de la poesía, uno de sus grandes vuelos, nada ni nadie quedan ilesos. Pero no se abstuvo al dejar claro que un método también es saberse libre, “aliviar la mente de tensiones”. Volar imaginando volar.

 

4

Ahora sí me voy del tema.

Karla Castro escribe desde los naturales miedos de estos días: nadie sale sin cicatrices de la poesía y mucho menos del útero que la contiene: la realidad y su más allá. Ser real no obliga a no serlo. Se es o no se es. Shakespeare no es tan original. Pero cuando una voz dice:

Hoy es miércoles / y como todos los miércoles / escucho noticias que desalientan / —rictus impreciso— / entregaría la risa por no escuchar (…) se instala el miedo / vaso de oraciones que se derrama en el piso // y desde allí nace Dios / mientras me quedo huérfana.

Un día, un hecho, una reacción. Y el poema, envase de la poesía: la mujer que escribe estas líneas busca evadir ese miedo, que se convierte en fastidio, en hastío, en una fuerza vital que la insta a estar con la divinidad, con invocar sentimientos dolorosos: “La rabia abanica mi hastío (…). Un resquemor tengo por silla”.

Y luego la figura de Caín, el personaje del Génesis, el primer asesino. Su marca, la denuncia. La cicatriz hecha por la uña de Dios.

Pound razona: “incitar a la humanidad…”. Castro lo hace cuando expresa:

Somos hijos de Caín / se nos nota al comer / cuando por más modales que llevemos a la mesa / sobre el pan caen las cenizas.

Y en consecuencia, “somos los hijos que nadie quiso / los asesinos los envidiosos los furiosos / eso somos”.

El signo del perseguido, el dedo que lo apunta. La palabra, la poesía empuña su propia credulidad: como mujer, como niña, como sujeto habitable, ella, la poeta, intenta salir de la cápsula, del miedo.

Por eso: “Sufro de una forma tibia y sin gracia”. La voz denota que ese sufrimiento también es fuerza, posibilidad.

De ese padecer la poesía sabe mucho: es usada como bálsamo a veces, otras como una manera de dejar sentado que se está vivo. Castro lo dice con estas líneas:

Este poema herido / me hace sauce.

Y desde ese transportar, desde esa transformación en árbol, en su silencio, esta confesión:

Me confundo contigo / pues la viva no soy yo.

Y en una suerte de paralelismo, en medio de otra confesión, la voz de la poeta deja una pregunta:

He mentido con la conciencia de que digo la verdad // He utilizado la palabra amor como bisturí / luego he contemplado la cicatriz // ¿De qué máscara arrancaría yo mi rostro?

La interrogante encuentro respuesta más adelante. Quien siente no se resiente. Quien siente afirma: no se desgasta en lo que siente, se afirma:

la venganza es un hábito infantil (…) de máscara la risa dura

El tiempo, la edad y la expresión “la juventud es indigencia”.

Pareciera rebatir la suerte de quienes siguen viviendo a pesar de esa indigencia.

¿Poema herido?: “la herida tiembla”.

Y recurre a Lázaro, el que atendió a aquel “levántate y anda”:

Nadie en esta vida tiene tantos pecados / como para morir dos veces (…). Jesús lo sabe / en su muerte / están presentes todas las muertes de Lázaro / es él quien estará viviendo / y no puede ser resucitado.

¿Sauce, silencio, muerte, herida? El poema no se cuestiona. Sigue afirmando.

Otros textos sucumben ante sentimientos como el odio: temas que hablan y enmudecen. Tiene la virtud de aparecer para desdoblarse en el silencio al que recurre el libro al final de su viaje.

Alberto Hernández
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