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Los pájaros de la fractura

lunes 12 de febrero de 2018
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Alexis Romero
Punza el poema de Romero, lo aligera en mis ojos, pese al humo que allá afuera amarga la existencia.

1

Toda lectura suscita o simula un viaje. Hasta un extravío. Toda lectura representa una ensoñación, una realidad soñada, una desnudez, también una ausencia, vacío o llenado del espíritu.

Toda lectura es una contradicción, porque leer significa reflejarse en el contrario que nos lee o nos destruye. Toda lectura es una destrucción. O una desfiguración. Una mirada turbia en el fondo de un espejo, en el fondo del poema o de la anécdota que se apropia de la piel, los nervios o los sueños de quien lee, de quien se vierte en el poema.

Pero también: Nadie lee: el lector es leído, reconstruido desde ese fondo donde reposan o se mueven los sentimientos o relevos de quien ha escrito el texto.

El lector como el poema se conjuga en una teoría, en un énfasis que la realidad suele burlar y hasta desechar.

(…)

No hay crítica para la poesía. No existe. Es ilusoria. El poema —desde la poesía que lo salva— es su propio asunto, su propia crítica. La poesía es el desagüe, el escape, un casi imposible.

Abordo Los pájaros de la fractura (Ediciones de la Casa de Asterión, Mérida, 1999), de Alexis Romero, y me descubro atendido por múltiples mensajes, por una densa dispersión: “La poesía: dispersión que, como tal, encuentra su forma” (Blanchot dixit), en la que la poesía (esa maravillosa invisibilidad) adquiere un carácter abierto, sosegado, en quien se cree soledad, pero abierto también a lecturas múltiples, plurales. Son tantos los lectores para un solo libro como tantos los silencios que albergan tanto el poeta como el lector.

Por eso al leer me disperso. La poesía es eso, una dispersión, la multiplicación del yo, de los tantos que visitan el poema y lo desnudan: soy tantos lectores como tanta poesía contiene un poema.

 

2

Me entrego al primero, a la idea de silenciarse y dejar de estar: desafío del contexto de un sujeto (¿el del poeta o el de un personaje que se refleja en él?), su instante, su ser:

quien tenga algo que decir / que calle, / que calle y se marche (…) odiamos los lugares que nos dejan.

En una antigua reflexión afirmé que toda poesía es parte de un exilio, de un abandono y hasta de un olvido. El poema destierra a su autor, lo conjura, lo fractura, lo dispersa hasta convertirlo en muchos sujetos silenciados. Enmascarados, tatuados, figurados, desfigurados como este que nos lee en otra instancia:

es hora de que me pinte el pelo / de un color que saque de lo anónimo / mi escasa y agobiante belleza // el amor es un odio decantado…

Y la pregunta o petición que lo descubre:

dónde está la compañera que pedí / de dónde me sale este amargo / las ganas divinas de destruir,

y no obstante:

jamás usaríamos la belleza para mentir.

El yo singular. El yo plural, disperso, poético.

 

3

La voz se refugia en otro intento. Consigna su presencia, pasa a otro tema. El poema Otro, el confrontado por la poesía, el que se desliza como el agua y permite liberarse. Ya no es la primera persona. Ya no es sujeto.

las calles no saben nada (…) en ellas nunca se comprende el valor / ellas no saben que amanece / a ellas les duele el cuerpo / cada vez que se levantan / las calles no saben dormir / están enfermas de jaqueca / están enfermas de silencio.

La transferencia, el yo poético, se mueve hacia el paisaje urbano: personifica el plural, fractura su eco interior para hacerse anónimo: “cuando esta calle se pierda / preguntaremos por nosotros”.

Y vuelve, retorna a su yo, al verso que lo adjunta, que lo concluye en él mismo:

mis actos estallan los límites.

Pero la voz insiste, la hechura, el molde anatómico, el de sus dimensiones corporales interiores. La poesía —esa pequeña bestia— desintegra su cuerpo y se transforma en portadora de ausencia:

quién se viste
con los trajes que construyen
a partir de mis medidas
quién se calza
a partir de mis huellas
quién usa mi cuerpo
después que lo abandono.

Y en un luego impenitente, sin dilación alguna:

ocúpate de mí / cuando parta

¿Habrá alguien que se despoje del cuerpo poético y se haga cuerpo carnal para atender lo que la poesía reclama?

Quien escribe este libro sabe que anda de puntillas sobre las palabras, sobre el brasero de sus significados, por eso —sin apartarse— desafía la contradicción:

me han dicho / usted no entiende / sólo habla del abandono / uno lo respeta / entiende sus decisiones.

“Abandono”, “decisiones”: dos privaciones que dispersan, que fracturan: la muerte atascada en la lengua, en la página que no se atreve a nombrarla. No obstante:

increíble / mañana nos entierran.

 

4

El que dice oculta, evita. Recorre las líneas de identidad de quien lo aborda en sus sonidos interiores, no en los que se hacen paisaje material.

Pero también duda. El poema duda, la poesía certifica la duda. El poeta obedece a la poesía y se reviste de algún sueño que lo regrese a quien lo abordó en la lectura.

Siempre será un desconocido en el otro:

no sé cómo evitar los rostros / me saben indefenso / buscando aliento en las estatuas,

tampoco para continuar la ronda, el registro de algún testigo que lo aborde en una voz moral: “no he sido / sino un destructor de vigilias / de empresas dedicadas al bien”, razón por la cual “sólo los errores fundan la certeza” y “lo que en mí es verdad / fue mentira en los verbos elegidos”.

 

5

(La realidad acosa: la represión militar roza la poesía. Ella sale siempre triunfal, pero la realidad hiere la carne del lector, la de la gente que ambula por las calles, la de la gente que no sabe que este libro también viene del humo, de las sombras, de algún resquicio de la realidad.

Y mientras Alexis Romero era parte de los pensamientos de quien esto escribe, la calle, las bolsas de alimentos, los gritos, las balas, los tanques de guerra, un avión, un helicóptero, un insecto sobre la piel. El libro de Romero reposa en mi cama. Allá afuera, los bombardeos, los crímenes de lesa humanidad. Anna Ajmátova me ve desde la portada de un libro. Roque Dalton se pasea en lo alto de mi biblioteca, desolado, acribillado por sus compañeros. Reinaldo Arenas sacude su eternidad al lado de la incertidumbre de mis palabras.

No puedo eludir la realidad. Punza el poema de Romero, lo aligera en mis ojos, pese al humo que allá afuera amarga la existencia. Intento entrar de nuevo en la fronda del libro).

 

6

En la página 33 me asalta el poema. Se abre como una puerta. No desdeña lo dicho entre paréntesis:

jamás he querido soluciones / me acostumbré a estar por encima / que era lo mismo que huir,

y el hombre, el que escribió estos versos, también se instala en esa realidad:

se sale a la calle / todo tiene un lugar,

aquel de la dispersión, el que no se deja estar. El que se va, el que se pierde en un horizonte quebrado. Siempre habrá preguntas, siempre habrá parte de un despojo:

cómo se hace / cuando se inicia pero nunca se termina.

El poeta es un exiliado, como el poema, pero no la poesía que es el exilio mismo, por eso en “no todas las palabras / fundan ciudades”. Ya estaban fundadas, hechas, imaginadas, destruidas para luego volverlas a imaginar en su fractura. Desterradas. Sin pájaros en el cielo.

(…)

a pesar de las ciudades demolidas / de las casas que asustan a los niños / de las canciones que te anuncian / que nunca serás lo que buscabas / cuando juras ser descendiente de los toros / cuando divagas en torno a la piel adolescente / cuando le has dicho a tu madre / que los hijos que más se aman / son los que la entierran demasiado temprano…

No se deshace de esa realidad: el hombre, la voz que dice, vuelve al seno de su ascendencia, a la casa, al sudor y los olores de quienes fueron o aún son, a pesar de que

fuimos iguales / pero despertamos extraños,

porque la poesía es eso, el ir y venir de las imágenes, la diseminación que Jacques Derrida propugna como título y como teoría. Se viaja en el texto. Y se disipa. Se despierta. Se pierde, se falla, se yerra: “qué me sale de ti / qué color te suena a fracaso” (…) “qué seco el asombro”.

 

7

Una evaluación, un juicio, un tanteo. El sujeto hablante se desgarra. La poesía logra soportar todos los climas. Ese pequeño animal invulnerable:

estimados jueces
para entender cómo funciona
un poema
entendamos primero
cómo lo hace la agonía,

el poema es la herramienta, la poesía es el ahogo.

Unos verbos chocan con sus tiempos, se conjugan. El final se congrega en un solo, el presente simula albergarlos todos:

cuando leemos a un poeta suicida
Pensamos en lo que padece el lenguaje
Se nos aparecen imágenes de mármol
Monumentos rodeados de griegos y romanos
(…)
y así
se siente
se piensa
se vive
se muere
como lo ha hecho este farsante del dolor.

El colofón admite que un numeroso vuelo de pájaros fracture la simetría del poema. Mientras tanto, la poesía —la gran farsante— traspasa la carne, su viaje.

Alberto Hernández
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